El Joven Huye de las Pasiones Juveniles
Me llamo Diego, tengo veintitrés años y vivo en una colonia decente de la Ciudad de México, de esas donde el sol pega fuerte en las tardes y el olor a tacos al pastor se cuela por las ventanas. Siempre he sido el chavo responsable, el que se la pasa estudiando ingeniería o chambeando en la tiendita de mi tío. Neta, soy el típico joven huye de las pasiones juveniles, como si fuera un lema grabado en mi frente. Mis cuates me vacilaban por no ir a las pedas, por no ligar en las fiestas. "Órale, Diego, ¿qué pedo? ¿Eres santo o qué?", me decían. Pero yo sabía que adentro bullía algo, un fuego que intentaba apagar con rezos rápidos y carreras matutinas.
Todo cambió el día que llegó Sofía a la casa de al lado. Era la sobrina de los vecinos, una morra de veintiocho, con curvas que se marcaban bajo sus blusas ajustadas y un pelo negro largo que olía a coco cuando pasaba caminando. La vi por primera vez regando las macetas, con shorts cortitos que dejaban ver sus muslos bronceados. El sol rebotaba en su piel, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubieran dado un trago de mezcal de golpe.
¡No mames, Diego! Huye, carnal, huye de esas pasiones, me dije, acelerando el paso hacia mi casa.
Pero Sofía era de esas que no se rinden fácil. Una tarde, mientras yo lavaba el coche en la entrada, se acercó con una sonrisa pícara. "Ey, vecino, ¿me prestas la manguera? La mía está chingada". Su voz era ronca, como miel caliente, y cuando se inclinó, el escote de su tank top dejó ver el valle entre sus chichis, suaves y firmes. El agua salpicó mis tenis, pero no era eso lo que me mojaba el alma. Le pasé la manguera, rozando sus dedos calientes, y juré que olí su perfume mezclado con sudor fresco, ese aroma que te pone la piel de gallina.
No caigas, pendejo, pensé, recordando mi mantra. Esa noche, no pegué los ojos. Imaginaba sus labios carnosos, el sabor salado de su cuello, cómo se sentiría apretarla contra mí. Me levanté sudando, con el corazón latiendo como tambor en quinceañera.
Los días siguientes fueron una tortura. Sofía empezó a saludarme con guiños, a invitarme café en su patio. "Ven, Diego, no seas menso. Solo es un cafecito". Su risa era contagiosa, un sonido burbujeante que me erizaba el vello. Acepté una vez, y ahí, sentados en sillas de plástico bajo el jacarandá, platicamos de todo. Ella era maestra de baile, de esas que menean la cadera en ritmos de cumbia rebajada. "La vida es para disfrutarla, wey. ¿Por qué corres tanto?", me preguntó, rozando mi rodilla con la suya. El toque fue eléctrico, un chispazo que subió directo a mi verga, que se endureció bajo los jeans.
Yo balbuceé algo de mis estudios, pero ella se acercó más, su aliento cálido en mi oreja. "Se te nota tenso, Diego. ¿Quieres que te relaje?". Sus dedos trazaron un camino por mi brazo, suaves como pluma, y olí su loción de vainilla.
¡Huye, joven! ¡Las pasiones juveniles te van a quemar!Pero mis pies no se movieron. En cambio, la besé. Fue como explotar: sus labios suaves, húmedos, sabían a chicle de fresa y deseo puro. Nuestras lenguas bailaron, chocando con hambre, mientras sus manos se enredaban en mi pelo.
La llevé adentro de su casa, tropezando con la puerta, riendo como pendejos. El aire estaba cargado de su esencia, ese olor almizclado de mujer excitada que me volvía loco. Nos quitamos la ropa a manotazos; su blusa voló, revelando tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos como chocolate. Los chupé con ganas, sintiendo su sabor salado en la lengua, mientras ella gemía bajito, "¡Ay, wey, qué rico!". Sus uñas arañaban mi espalda, dejando surcos calientes que dolían chido.
En su cama, king size con sábanas frescas de algodón, la tensión explotó. La puse boca arriba, besando su panza suave, bajando hasta su concha depilada, húmeda y brillante. Lamí despacio, saboreando su jugo dulce y ácido, como tamarindo maduro. Sofía arqueó la espalda, sus muslos temblando contra mis orejas, gritando "¡Más, Diego, no pares, cabrón!". El sonido de sus jadeos, mezclado con el tráfico lejano de la avenida, era música prohibida.
Me subí encima, mi pija tiesa como fierro rozando su entrada. "Hazme tuya, mi amor", susurró ella, guiándome con la mano. Entré despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro. Era puro fuego líquido, sus paredes pulsando alrededor de mí. Empecé a moverme, lento al principio, saboreando cada embestida: el slap slap de piel contra piel, el sudor goteando de mi frente a su pecho, el olor a sexo crudo llenando la habitación.
Aceleramos. Sofía clavó las piernas en mi cintura, rayándome las nalgas con las uñas. "¡Duro, wey, rómpeme!", pedía, y yo obedecía, follando con furia contenida años. Sus tetas rebotaban al ritmo, hipnóticas, y yo las amasaba, pellizcando pezones que la hacían aullar. Sentía mi corrida acercándose, un nudo en las bolas, pero aguanté, queriendo que ella llegara primero.
Y llegó. Su concha se contrajo como puño, ordeñándome, mientras gritaba mi nombre, el cuerpo convulsionando bajo el mío. Ese espasmo me llevó al borde: me corrí dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes llenándola, mi visión nublándose de placer. Colapsamos, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. Su corazón latía contra mi pecho, un tambor compartido.
Después, en la penumbra, Sofía me acarició el pelo, riendo suave. "Ves, Diego, no era tan malo rendirse un poquito". Yo sonreí, exhausto, oliendo su piel salobre pegada a la mía. Ya no huyo tanto, pensé. Las pasiones juveniles no eran enemigas; eran vida pura, caliente como el sol de México.
Desde esa tarde, las visitas se volvieron rutina. Sofía me enseñó a soltarme, a bailar salsa en su sala con cervezas frías, a follar en la ducha con el agua cascando sobre nosotros. Cada vez era mejor: una vez en la cocina, ella de rodillas chupándome la verga hasta la garganta, saliva chorreando por su barbilla; otra en el balcón al atardecer, yo atrás de ella, embistiéndola mientras el skyline de la ciudad brillaba. Siempre consensual, siempre con risas y besos, empoderándonos mutuamente.
Aún repito en mi cabeza joven huye de las pasiones juveniles, pero ahora es un chiste. Porque huir ya no es opción; mejor corro hacia ellas, con Sofía de la mano, listos para más noches de fuego y susurros.