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La Pasión de Cristo Actor

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La Pasión de Cristo Actor

Ana caminaba por las calles empedradas del centro de Guanajuato, el aire fresco de la noche cargado con el aroma a elotes asados y jazmines silvestres. El festival de teatro callejero acababa de terminar, y el bullicio de la gente aún vibraba en sus oídos: risas, aplausos, el eco de tambores. Pero su mente estaba fija en él. Javier, el actor que acababa de bajar de la cruz en la representación de La Pasión de Cristo. Ese hombre de ojos profundos como pozos de obsidiana, barba espesa y cuerpo esculpido que parecía tallado por los dioses prehispánicos. Neta, lo había visto sudar bajo las luces, los músculos tensos mientras fingía agonizar, y algo se había encendido en su panocha que no la dejaba en paz.

¿Y si me lo topo? —pensó, mordiéndose el labio mientras ajustaba el escote de su huipil moderno, negro ajustado que realzaba sus curvas morenas. Tenía veintiocho, soltera, con un curro de diseñadora gráfica que le permitía viajar, pero esta noche solo quería ser mujer, carnal, viva.

De repente, lo vio. Apoyado en una fuente, rodeado de fans, pero con esa aura de soledad que tienen los que cargan cruces ajenas. Javier firmaba autógrafos, su voz grave retumbando como trueno lejano. Ana se acercó, el corazón latiéndole como tambor huichol.

—Órale, qué chingón estuviste allá arriba —le dijo ella, con voz juguetona, extendiendo su programa—. Eres el Cristo más cabrón que he visto.

Él levantó la vista, y sus ojos se clavaron en los de ella. Una sonrisa lenta se dibujó en su boca, llena y pecadora.

—Gracias, mamacita. Pero la pasión de Cristo actor no termina en la cruz, ¿sabes? Hay resurrecciones...

Ana sintió un cosquilleo en la piel, como si sus palabras fueran dedos invisibles rozándole los pezones. Charlaron un rato, el vino de la región soltándoles la lengua. Él era de Guadalajara, treinta y cinco, actor de teatro y cine que había hecho La Pasión de Cristo para una productora independiente mexicana. Divorciado, cansado de roles santos pero con un fuego interno que ardía.

—Ven, caminemos —le propuso él, y ella no dudó. Sus manos se rozaron accidentalmente al girar una esquina, y el voltaje fue inmediato. Piel contra piel, cálida, áspera por el maquillaje residual de la obra.

En su hotel boutique, con vistas a las momias del panteón —pero qué más da, la noche era suya—, Javier sirvió mezcal en vasos de cristal tallado. El humo del copal del lobby subía sutil, mezclándose con su olor a hombre: sudor limpio, sándalo de colonia barata pero efectiva.

¿Esto está pasando de veras? Su aliento cerca, su pecho subiendo y bajando. Quiero lamerle el sudor de la clavícula, sentir su verga dura contra mi muslo.

—Eres preciosa, Ana. Como una diosa azteca en este vestido —murmuró él, su mano grande posándose en su cintura. Ella se arqueó, el tacto enviando ondas de calor a su entrepierna. Se besaron por primera vez allí, en el balcón, bajo la luna llena que pintaba todo de plata. Sus labios eran firmes, la lengua invadiendo con hambre santa y profana. Sabían a mezcal ahumado, a fruta madura, a deseo reprimido.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Javier la cargó adentro, sus brazos fuertes como los de un tlatoani. La depositó en la cama king size, las sábanas frescas oliendo a lavanda fresca. Se desnudaron lento, saboreando cada revelación: sus tetas llenas saliendo del brasier negro, pezones oscuros endurecidos; su torso lampiño marcado por horas de gym, la verga ya tiesa, gruesa, venosa, apuntando al cielo como una ofrenda.

Métetela en la boca, Ana. Adora a tu Cristo —gruñó él, juguetón, y ella obedeció con gusto. El sabor salado de su prepucio la inundó, el olor almizclado de su pubis recortado llenándole las fosas nasales. Chupaba ritmada, lengua girando en la cabeza, manos masajeando las bolas pesadas. Él gemía bajo, "¡Ay, carajo, qué chida chupas!", dedos enredados en su pelo negro largo.

Pero no era solo físico. Ana sentía su alma agitarse. Este pendejo me lee el pensamiento, sabe que lo quiero desde que lo vi clavado, sufriendo por mis pecados imaginarios. Él la volteó, besando su espalda, lamiendo el sudor que perlaba su espinazo. Dedos expertos encontraron su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. Ella jadeaba, caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de sus caricias retumbando en la habitación silenciosa salvo por sus respiraciones entrecortadas.

La intensidad escalaba. Javier la penetró de rodillas, lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Qué llena me siento, su verga como un cetro divino! Empujaba profundo, el choque de pelvises un slap slap rítmico, piel sudada pegándose y despegándose. Olía a sexo puro: su aroma dulce-amargo mezclándose con el suyo masculino. Ella se volteaba para verlo, sus ojos conectados, almas follando tanto como cuerpos.

—Más fuerte, cabrón, dame tu pasión entera —rogaba ella, uñas clavándose en su culo firme. Él aceleraba, gruñendo en su oído palabras sucias y tiernas: "Eres mi Magdalena, mi puta santa, te voy a llenar de leche resucitada."

Cambiaron posiciones como actores en escena: ella encima, cabalgando salvaje, tetas rebotando, su clítoris frotándose en el hueso púbico de él. El placer subía en espiral, pulsos acelerados latiendo en sienes y gargantas. Gritos ahogados: "¡Me vengo, Javier, no pares!" Él la siguió, eyaculando dentro con un rugido gutural, chorros calientes bañando sus paredes internas.

Colapsaron, entrelazados, pieles pegajosas enfriándose al aire nocturno que entraba por la ventana. El silencio roto solo por sus jadeos calmándose, corazones enlenteciéndose.

Después, en el afterglow, fumaron un cigarro compartido —nada ilegal, solo tabaco puro—, cuerpos relajados bajo las sábanas revueltas. Javier trazaba círculos en su vientre, oliendo su cabello a coco y sudor.

—Neta, Ana, la pasión de Cristo actor nunca fue tan real como contigo. Eres mi redención.

Ella sonrió, besándolo suave.

Esto no es fin, es principio. Mañana el mundo sigue, pero esta noche fuimos dioses en carne.

Se durmieron así, envueltos en el eco de sus gemidos, el aroma persistente del sexo impregnando el aire, prometiendo más resurrecciones en la vida real.

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