La Pasión Según San Juan
Estás sentada en una terraza soleada de Coyoacán, con el calor del mediodía pegándote en la piel como una caricia insistente. El aroma del café de olla se mezcla con el dulzor de las flores de bugambilia que trepan por las paredes coloridas. Hojeas La Pasión según San Juan, ese evangelio que siempre te ha intrigado por su fuego oculto, sus palabras que hablan de amor eterno pero que tú lees con un cosquilleo entre las piernas. Neta, ¿quién iba a pensar que un texto tan sagrado te pondría así de caliente?
De repente, una voz grave y juguetona interrumpe tus pensamientos.
—En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios... ¿Estás estudiando teología o solo disfrutando la poesía?Levantas la vista y ahí está él: Juan, alto, moreno, con ojos cafés que brillan como el tequila bajo la luna. Su camisa ajustada deja ver el contorno de sus hombros fuertes, y huele a sándalo fresco mezclado con un toque de sudor masculino que te hace tragar saliva.
—Psst, algo de las dos —le respondes con una sonrisa pícara, sintiendo cómo tu corazón late más rápido—. Soy Ana, y la pasión según San Juan me fascina porque habla de algo más que fe, ¿no crees? Hay un deseo profundo ahí.
Él se sienta sin pedir permiso, sus rodillas rozan las tuyas bajo la mesa. Órale, qué directo el wey, piensas, pero no te alejas. Charlan de todo: de la CDMX caótica, de tacos al pastor que saben a gloria, de cómo la biblia esconde pasiones que la iglesia tapa con pudor. Su risa es ronca, vibrante, y cada vez que se inclina, sientes su aliento cálido en tu cuello. La tensión crece como una tormenta de verano; tus pezones se endurecen contra el encaje de tu bra, y entre tus muslos notas esa humedad traicionera.
—Ven a mi depa, está aquí cerquita —te dice al rato, su mano rozando la tuya—. Tengo una edición antigua de ese libro. Podemos... interpretarla juntos.
Dices que sí con la cabeza, el pulso acelerado. Caminan por calles empedradas, el sol filtrándose entre las hojas de los ahuehuetes. Su casa es un loft luminoso en una casona restaurada, con ventanales que dan a un jardín frondoso. Huele a madera pulida y a jazmín. Sirve mezcal en copas de cristal, el líquido ahumado quema tu garganta y enciende tu vientre.
Se sientan en el sofá de piel suave, el libro entre ustedes. Lee en voz alta:
—Y la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.Sus dedos trazan las páginas, pero pronto rozan tu muslo. Lo miras, y en sus ojos ves el mismo hambre que sientes tú. Chingado, este hombre me va a volver loca.
El beso llega natural, como si estuviera escrito en las estrellas. Sus labios son firmes, con sabor a mezcal y sal, devorándote con una urgencia que te hace gemir bajito. Tus lenguas se enredan, húmedas y calientes, mientras sus manos suben por tu espalda, desabrochando tu blusa con maestría. Sientes la aspereza de sus palmas contra tu piel desnuda, erizándote el vello. Él huele a hombre puro, a deseo crudo.
—Eres preciosa, Ana —murmura contra tu boca, su voz ronca como un rugido lejano—. Quiero adorarte como se adora a una diosa.
Te recuestas en el sofá, él encima, besando tu cuello, lamiendo el hueco de tu clavícula. Sus dientes rozan suave, enviando chispas directo a tu centro. Tus manos exploran su pecho, duro y lampiño, bajando hasta el bulto en sus jeans. Qué verga tan chingona debe tener, piensas, apretándola y sintiéndola palpitar bajo la tela. Él gime, un sonido gutural que te moja más.
Se levantan, tambaleantes de lujuria, y van al cuarto. La cama king size invita con sábanas de algodón egipcio, frescas contra tu piel ardiente. Se desnudan mutuo, devorándose con los ojos. Su cuerpo es esculpido, músculos tensos, verga erecta y gruesa, con venas marcadas que prometen placer. Tú, curvas generosas, chichis firmes con pezones oscuros duros como piedras.
Él te tumba suave, besando cada centímetro: pechos, vientre, muslos. Su lengua traza círculos en tu ombligo, baja más. Sientes su aliento caliente en tu panocha, ya empapada.
—Déjame beber de ti, como el Verbo que se hace carne.Separa tus labios con dedos hábiles, lame tu clítoris con la punta de la lengua, lento al principio, luego voraz. Gritas, arqueándote, el placer como olas del Pacífico rompiendo en tu cuerpo. Huele a sexo, a tu esencia dulce y salada mezclada con su saliva. Tus caderas se mueven solas, follándole la boca, hasta que el primer orgasmo te sacude, piernas temblando, visión borrosa.
Pero no para. Te voltea, de rodillas, y entra en ti de una embestida profunda. Ay, cabrón, qué rico. Su verga te llena, estirándote delicioso, golpeando ese punto que te hace ver estrellas. Sus manos aprietan tus caderas, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando por vuestras espaldas. El cuarto se llena de gemidos, de su aliento jadeante en tu oreja:
—Siente la pasión según San Juan, Ana, esta es nuestra evangelio.
Follan así, animalesco, luego cambian: tú encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en tus chichis, pellizcando pezones, mientras rebotas, sintiendo cada vena de su pito rozando tus paredes. El olor a sexo es espeso, embriagador; pruebas el sudor de su cuello, salado y adictivo. Él te mira embobado, qué chulo eres cuando te corres dentro, piensas.
La intensidad sube. Te pone de lado, una pierna alta, penetrándote profundo mientras su mano frota tu botón. Tus uñas marcan su espalda, el dolor placentero lo enloquece.
—Ven conmigo, mi amor —gruñe.El clímax los golpea juntos: tú convulsionas, panocha apretándolo como vicio, él se vacía dentro, chorros calientes que te inundan. Gritas su nombre, él el tuyo, el mundo se reduce a pulsos y temblores.
Caen exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho sube y baja contra el tuyo, corazones galopando al unísono. El aire huele a semen, a piel saciada, a jazmín lejano. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Neta, esto fue más que un polvo; fue revelación.
—La pasión según San Juan nunca fue tan real —dices riendo bajito, trazando su pecho con el dedo.
Él sonríe, atrayéndote más. —Es nuestro evangelio ahora. Quédate, Ana. Hay más versos por escribir.
Te acurrucas, el sol poniente tiñendo la habitación de oro. Sientes paz, plenitud, un fuego que no se apaga sino que se transforma. Mañana, quién sabe, pero esta noche, en sus brazos, has encontrado tu propia luz en las tinieblas.