Abismo de Pasion Capitulo 88
La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que mi piel se sintiera viva, ansiosa. Me paré frente al espejo de cuerpo entero, ajustándome el vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como una promesa pecaminosa. Abismo de pasion capitulo 88, pensé, sonriendo con picardía mientras recordaba cómo había titulado este capítulo en mi mente durante toda la semana. Javier y yo llevábamos meses en este juego de amantes prohibidos, pero esta noche todo cambiaría. No más esperas eternas, no más mensajes a media noche que me dejaban con el cuerpito ardiendo. Él venía por fin, después de esa bronca con su ex que nos había separado unos días.
El aire olía a jazmín del difusor que encendí, mezclado con mi perfume de vainilla que siempre lo volvía loco. Escuché el timbre y mi corazón dio un brinco, como si estuviera en una de esas novelas que tanto nos gustaban ver juntos, riéndonos de los dramas exagerados. Abrí la puerta y ahí estaba él, mi chulo Javier, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho, los ojos cafés brillando con hambre pura.
—Órale, mi reina, murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, entrando y cerrando la puerta con un pie mientras me tomaba de la cintura. Su aliento cálido rozó mi cuello, oliendo a menta y a hombre deseoso. Lo abracé fuerte, sintiendo sus músculos tensos bajo mis manos, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela.
¡Dios, cuánto lo extrañé! Cada noche soñaba con esto, con su boca devorándome, con sus manos explorando lo que solo él sabe tocar.
Nos besamos como si el mundo se acabara, lenguas enredadas en un baile húmedo y salvaje. Sus labios sabían a deseo acumulado, a promesas rotas y renovadas. Lo empujé hacia el sofá de terciopelo gris, sin romper el contacto, mis uñas arañando suavemente su espalda. Pendejo, le susurré entre besos, juguetona, porque me había hecho esperar. Él rio bajito, ese sonido grave que vibraba en mi pecho.
—Perdóname, carnala, dijo, sentándome en su regazo. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta dejar al aire mis encajes negros. El roce de sus dedos callosos contra mi piel suave era eléctrico, enviando chispas directo a mi centro. Olía a su colonia amaderada, mezclada con el sudor ligero de la ciudad, y yo ya estaba mojada, palpitando por él.
En el sofá, nos devoramos con los ojos mientras nos desnudábamos despacio. Le quité la camisa, besando cada centímetro de su torso moreno, lamiendo el salado de su piel, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso bajo mi lengua. Él gimió, un sonido gutural que me hizo apretar los muslos. Qué rico hueles, mi amor, murmuró, enterrando la nariz en mi escote, inhalando profundo mientras sus manos desabrochaban mi sostén.
Mis pechos se liberaron, pesados y sensibles, y él los tomó con reverencia, chupando un pezón con hambre mientras pellizcaba el otro. El placer me atravesó como un rayo, arqueé la espalda gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes. Ay, Javier, no pares, supliqué, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto. Su boca era fuego líquido, succionando, mordisqueando suave, haciendo que mi concha se contrajera de anticipación.
Lo empujé para que se recostara, queriendo tomar el control esta vez. Desabroché su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó ansiosa hacia mí. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo de la piel estirada. Mira lo que me haces, wey, le dije con voz ronca, acariciándola de arriba abajo, viendo cómo sus caderas se movían instintivas. Él jadeó, ojos entrecerrados, el pecho subiendo y bajando rápido.
Me arrodillé entre sus piernas, el suelo mullido de la alfombra contra mis rodillas, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado que brotaba. Su gemido fue música, profundo y animal. Lo chupé despacio al principio, enroscando la lengua alrededor del glande, luego más rápido, metiéndomela hasta la garganta mientras él me agarraba el pelo con ternura. ¡Qué chingón, Ana! Eres la mejor, gruñó, y eso me empoderó más, succionando con ganas, oliendo su excitación almizclada que me volvía loca.
Pero no quería que terminara así. Me levanté, quitándome el vestido y las bragas de un tirón, quedando desnuda frente a él. Mi cuerpo ardía, piel de gallina por el aire fresco, pezones duros como piedras. Me senté a horcajadas sobre él, frotando mi concha húmeda contra su verga, lubricándola con mis jugos. Nuestros ojos se clavaron, el deseo crudo flotando entre nosotros como humo denso.
Esto es nuestro abismo, pensé, el lugar donde caemos juntos cada vez, sin miedo, solo placer puro.
—Te quiero adentro, ya, le ordené, y él obedeció, guiando su verga a mi entrada. Bajé despacio, sintiéndolo estirarme, llenarme centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón!, grité de placer, el ardor delicioso de la invasión. Estaba tan mojada que resbaló fácil, hasta que mis nalgas chocaron contra sus muslos, su pubis rozando mi clítoris hinchado.
Cabalgué lento al inicio, sintiendo cada vena, cada pulso dentro de mí. El sonido de piel contra piel era obsceno, húmedo, mezclado con nuestros jadeos y el crujir del sofá. Sus manos en mis caderas me guiaban, apretando fuerte, dejando marcas que mañana recordaría con una sonrisa. Aceleré, rebotando duro, mis tetas saltando, sudor perlando mi frente. Él se incorporó, chupándome los pechos mientras yo lo montaba, mordiendo suave, lamiendo el sudor salado.
El clímax se acercaba como una ola gigante. Cambiamos de posición; él me puso de rodillas en el sofá, entrando por detrás con un empellón que me hizo ver estrellas. ¡Más fuerte, mi rey!, supliqué, empujando contra él. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada estocada, su verga golpeando ese punto perfecto adentro. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle y vainilla, sudor y pasión. Sus manos bajaron a mi clítoris, frotando círculos rápidos, y exploté.
El orgasmo me sacudió entera, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco, pulsos retumbando en mis oídos. Él no paró, follando más duro, gruñendo como bestia, hasta que se tensó y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su semen mezclándose con el mío.
Colapsamos juntos, él aún dentro, abrazados sudorosos en el sofá. Su peso sobre mí era reconfortante, su aliento agitado en mi cuello. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Te amo, Ana, susurró, y yo sonreí, acariciando su espalda húmeda.
Más tarde, envueltos en una sábana, con una copa de vino tinto en la mano, miramos las luces de la ciudad por la ventana. El jazmín aún flotaba, mezclado con nuestro aroma compartido. Esto fue el mejor capitulo, le dije riendo. Él me apretó contra su pecho, su corazón latiendo calmado contra el mío.
En este abismo de pasion, no hay final, solo más capítulos por escribir, más noches como esta.
Y así, con su mano trazando círculos en mi piel sensible, supe que lo nuestro apenas empezaba.