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Ochenta Melodias de Pasion

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Ochenta Melodias de Pasion

La noche en la Condesa estaba viva, con ese calorcito que se pega a la piel como un amante juguetón. Yo, Ana, había llegado al bar La Nota Azul porque una amiga me juró que el pianista de la noche iba a voltearme la cabeza. Me senté en la barra, con mi vestido negro ceñido que dejaba ver justo lo suficiente, y pedí un tequila reposado. El aire olía a jazmín y a humo de cigarro, mezclado con el sudor de la gente que ya bailaba pegaditos.

De repente, las luces bajaron y él apareció: Diego, el wey del piano. Alto, moreno, con esa barba recortada que me hace agua la boca y ojos que prometían travesuras. Empezó a tocar, y el primer acorde me erizó la piel. Ochenta melodías de pasión, anunció con voz ronca por el micrófono, para las almas que buscan arder esta noche. Cada nota era como un dedo recorriendo mi espalda, suave al principio, pero con un ritmo que aceleraba mi pulso.

Lo miré fijo mientras sus manos volaban sobre las teclas. El sonido del piano llenaba el lugar, grave y sensual, como un gemido largo. Pensé:

¿Y si me acerco? Neta, este pendejo toca como si estuviera haciendo el amor.
Me levanté, caminé despacio hasta el escenario, sintiendo todas las miradas. Él levantó la vista, sonrió de lado y dedicó la siguiente melodía solo para mí. El calor entre mis piernas empezó a crecer, un cosquilleo que me hacía apretar los muslos.

Al final del set, bajé al camerino con una excusa tonta sobre felicitarlo. —Órale, carnal, qué chingón tocas —le dije, mordiéndome el labio. Él se rio, se acercó tanto que olí su colonia, madera y algo picante. —Gracias, preciosa. ¿Quieres que te toque una privada? Su aliento cálido en mi oreja, el roce de su mano en mi cintura. No lo pensé dos veces: —Sácame de aquí, Diego.

Salimos al coche, su viejo Mustang que rugía como un tigre. Manejó hasta su depa en la Roma, con el viento revolviéndome el pelo y su mano en mi muslo, subiendo poquito a poco. Cada semáforo en rojo era una excusa para besarnos. Sus labios sabían a tequila y menta, duros al principio, luego suaves, chupando mi lengua como si fuera miel. Mi corazón latía desbocado, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.

En su depa, todo era música: altavoces por todos lados, discos de vinilo apilados. Puso ochenta melodías de pasión en loop, esa playlist que había tocado en vivo, ahora más íntima. Me quitó el vestido despacio, sus dedos ásperos de tanto piano rozando mi piel desnuda. —Eres una diosa, Ana —murmuró, mientras yo le desabotonaba la camisa, oliendo su sudor fresco, ese olor macho que me enloquece.

Nos besamos de pie en la sala, su pecho duro contra mis tetas, pezones erectos pidiendo atención. Bajó la boca a mi cuello, mordisqueando suave, y yo gemí bajito, arqueándome.

Qué rico se siente esto, wey. No pares, hazme tuya ya.
Sus manos exploraban: una en mi culo, apretando carne, la otra entre mis piernas, dedos juguetones abriendo mis labios húmedos. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, mezclada con su aroma.

Me llevó al sillón, me sentó a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura contra mí, gruesa, palpitante a través del pantalón. La froté despacio, oyendo su respiración agitada, ese jadeo ronco que vibra en el pecho. —Quítatelo todo, cabrón —le ordené, y él obedeció, liberando esa polla morena, venosa, lista para mí. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo: —Sí, mámacita, chúpamela así.

La melodía número quince sonaba de fondo, un ritmo lento y sensual que marcaba nuestros movimientos. Me puse de rodillas, succionando profundo, garganta relajada, oyendo sus gemidos que se mezclaban con el piano. Su mano guiaba mi cabeza, no fuerte, sino firme, empoderándome en el control. Luego me levantó, me recargó en la pared. Sus dedos entraron en mí, dos, curvados tocando ese punto que me hace ver estrellas. —Estás chorreando, Ana. Tan mojada por mí. Gemí alto, piernas temblando, el sonido húmedo de sus dedos follando mi coño resonando en la habitación.

La tensión crecía como una ola. Quería más, lo necesitaba adentro. —Cógeme ya, Diego. Hazme gritar. Me giró, de espaldas, y entró de un solo empujón. Llenándome completa, estirándome delicioso. El choque de su pelvis contra mi culo, piel contra piel, sudor goteando. Cada embestida era una nota alta, fuerte, mi clítoris rozando su mano que no paraba de masajear. Olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos.

Neta, esto es el paraíso. Su verga me parte en dos, pero qué chido duele de placer.

Cambié de posición, lo empujé al piso sobre la alfombra gruesa. Me subí encima, cabalgándolo lento al principio, sintiendo cada vena palpitar dentro. Aceleré, tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. El piano ahora era frenético, melodía cuarenta y dos, urgiéndonos. Sudor corría por mi espalda, su pecho brillaba bajo la luz tenue. Grité su nombre, él el mío: —¡Ana! ¡Ven conmigo!

El orgasmo llegó como un trueno. Mi coño se contrajo alrededor de él, leche caliente saliendo a chorros, mojándonos a los dos. Él se vació dentro, pulsos calientes llenándome, gruñendo como animal. Caímos jadeantes, cuerpos pegajosos, el piano suavizándose a una melodía dulce.

Nos quedamos así un rato, su brazo alrededor de mi cintura, besos perezosos en la nuca. Olía a después del amor, semen y sudor mezclado con jazmín del balcón abierto. —Eso fueron las mejores ochenta melodías de pasión de mi vida —dijo él, riendo bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Quién iba a decir que un piano me traería esto. Quiero más noches así, con él, con esta música que nos une.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos vestimos entre besos. No fue solo sexo; fue conexión, pasión que vibra como esas teclas. Salí a la calle, piernas flojas aún, recordando cada toque, cada sonido. Ochenta melodías de pasión seguían sonando en mi cabeza, prometiendo que volvería por más.

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