Abismo de Pasion Remake
La noche en Polanco olía a jazmín y a tequila reposado, con ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa. Ana caminaba por la terraza del rooftop bar, su vestido negro ceñido rozando sus muslos con cada paso, el viento juguetón levantando el borde lo justo para sentir el aire fresco en la piel. Hacía años que no pisaba un lugar así, pero neta, necesitaba desconectarse del pinche estrés del trabajo. Sus tacones resonaban contra el piso de mármol, y de pronto, lo vio. Carlos, con esa sonrisa pícara que siempre le aceleraba el pulso, parado junto a la barandilla, una cerveza en la mano.
Él la miró de arriba abajo, sus ojos oscuros devorándola como si el tiempo no hubiera pasado.
"¿Ana? ¿Eres tú, mamacita? ¡Órale, qué chula estás!"dijo él, acercándose con ese andar de galán de telenovela, pero real, de carne y hueso. Ella sintió un cosquilleo en el estómago, el recuerdo de sus noches locas regresando como un torrente. Aquella vez en la playa de Puerto Vallarta, cuando se perdieron en lo que ellos llamaban su abismo de pasión, un remolino de besos salados y cuerpos enredados hasta el amanecer.
Se abrazaron, su pecho firme contra el de ella, oliendo a su colonia de siempre, madera y especias que la mareaba. ¿Por qué carajos regresa ahora? pensó Ana, mientras charlaban de la vida, de trabajos en la ciudad, de amigos en común. Pero bajo las risas, la tensión crecía. Sus manos se rozaban al pasar las copas, y cada mirada era un fuego lento. No puedo, pero sí quiero, se repetía ella, sintiendo el calor subirle por las piernas.
La música ranchera fusionada con beats electrónicos llenaba el aire, y cuando él la invitó a bailar, no pudo decir que no. Sus cuerpos se pegaron en la pista improvisada, sus caderas moviéndose al ritmo, el sudor comenzando a perlar su cuello. Ella inhaló profundo su aroma mezclado con el de ella, floral y dulce.
"¿Recuerdas nuestro abismo de pasión, Ana? Esto sería como un remake, pero mejor", murmuró él al oído, su aliento cálido enviando escalofríos por su espina.
Acto de escalada. Salieron del bar tomados de la mano, el valet trayendo su camioneta negra reluciente. En el camino a su penthouse en Lomas, las manos de él subían por su muslo, deteniéndose justo antes de lo prohibido. Ana jadeaba, el corazón latiéndole como tambor en las costillas. Es un pendejo, pero qué bien besa, pensó, mientras estacionaban y subían en el elevador privado. Ahí, solos, él la acorraló contra la pared de espejos, sus labios capturando los de ella en un beso hambriento.
El sabor de su boca era tequila y menta, sus lenguas danzando con urgencia contenida. Las manos de Carlos se colaron bajo el vestido, acariciando la seda de sus bragas, sintiendo la humedad que ya la traicionaba. Sí, cabrón, justo ahí, gimió ella internamente, arqueando la espalda. El ding del elevador los separó, pero solo por un segundo. Entraron al depa, luces tenues de la ciudad filtrándose por los ventanales panorámicos, el skyline de CDMX brillando como testigo.
Se quitaron la ropa con prisa, pero saboreando cada botón desabrochado, cada zipper bajado. La piel de él era caliente, suave bajo sus dedos, los músculos del abdomen contraídos cuando ella lo tocó. Él la tumbó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo.
"Déjame hacerte mía de nuevo, como en el remake de nuestro abismo de pasión", susurró, besando su cuello, lamiendo el salado sudor. Ana temblaba, el olor a sexo comenzando a impregnar el aire, almizclado y embriagador.
Él descendió lento, torturándola con la lengua en los pezones, chupando hasta que dolía de placer. Sus uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas rojas que él gemía de gusto. Qué rico se siente su boca, pensó ella, mientras él llegaba a su centro, separando sus piernas con gentileza dominante. El primer lametón fue eléctrico, su clítoris hinchado respondiendo al roce húmedo. Ella gritó,
"¡Ay, Carlos, no pares, pendejo!", las caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso.
La tensión subía como lava, sus dedos entrando en ella, curvándose justo en ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido de succiones y jadeos llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Reforma. Ana sentía cada vena de su lengua, el calor de su aliento, el pulso acelerado en su propia ingle. Él se incorporó, su verga dura como piedra presionando contra su entrada, pidiendo permiso con los ojos.
"¿Quieres esto, reina? ¿El remake completo?"Ella asintió, neta sí, métemela ya.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con ese dolor-placer que adoraba. Lleno por completo, se quedaron quietos un segundo, sintiendo los latidos mutuos, el calor envolvente. Luego, el ritmo empezó, lento al principio, sus pelvis chocando con palmadas húmedas. Ella lo montó después, cabalgando como amazona, sus tetas rebotando, él amasándolas con manos callosas. El olor a sudor y fluidos era afrodisíaco, el gusto de su piel salada cuando lo besaba.
La intensidad creció, posiciones cambiando: de lado, con él detrás mordiendo su hombro; ella de rodillas, él embistiéndola profundo mientras pellizcaba su clítoris. Me voy a venir, no aguanto, pensó Ana, el orgasmo construyéndose como ola gigante. Él gruñía,
"Córrete conmigo, carnalita, déjame llenarte". El clímax la golpeó primero, un estallido de luces detrás de los párpados, músculos convulsionando alrededor de él, gritando su nombre mientras el placer la deshacía en temblores.
Él la siguió segundos después, eyaculando caliente dentro, su cuerpo colapsando sobre el de ella, pesados jadeos sincronizados. Permanecieron unidos, el semen goteando lento, el corazón de ambos martilleando.
En el afterglow, se bañaron juntos en la regadera de lluvia, agua caliente lavando los rastros, pero no la memoria. Sus manos se acariciaban suaves ahora, besos tiernos bajo el vapor. Esto fue más que sexo, fue nuestro abismo de pasión remake, mejorado, eterno, reflexionó Ana, envuelta en su abrazo. Salieron secándose con toallas mullidas, se metieron a la cama oliendo a jabón y a ellos mismos.
La ciudad dormía afuera, pero ellos no. Hablaron hasta el alba, planeando más noches, más remakes. Ana se durmió con su cabeza en el pecho de él, escuchando el ritmo constante de su corazón, sabiendo que habían caído de nuevo en ese abismo, pero esta vez con alas para volar juntos.