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Etimología de la Pasión

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Etimología de la Pasión

Estaba sentada en esa cafetería chida de la Condesa, con mi laptop abierta y un café negro humeante frente a mí. El aroma del grano tostado se mezclaba con el bullicio de la calle, risas lejanas y el claxon ocasional de algún taxi loco. Yo, Ana, escritora de blogs sobre palabras y sus secretos, andaba obsesionada con etimología pasión. ¿De dónde carajos viene esa palabra que nos quema por dentro? Pasión, del latín passio, sufrimiento, pero también entrega total. Neta, me ponía caliente solo pensarlo.

Ahí entró él, Diego, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las bragas de inmediato. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban como pintados. Se sentó en la mesa de al lado, pidiendo un americano con voz grave, ronca, como si cada sílaba fuera un roce. Lo miré de reojo, sintiendo un cosquilleo en la piel, el calor subiendo por mi cuello.

¿Será que la etimología de la pasión empieza con una mirada así, wey?
pensé, mientras tecleaba notas furiosamente.

—Oye, ¿qué tanto escribes? —me dijo de pronto, girándose con esa confianza de los chilangos que saben que son guapos.

Le sonreí, cruzando las piernas para disimular el pulso acelerado entre ellas. —La etimología pasión, carnal. Palabras que encienden fuego.

Sus ojos se iluminaron, y en minutos charlábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de raíces griegas, de páthos, sufrimiento placentero. Su risa era grave, vibraba en mi pecho como un tambor. Olía a colonia fresca, mezclada con sudor masculino, ese olor que te hace arquear la espalda sin querer. La tensión crecía, lenta, como el vapor de mi café enfriándose. Me tocó la mano al pasar el azúcar, y ¡órale! Un chispazo eléctrico me recorrió el brazo hasta el ombligo.

—Ven a mi depa, te muestro mis notas —le solté, sin pensarlo dos veces. Era mutuo, lo veía en cómo se mordía el labio, en su mirada hambrienta.

Acto de escalada. Llegamos a mi departamento en Polanco, con vistas al skyline chispeante de la noche. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros. Encendí luces tenues, puse música de Natalia Lafourcade bajita, esa que te pone romántica y cachonda a la vez. Le serví un mezcal ahumado, el cristal frío contra mis dedos calientes.

Nos sentamos en el sofá de terciopelo, cercanos, piernas rozándose. —Cuéntame más de esa etimología —dijo, su aliento cálido en mi oreja. Hablé de cómo "pasión" evoca entrega, dolor dulce, el latido desbocado del corazón. Sus dedos trazaron mi brazo, lentos, dejando huellas de fuego.

Mierda, esto es la pasión en carne viva, no libros
, pensé, mientras mi piel erizaba bajo su toque áspero, calloso de quien toca guitarra.

Me volteó el rostro con gentileza, sus labios rozaron los míos. Sabían a mezcal y deseo puro, salados, urgentes. El beso empezó suave, lenguas danzando tímidas, pero pronto fue voraz. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando, atrayéndome a su regazo. Sentí su verga dura contra mi entrepierna, palpitante, y un jadeo se me escapó. Olía a nosotros ya, ese aroma almizclado de excitación, sudor fresco y piel caliente.

Quítate la blusa, Ana —murmuró, voz ronca. Lo hice, despacio, dejando que viera mis tetas firmes, pezones duros como piedras. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. Me besó el cuello, chupando suave, mordisqueando hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando la carne bajo el jeans ajustado. Yo le quité la camiseta, lamiendo su pecho, saboreando sal y músculo. Pendejo delicioso, pensé, riendo por dentro.

Caímos al piso, alfombra mullida bajo nosotros. Le desabroché el cinturón, liberando su pija gruesa, venosa, goteando pre-semen. La tomé en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso furioso. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más. Me quitó el pantalón, dedos hurgando mi coño húmedo, resbaladizo. —Estás chingona de mojada, mi reina —dijo, metiendo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas.

La tensión era un nudo apretado en mi vientre, cada roce un latigazo de placer. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estiramiento delicioso, el roce de su pubis contra mi clítoris hinchado. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena, cada throbbin contra mis paredes. Sus manos en mis caderas guiaban, fuerte pero tierno. Sudor nos cubría, perlas resbalando por su abdomen, yo lamiéndolas, saladas y calientes.

Aceleré, tetas rebotando, gemidos altos ahora, sin vergüenza. El cuarto olía a sexo crudo, a coño mojado y pija dura. Él se incorporó, chupándome los pezones, mordiendo suave mientras embestía desde abajo, polla golpeando profundo.

Esto es la etimología de la pasión, el origen en carne y fluidos
, rugió en mi mente mientras el orgasmo se acercaba, olas crecientes.

Me volteó, ahora él encima, misionero intenso. Piernas en sus hombros, follando duro, piel chocando con palmadas húmedas. —Vente conmigo, Diego, neta —supliqué, uñas clavadas en su espalda. Él aceleró, gruñendo mi nombre, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de él, leche caliente llenándome, chorros interminables. Grité, el placer cegador, pulsos eléctricos por todo el cuerpo. Él colapsó sobre mí, jadeando, besos suaves en mi frente.

En el afterglow, yacíamos enredados, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El aire olía a nosotros, satisfechos, con un dejo de mezcal. Acaricié su cabello revuelto, sintiendo paz profunda.

—Sabes, la verdadera etimología pasión no está en libros —le dije, voz ronca—. Está aquí, en esto que acabamos de vivir. Entrega total, sufrimiento dulce del deseo.

Él rio bajito, besándome el hombro. —Chingón, Ana. Hagamos más etimología.

Y así, en esa noche mexicana de luces y sombras, descubrimos que la pasión no tiene fin, solo nuevos orígenes.

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