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El Diario de una Pasión Película Completa en Español (1)

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El Diario de una Pasión Película Completa en Español

Querido diario, hoy empecé a escribirte como si fueras el diario de una pasión película completa en español que tanto me gustaba ver de morrilla. Neta, mi vida se siente como una de esas historias donde el corazón late a mil y el cuerpo pide más. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y vivo en el corazón de la Ciudad de México, en un departamentito chido en la Condesa. Trabajo en una galería de arte, rodeada de colores y formas que me inspiran, pero lo que realmente me tiene loca es él: Diego.

Todo empezó esta mañana en el café de la esquina, ese con aroma a café de chiapas recién molido y pan dulce calentito. Estaba yo sentada, con mi latte en la mano, sintiendo el vapor subir y rozar mi piel, cuando lo vi entrar. Alto, moreno, con esa barba recortada que le da un aire de galán de telenovela, pero con ojos cafés profundos que prometen travesuras. Se acercó a pedir un americano, y nuestras miradas se cruzaron. Órale, pensé, este wey me va a volver loca. "Disculpa, ¿te molesta si me siento aquí? El lugar está a reventar", dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar. Simón, le contesté, y de ahí platicamos de todo: del tráfico infernal, de la lluvia que huele a tierra mojada en las calles, de cómo el arte nos hace sentir vivos.

Sus manos grandes, con dedos fuertes, rozaron las mías al pasarme el azúcar. Un toque eléctrico, como chispas en la piel. Neta, mi cuerpo se despertó al instante, un calorcito subiendo por el estómago hasta el pecho.

Acto primero de mi película personal: la chispa. Quedamos en vernos de nuevo esa noche. Me fui a casa caminando, el sol del atardecer tiñendo todo de naranja, y el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Me puse un vestido negro ajustado, ese que marca mis curvas justito, y un toque de perfume con jazmín que deja estela sensual.

La cena fue en un restaurante en Polanco, con velitas y música de mariachi suave de fondo. Diego llegó oliendo a loción fresca, con camisa blanca que se le pegaba al pecho musculoso. Pedimos tacos de arrachera jugosos, con cebollita asada que crujía en la boca, y unos tequilas reposados que bajaban suaves, calentando la garganta. Hablamos de sueños: él es arquitecto, diseña casas que parecen sueños, y yo le conté de mis pinturas secretas, llenas de pasión contenida. Sus ojos no se despegaban de mis labios, y yo sentía su mirada como caricia invisible bajando por mi cuello, hasta los senos que se endurecían bajo la tela.

"Eres preciosa, Ana", murmuró, y su mano se posó en mi rodilla bajo la mesa. Un roce firme, cálido, que mandó ondas de placer directo a mi entrepierna. Qué rico, pensé, mordiéndome el labio. Caminamos después por el Parque México, el aire fresco de la noche cargado de olor a jacarandas y asfalto húmedo. Nos besamos por primera vez junto a una fuente, sus labios suaves pero exigentes, sabor a tequila y menta. Su lengua exploró la mía, lenta, profunda, mientras sus manos me apretaban la cintura, atrayéndome contra su dureza creciente. Mi cuerpo respondía, pezones duros rozando su pecho, humedad entre mis piernas pidiendo más.

¡Ay, diario! Este pendejo me besa como si quisiera devorarme. Siento su verga dura contra mi vientre, gruesa y palpitante. Quiero más, pero aguanto, que la tensión sea deliciosa.

Acto segundo: la escalada. Pasaron días de mensajes calientes, "neta te extraño tu olor", "quiero lamerte entera". Quedamos en su casa, un penthouse minimalista con vistas al skyline, luces tenues y jazz suave sonando. Llegué nerviosa, pero empoderada, sabiendo que esto era mío tanto como suyo. Me sirvió vino tinto, aroma a frutos rojos intensos, y nos sentamos en el sofá de piel suave. Sus besos empezaron tiernos, mordisqueando mi cuello, inhalando mi perfume mezclado con el sudor ligero de anticipación.

Me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando mi espinazo, enviando escalofríos. "Qué chingona estás", gruñó, voz ronca de deseo. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, el vello oscuro en su pecho raspando mis palmas. Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, calor irradiando. Su boca bajó a mis senos, chupando un pezón con succión perfecta, lengua girando, mientras su mano se colaba entre mis muslos. Estaba empapada, mi concha hinchada y resbalosa, y él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace arquear la espalda.

"Diego, cógeme", le supliqué, voz entrecortada. Pero él sonrió pícaro, "aún no, nena, quiero saborearte primero". Me recostó en el sofá, rodillas abiertas, y su lengua se hundió en mí. ¡Qué delicia! Lamidas largas, succionando mi clítoris hinchado, sabor salado de mi excitación en su boca. Gemí fuerte, manos enredadas en su pelo, caderas moviéndose al ritmo. El sonido de sus labios chupando, mis jugos goteando, el jazz de fondo... todo era sinfonía erótica. Mi primer orgasmo llegó como ola, cuerpo temblando, grito ahogado, pulsos acelerados latiendo en oídos.

Es como la película, pero real, completa, en español de mi alma. Su lengua es fuego, mi cuerpo rinde pleitesía.

Él se levantó, verga erguida, venosa, cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras lo miraba a los ojos. "Te quiero dentro", dije empoderada, guiándolo. Se puso condón con manos temblorosas, y entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Qué llena me siento, tan profunda, rozando mi cervix con cada embestida. Nos movimos en sincronía, él encima primero, fuerte pero cariñoso, pieles chocando con palmadas húmedas, sudor perlando nuestros cuerpos, olor a sexo crudo y almizclado llenando el aire.

Cambié de posición, montándolo, mis tetas rebotando, manos en su pecho. Control total, cabalgándolo rápido, clítoris frotándose en su pubis. Sus manos amasaban mi culo, dedos hundiéndose. "¡Más, Ana, qué rico tu chochito aprieta!", jadeó. El clímax nos tomó juntos, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer, su semen caliente llenando el condón mientras rugía mi nombre. Colapsamos, respiraciones entrecortadas, besos suaves en afterglow.

Acto tercero: el cierre. Desayunamos al día siguiente, huevos rancheros picantes que quemaban la lengua, café negro fuerte. Nos miramos con complicidad, cuerpos marcados por mordidas y araños. "Esto es solo el principio", dijo él, y yo supe que sí. Mi pasión, como en esa película que tanto amaba, pero mía, completa, en español mexicano puro.

Diario, gracias por ser testigo. Esta es mi historia, llena de fuego, sudor y amor carnal. ¿Qué sigue? Lo descubriré escribiendo.

Fin de la primera entrega, pero la película sigue rodando en mi piel.

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