La Pasión Hotel Boutique Playa del Carmen Teléfono Prohibido
Estaba hasta la madre del pinche tráfico de la Ciudad de México, con el estrés del trabajo comiéndome viva. Neta, necesitaba un break urgente. Una noche, mientras chiqueaba en el cel, vi un anuncio que me prendió: La Pasión Hotel Boutique Playa del Carmen teléfono. El nombre ya me hizo cosquillas en la piel, como si prometiera algo más que unas vacaciones relax. Sin pensarlo dos veces, marqué el número.
—La Pasión Hotel Boutique Playa del Carmen, ¿en qué le puedo ayudar, preciosa? —dijo una voz grave, ronca, que me erizó los vellos de la nuca. Se llamaba Carlos, el recepcionista. Su tono era como terciopelo caliente, y de güey a güey, empezamos a platicar más de lo necesario. Le conté que andaba sola, buscando sol, mar y quién sabe qué más. Él se rio bajito, con esa risa que vibra en el pecho.
—Órale, carnala, aquí te vamos a tratar como reina. La playa está cañona, el agua cristalina te va a besar las piernas enteras. —Me imaginé su boca diciendo eso, y un calorcillo me subió por el vientre. Reservé la suite con jacuzzi privado, pagué por adelantado, y colgué con el corazón latiéndome como tambor maya.
Al día siguiente, aterricé en Cancún y tomé un taxi directo a Playa del Carmen. El aire salado me golpeó la cara al bajar, mezclado con el olor a coco y flores tropicales. El hotel era un paraíso escondido: paredes blancas con buganvillas rojas trepando, palmeras susurrando con la brisa, y el sonido del Caribe rompiendo suave a lo lejos. Caminé al lobby, el piso de mármol fresco bajo mis sandalias, y ahí estaba él. Carlos. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana y una sonrisa pícara que gritaba travesuras.
—Bienvenida a La Pasión, Ana. Te ves más rica en persona que por teléfono. —Me guiñó el ojo mientras me daba la llave. Su mano rozó la mía, un toque eléctrico que me hizo apretar los muslos. Subí a la habitación flotando, el corazón en la garganta. La suite era puro lujo: cama king con sábanas de algodón egipcio, ventanales al mar turquesa, y ese jacuzzi burbujeante esperándome.
Me desvestí despacio, sintiendo el sol filtrarse por las cortinas, calentándome la piel desnuda. Me metí a la tina, el agua caliente lamiéndome los pechos, las burbujas cosquilleándome los pezones ya duros. Cerré los ojos y recordé su voz: preciosa. Mi mano bajó sola por mi panza, rozando el monte de Venus, pero me detuve.
¡No mames, Ana, ve por él!Me puse un bikini rojo diminuto, pareo transparente, y bajé a la alberca.
Ahí lo encontré, en la barra, sirviendo cocteles. El sol le doraba los músculos de los brazos, sudor perlando su pecho moreno bajo la camisa blanca desabotonada. Pidió mi orden con esa mirada que desnuda.
—Un margarita frozen, pero hazlo dulce como tú. —le dije, mordiéndome el labio. Se acercó tanto que olí su colonia, madera y sal marina, mezclada con su aroma varonil. Platicamos horas: de la vida loca en Playa, de cómo el mar te llama a pecar, de que los dos andábamos solteros y calientes por acción.
—Eres un pendejo coqueto, ¿eh? —le dije riendo, mientras sus dedos jugaban con el borde de mi vaso.
—Solo con las que me prenden como tú, reina. —Al atardecer, el cielo se tiñó de naranja y rosa, el aire cargado de jazmín y promesas. Me invitó a caminar por la playa. La arena tibia se metía entre mis dedos, las olas lamiendo nuestros pies descalzos. Su mano en mi cintura era fuego puro, su pulgar trazando círculos que me erizaban.
Volvimos al hotel, el ritmo de cumbia sonando en el bar. Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, dureza presionando mi vientre. Chingado, qué rico se sentía. Sus labios rozaron mi oreja:
—¿Subimos? Tu jacuzzi nos espera.
—Sí, güey, pero despacio... o no. —le susurré, mordiéndole el lóbulo.
En la suite, la puerta apenas cerró y sus bocas chocaron. Besos hambrientos, lenguas danzando con sabor a tequila y lima. Sus manos grandes me desataron el pareo, bajaron el bikini, exponiendo mis tetas al aire fresco. Gemí cuando chupó un pezón, tirando suave con los dientes, mientras sus dedos se colaban entre mis piernas. Estaba empapada, mi coño palpitando por él.
—Estás mojadísima, Ana. Neta, me vuelves loco. —gruñó, arrodillándose. Su lengua caliente lamió mi clítoris, chupando como si fuera miel de abeja. El placer era olas rompiendo dentro de mí: vista de su cabeza entre mis muslos, sonido de mis jadeos mezclados con su succión húmeda, olor a sexo salado, gusto a su saliva en mi piel. Me vine rápido, gritando su nombre, piernas temblando.
Lo jalé arriba, desabroché su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en la boca, saboreando su sal, chupando la cabeza mientras él gemía cabrón. —¡Qué chingona mamada! —Me volteó en la cama, cuatro patas, y entró despacio. Llenándome entera, estirándome delicioso. Empujaba hondo, pelotas golpeando mi culo, mientras yo me arqueaba, uñas clavadas en las sábanas.
El jacuzzi nos llamó. Agua caliente envolviéndonos, él sentado, yo cabalgándolo. Sus manos amasando mis nalgas, mis tetas rebotando en su cara. El vapor subía, sudor resbalando por nuestros cuerpos, sonidos chapoteantes y gemidos roncos. Aceleré, sintiendo su verga palpitar dentro, mi clítoris frotándose en su pubis.
¡Ven conmigo, Carlos, lléname!Exploto en orgasmo, él gruñendo, chorros calientes inundándome.
Nos quedamos ahí, abrazados, agua enfriándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Besos suaves, risas cansadas.
—Gracias por llamar a ese teléfono, preciosa. La Pasión Hotel Boutique nunca fue tan literal.
—Neta, güey, esto fue el viaje de mi vida. —Al amanecer, el sol pintó el mar de oro, y supe que volvería. No solo por la playa, sino por esa pasión que desató un simple número.