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Una Noche de Pasion Desenfrenada

5821 palabras

Una Noche de Pasion Desenfrenada

La música retumbaba en el antro de Polanco, ese lugar chido donde la gente guapa se junta para soltar el estrés de la chamba. Yo, Ana, acababa de terminar una semana de locos en la oficina, y neta, necesitaba algo que me sacara del pedo. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa, el escote dejando ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. El aire olía a tequila y perfume caro, mezclado con el sudor ligero de los cuerpos bailando.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que prometía problemas del bueno. Se llamaba Diego, me dijo cuando se acercó con dos shots de Patrón en la mano. Qué chulo, pensé, mientras sus ojos cafés me recorrían de arriba abajo sin disimulo. Hablamos de tonterías: el tráfico infernal de la CDMX, lo pendejo que es el jefe, y de repente, su mano rozó mi cintura al ritmo de la cumbia rebajada. Un escalofrío me recorrió la espalda, y sentí ese calor bajito en el estómago que avisa que la noche va pa'l carajo.

¿Y si me lanzo? Neta, hace meses que no siento esto. Su olor a colonia fresca y hombre me está volviendo loca.

Salimos del antro riéndonos como pendejos, el viento fresco de la noche mexicana nos golpeaba la cara mientras caminábamos hacia su coche, un Tsuru viejo pero chido. "Vamos a mi depa, está cerca", murmuró con voz ronca, y yo asentí, el corazón latiéndome como tambor en quinceañera. En el camino, su mano en mi muslo subía despacito, y yo no la quité. Al contrario, apreté las piernas, sintiendo ya la humedad traicionera entre ellas.

Acto uno completo: la chispa prendida. Su departamento en la Roma era minimalista, con luces tenues y una botella de mezcal esperándonos. Nos sentamos en el sofá de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Brindamos, y sus labios rozaron los míos al chocar los vasos. Fue inevitable. Lo besé con hambre, saboreando el mezcal en su lengua, cálida y juguetona. Sus manos expertas bajaron el zipper de mi vestido, y la tela cayó como cascada, dejando mi piel expuesta al aire fresco. Qué rico se siente su mirada devorándome.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama king size, donde las sábanas olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa, revelando un torso marcado por gym, con vellos oscuros que invitaban a tocar. Yo me recosté, arqueando la espalda, mientras él besaba mi cuello, mordisqueando suave. "Eres una tentación, nena", gruñó, y su aliento caliente me erizó la piel. Bajó por mis pechos, lamiendo un pezón hasta endurecerlo, succionando con esa presión perfecta que me sacó un gemido ronco. Mis manos enredadas en su pelo, tirando suave, guiándolo más abajo.

El medio acto empezó a escalar. Sentí sus dedos explorando mi entrepierna, abriendo mis labios húmedos con delicadeza. Neta, qué bien sabe tocar. Introdujo uno, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Yo me retorcía, el colchón hundiéndose bajo mis caderas, el sonido de mi respiración agitada llenando la habitación. "Diego, no pares, carnal", jadeé, y él sonrió pícaro, bajando la cabeza. Su lengua caliente lamió mi clítoris, círculos lentos al principio, luego rápidos, chupando con avidez. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor salado.

Esto es una noche de pasion de esas que no se olvidan. Su boca me está llevando al cielo, wey.

Lo empujé hacia arriba, queriendo más. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo las venas bajo la piel suave, y él gimió profundo, un sonido gutural que vibró en mi pecho. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta mientras él me acariciaba el pelo. "Qué chida chupas, Ana", murmuró, y eso me prendió más. Nos volteamos en 69, su lengua devorándome mientras yo lo tragaba entero, los gemidos ahogados en carne húmeda.

La tensión subía como fiebre. Me puse encima, frotando mi coño mojado contra su punta, lubricándolo. "Te quiero adentro, ya", exigí, y él obedeció, guiándome mientras bajaba despacio. Lo sentí estirándome, llenándome por completo, esa quemazón deliciosa que pasa a placer puro. Empecé a moverme, cabalgándolo fuerte, mis tetas rebotando, sus manos en mis nalgas apretando. El slap slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Sudábamos, resbaladizos, el aire pesado con nuestros jadeos.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo, lento al principio para torturarme, luego rápido, salvaje. Sus bolas chocando contra mi culo, su boca en mi cuello dejando marcas rojas. Me vengo, me vengo, grité, y el orgasmo me explotó, olas de placer convulsionándome, apretándolo dentro. Él no paró, prolongándolo hasta que rugió su propio clímax, llenándome caliente, pulsando una y otra vez.

El final llegó suave. Nos quedamos abrazados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. Su dedo trazaba círculos en mi espalda, y yo besé su pecho, oyendo su corazón galopante ralentizarse. "Qué noche de pasion, ¿verdad?", susurró, y yo reí bajito, sintiéndome empoderada, viva. No hubo promesas, solo ese afterglow perfecto, con el amanecer filtrándose por las cortinas, pintando todo de rosa. Me vestí despacio, él me dio su número con un guiño. Salí a la calle, el sol calentándome la piel, con una sonrisa que no se borraba. Neta, una noche así te cambia el mood pa' siempre.

De regreso en mi depa, me tiré en la cama oliendo aún a él, tocándome suave recordando cada roce. Qué chingón fue todo. No era amor, pero sí pura pasión mexicana, de esas que te dejan el cuerpo zumbando y el alma satisfecha.

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