Pasión Cap 51 Fuego en la Piel
El sol de Puerto Vallarta se ponía como una bola de fuego sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas suaves. Ana caminaba por la playa, el arena caliente aún quemándole las plantas de los pies descalzos. Llevaba un pareo ligero atado a la cadera, dejando al aire su piel bronceada por semanas de vacaciones. Hacía meses que no veía a Marco, su chulo de siempre, el que le hacía vibrar el cuerpo con solo una mirada. Pasión Cap 51, pensó, sonriendo para sí. Así bautizaba en su mente cada capítulo de su historia de amor carnal, y este sería el más ardiente.
Él la esperaba en la terraza de la casa rentada, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Alto, moreno, con el pecho marcado bajo la camisa guayabera entreabierta. Órale, qué rico se ve, se dijo Ana mientras se acercaba, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre. Marco la vio venir y dejó la cerveza, abriéndose de brazos.
—Ven pa'cá, mamacita —murmuró con esa voz ronca que olía a tequila y mar.
Ana se dejó abrazar, presionando sus pechos contra el torso duro de él. El olor de su piel, salado y masculino, la invadió como una droga. Sus labios se encontraron en un beso lento, explorador, con el sabor de la fruta tropical que él había comido antes. Las manos de Marco bajaron por su espalda, desatando el pareo con maestría. Ella jadeó contra su boca, el viento cálido lamiendo su desnudez repentina.
Esto es el comienzo, cap 51 de nuestra pasión. No hay vuelta atrás, solo deseo puro.
Entraron a la casa riendo, tropezando con la pasión que ya los urgía. La sala estaba iluminada por velas de coco, el aire cargado del aroma dulce de jazmines del jardín. Marco la llevó a la cocina, donde preparó tacos de mariscos frescos, pero Ana no podía concentrarse en la comida. Cada roce accidental —su mano en su muslo desnudo, el roce de su cadera contra la suya— encendía chispas. Se sentaron a la mesa de madera, las piernas entrelazadas bajo el mantel.
—Te extrañé, wey. Neta, soñaba con esto todas las noches —confesó ella, metiendo un bocado de taco que explotó en sabores: limón ácido, cilantro fresco, camarón jugoso.
Él la miró con ojos oscuros, intensos. Qué chingón es cuando me ve así, pensó Ana, sintiendo su pulso acelerarse. Marco extendió la mano y trazó un dedo por su clavícula, bajando hasta el borde de su blusa escotada. La piel se le erizó, un escalofrío delicioso que le llegó hasta el centro de su ser.
Después de cenar, pusieron música ranchera moderna, esa que suena en las cantinas de la costa. Bailaron pegados, los cuerpos moviéndose al ritmo de guitarras y trompetas. El sudor empezó a perlar sus frentes, mezclándose con el perfume de ella, vainilla y coco. Ana sentía la dureza de él presionando contra su vientre, y no pudo resistir: deslizó la mano por su pantalón, apretando suavemente esa verga que palpitaba por ella.
—Ya párale, nena, o no llegamos a la cama —gruñó Marco, pero su voz era pura entrega.
La llevó en brazos al dormitorio, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio. La luna entraba por las ventanas abiertas, iluminando sus cuerpos. Ana se quitó la blusa despacio, dejando caer la prenda como una promesa. Sus senos libres, pezones endurecidos por la brisa marina, lo miraban desafiantes. Marco se desvistió igual de lento, revelando abdominales tallados por horas en el gym, y esa erección orgullosa que ella conocía tan bien.
Se tumbaron, piel contra piel. El tacto era eléctrico: el vello del pecho de él rozando sus pezones, las manos grandes explorando sus curvas. Besos en el cuello, mordiscos suaves que arrancaban gemidos. Ana arqueó la espalda cuando la boca de Marco capturó un pezón, succionando con hambre. Qué rico, carnal, no pares, pensó, mientras sus uñas se clavaban en su espalda.
Las manos de él bajaron, abriendo sus muslos. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce. Dedos expertos encontraron su panocha húmeda, resbaladiza de jugos. Ana gimió alto, el sonido ahogado por el romper de las olas afuera. Él jugaba con su clítoris, círculos lentos que la volvían loca, intercalados con penetraciones superficiales que la hacían suplicar.
—Marco, métemela ya, pendejo —jadeó ella, medio en broma, medio en serio.
Él rio, esa risa grave que vibraba en su pecho. Se posicionó, la punta de su verga rozando la entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulso, llenándola por completo. El placer era abrumador: el calor de él dentro, el roce contra sus paredes sensibles, el peso de su cuerpo sobre el suyo.
Empezaron a moverse, un ritmo pausado al principio, como olas suaves. Sus caderas chocaban con palmadas húmedas, el sudor lubricando todo. Ana clavaba las uñas en sus nalgas, urgiéndolo más profundo. Esto es pasión pura, cap 51, el mejor hasta ahora, se repetía en la mente, perdida en sensaciones. El sabor salado de su piel cuando lo besaba, el olor de sexo impregnando el aire, los gemidos mezclados con el viento.
Marco aceleró, embistiendo con fuerza controlada. Ana levantó las piernas, envolviéndolo, sintiendo cómo llegaba más adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. El clímax se acercaba, una tensión enroscada en su bajo vientre. Él gruñía palabras sucias, mexicanas y calientes:
—Estás bien rica, morra, apriétame así.
Ella explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera. Olas de placer la recorrieron, contracciones que ordeñaban su verga. Gritó su nombre, el cuerpo temblando, lágrimas de éxtasis en los ojos. Marco la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido animal, caliente y abundante.
Se quedaron unidos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era perfecto: el corazón latiendo al unísono, piel pegajosa y satisfecha. Marco la besó en la frente, rodando a un lado para abrazarla. Afuera, las olas seguían su canción eterna.
Pasión Cap 51 completada. Pero sé que habrá más capítulos, porque con él, el fuego nunca se apaga.
Ana se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido fuerte. Mañana explorarían la playa de nuevo, pero esta noche era suya. El deseo satisfecho dejaba un calor residual, una promesa de rondas futuras. En su mente, ya planeaba Pasión Cap 52, pero por ahora, solo disfrutaba el momento, el olor de él en su piel, el sabor de sus besos aún en los labios.