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Orgullo y Pasión Desenfrenada

7061 palabras

Orgullo y Pasión Desenfrenada

Sofía caminaba por el salón de fiestas en Polanco con la cabeza en alto, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, realzando cada curva de su figura. El aire estaba cargado del aroma dulce de las gardenias y el humo ligero de los cigarros cubanos que fumaban los invitados. La música de mariachi fusionado con jazz llenaba el espacio, un ritmo que hacía vibrar el piso de mármol bajo sus tacones. Era dueña de su propia empresa de diseño de moda, una mujer que había construido su imperio con uñas y dientes, sin pedir favores a nadie. Orgullo y pasión, se repetía siempre, los pilares de su vida.

Entonces lo vio. Alejandro, el pendejo arrogante de la competencia, con su traje negro impecable y esa sonrisa de medio lado que la sacaba de quicio. Alto, moreno, con ojos oscuros que parecían devorarla. Él se acercó con una copa de tequila en la mano, el líquido ámbar brillando bajo las luces de cristal.

—Órale, Sofía, ¿todavía sigues creyendo que tus trapos son mejores que los míos? dijo él, su voz grave retumbando como un trueno lejano.

Ella alzó la barbilla, sintiendo un cosquilleo en la nuca. Qué chingón se ve esta noche, el cabrón, pensó, pero su orgullo no la dejó flaquear.

—Mis diseños venden solos, Alejandro. No como tú, que tienes que andar presumiendo para llamar la atención.

Él rio, un sonido ronco que le erizó la piel. Se inclinó un poco, y ella olió su colonia, mezcla de sándalo y algo más primitivo, masculino. La tensión entre ellos era palpable, como el calor que subía por sus piernas. Charlaron toda la noche, bebiendo tequila reposado que quemaba la garganta y avivaba el fuego interno. Cada pulla era un roce invisible, cada mirada un toque prometedor.

Al final de la velada, cuando los invitados empezaban a dispersarse, él la tomó del brazo con gentileza firme.

—Ven conmigo un rato. Solo para hablar de negocios, reina.

Sofía dudó, su corazón latiendo fuerte contra las costillas.

¿Qué pedo? Mi orgullo me dice que lo mande a la verga, pero esta pasión que siento... neta que me tiene jodida.
Asintió, y subieron al balcón privado del penthouse, donde la ciudad de México se extendía como un mar de luces parpadeantes. El viento fresco traía el olor a lluvia inminente y tacos de la calle abajo.

Allí, solos, la conversación viró. Sus manos se rozaron al pasar la copa, y el contacto fue eléctrico, como una chispa en piel seca. Alejandro la miró fijo, sus dedos subiendo por su brazo desnudo, dejando un rastro de calor.

—Sabes que te deseo desde la primera vez que te vi en esa conferencia, Sofía. Eres fuego puro.

Ella jadeó, el orgullo luchando contra el deseo que le humedecía las bragas. Orgullo y pasión, siempre en guerra. Pero esta vez, la pasión ganaba. Se acercó, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su pecho, el bulto creciente en sus pantalones que la hacía salivar.

—Cállate y bésame, pendejo, murmuró ella, y sus labios chocaron con hambre voraz.

La boca de Alejandro era caliente, su lengua invasora saboreando a tequila y a ella. Gemidos ahogados se mezclaban con el rumor del tráfico lejano. Sus manos expertas bajaron la cremallera de su vestido, exponiendo sus pechos llenos al aire nocturno. Los pezones se endurecieron al instante, y él los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro. Sofía arqueó la espalda, un gemido gutural escapando de su garganta. ¡Qué rico, carajo! Su boca es un pinche paraíso.

Él la levantó con facilidad, sentándola en la barandilla de piedra fría que contrastaba con el fuego de sus cuerpos. Sus dedos se colaron bajo la tanga de encaje, encontrándola empapada. —Estás chorreando por mí, mamacita, gruñó, frotando su clítoris hinchado en círculos lentos. Ella se mordió el labio, el placer subiendo en oleadas, sus uñas clavándose en sus hombros anchos.

Pero Sofía no era de las que se deja dominar. Lo empujó contra la pared, arrodillándose con gracia felina. Desabrochó su pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con urgencia. El olor almizclado de su excitación la embriagó. La tomó en su mano, acariciándola de la base a la punta, sintiendo la piel suave sobre el acero. —Ahora te voy a chupar hasta que ruegues, cabrón.

Lo engulló con avidez, su lengua danzando alrededor del glande, saboreando el precum salado. Alejandro jadeaba, sus caderas moviéndose instintivamente, enredando los dedos en su cabello negro. Es tan grande, me llena la boca... neta que me encanta su sabor. Lo mamó profundo, hasta la garganta, gimiendo vibraciones que lo volvían loco. Él la levantó pronto, incapaz de aguantar más.

La penetró de un solo empellón, llenándola por completo. Sofía gritó de placer, sus paredes internas apretándolo como un guante caliente y húmedo. ¡Ay, Diosito! Está cañón, me parte en dos. Embestía con ritmo feroz, sus pelotas golpeando su culo, el sonido obsceno mezclándose con sus jadeos. Ella clavaba las piernas alrededor de su cintura, cabalgándolo en el aire, sus pechos rebotando contra su pecho sudoroso.

El sudor perlaba sus pieles, el olor a sexo crudo impregnando el balcón. Cada roce era fuego: sus dedos magullando sus caderas, su clítoris frotándose contra su pubis con cada thrust. Mi orgullo se deshace en esta pasión desenfrenada... y qué chido se siente. La tensión crecía, coiling en su vientre como una serpiente lista para atacar.

Alejandro la volteó, poniéndola de espaldas contra la pared, entrando de nuevo desde atrás. Sus manos amasaban sus nalgas redondas, un dedo rozando su ano con promesa futura. —Córrete para mí, Sofía. Déjame sentir cómo te aprietas. Ella obedeció, el orgasmo explotando en mil estrellas, su coño convulsionando alrededor de su polla, chorros de jugo empapando sus muslos. Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola de semen caliente que goteaba por sus piernas temblorosas.

Se derrumbaron juntos en un sillón cercano, jadeantes, cuerpos entrelazados en un enredo pegajoso de sudor y fluidos. El viento secaba su piel, trayendo el aroma fresco de la lluvia que por fin caía. Alejandro besó su frente, su mano acariciando perezosamente su vientre.

—Neta que eres increíble. Tu orgullo y tu pasión me tienen atrapado.

Sofía sonrió, exhausta pero plena, su cabeza en su pecho escuchando el latido acelerado que se calmaba poco a poco.

Orgullo y pasión... al final, se funden en uno solo. Y qué bien sabe esta victoria compartida.
La ciudad seguía viva abajo, pero en ese balcón, solo existían ellos, saciados y conectados en un afterglow que prometía más noches de fuego.

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