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Bernardo Elizondo Desata la Pasion de Gavilanes

6894 palabras

Bernardo Elizondo Desata la Pasion de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la Hacienda Pasion de Gavilanes, tiñendo de oro los campos de caña y las caballerizas relucientes. Lucía bajó del camión polvoriento, ajustándose el vestido ligero que se pegaba a su piel sudada por el calor agobiante. Venía de la ciudad, contratada como administradora nueva para ayudar a Bernardo Elizondo con los libros. Había oído hablar de él: el patrón duro pero justo, con ojos que perforaban el alma y un cuerpo forjado por años de domar tierra y bestias.

El aire olía a tierra húmeda, a flores de bugambilia y a ese aroma varonil que ya flotaba antes de verlo. ¿Será tan cabrón como dicen?, pensó Lucía, mientras sus tacones crujían sobre la grava del patio principal. De pronto, una sombra alta se recortó en el porche de la casa grande. Ahí estaba Bernardo Elizondo, camisa blanca abierta hasta el pecho, pantalón de trabajo ajustado y botas lustradas. Su piel morena brillaba con sudor, y una sonrisa ladeada le arrugaba las comisuras de los ojos cafés intensos.

Bienvenida, chula —dijo con voz grave, como trueno lejano—. Soy Bernardo Elizondo, dueño de esta Pasion de Gavilanes. ¿Lista pa' entrarle al jale?

Lucía sintió un cosquilleo en el estómago, el pulso acelerado al estrechar su mano callosa. El roce fue eléctrico, piel contra piel áspera, y olió su colonia mezclada con sudor fresco. —Sí, patrón. Listísima —respondió, mordiéndose el labio sin querer.

Pinche hombre, me va a volver loca con esa mirada. ¿Qué no soy pendeja? Vine a trabajar, no a babear.

La primera semana fue un vaivén de tensiones. Bernardo la llevaba a recorrer la hacienda en su camioneta vieja, el motor rugiendo mientras el viento les azotaba el pelo. Hablaban de cuentas, de siembras, pero sus ojos se enganchaban más de lo debido. Una tarde, parados junto al río que serpenteaba la propiedad, él se quitó la camisa para refrescarse la cara. Lucía vio los músculos tensos de su espalda, el vello oscuro bajando hasta la cintura del pantalón. El agua chapoteaba suave, y el sol pintaba su piel en tonos cobrizos.

Ven, métete un chapuzón, que te ves tensa como res —la invitó, salpicando agua con la mano.

Ella rio, nerviosa, pero se acercó. El agua fría le mordió las piernas al bajar el vestido hasta las rodillas. Bernardo se acercó demasiado, su aliento cálido en su cuello. —¿Sabes? Esta hacienda se llama Pasion de Gavilanes por las leyendas de amores locos que aquí se vivieron —murmuró, su mano rozando accidentalmente su cadera.

Lucía jadeó bajito. El toque envió chispas por su espina. Su piel sabe a sal y sol, pensó al imaginarlo. Se apartó un poco, pero el deseo ya ardía en su vientre.

Las noches eran peores. En su cuarto de la casa grande, Lucía se tocaba pensando en él, el colchón crujiendo bajo sus movimientos, el aire cargado de su propio aroma almizclado. Oía los pasos de Bernardo en el pasillo, su tos ronca, y fantaseaba con que entrara. La tension crecía como tormenta en el horizonte, nubes negras sobre los cerros.

Una noche de luna llena, durante la fiesta patronal, la cosa explotó. La hacienda bullía de mariachis, tequila y risas. Lucía bailaba con los peones, su falda floreada girando, pero sus ojos buscaban a Bernardo. Él la vio desde el porche, con botella en mano, y bajó de un salto. La música tronaba: trompetas agudas, guitarras vibrantes.

Baile conmigo, preciosa —gruñó en su oído, tomándola por la cintura. Sus caderas se pegaron al ritmo, duro contra blando. Lucía sintió su verga semierecta presionando, y un gemido se le escapó. Olía a tequila dulce y a macho en celo.

Estás cañón esta noche, Bernardo Elizondo —susurró ella, clavándole las uñas en la nuca.

Él la sacó del bullicio, hacia los establos oscuros. El olor a heno fresco y cuero los envolvió. La luna se colaba por las rendijas, iluminando sus rostros. Se besaron con hambre: labios carnosos devorándose, lenguas enredadas con sabor a mezcal y miel. Las manos de Bernardo subieron por sus muslos, arrugando la falda, mientras ella le desabotonaba la camisa, arañando su pecho velludo.

¡Qué rico sabe! Quiero que me rompa en dos, cabrón.

La recargó contra una pila de heno suave, el pinchazo ligero en la espalda olvidado por el fuego entre sus piernas. Bernardo le bajó el vestido, exponiendo sus tetas firmes, pezones duros como piedras. Los chupó con avidez, succionando fuerte, haciendo que ella arqueara la espalda y gimiera alto. —¡Ay, sí, así, pinche Bernardo! —gritó, el sonido ahogado por los relinchos lejanos.

Sus manos bajaron a su bragueta, liberando la verga gruesa, venosa, palpitante. Lucía la acarició, sintiendo el calor y la dureza, el precum salado en su lengua al probarlo. —Chúpamela, mamacita —ordenó él, voz ronca. Ella se arrodilló en el heno, el polvo subiendo, y se la tragó hasta la garganta, gimiendo con cada embestida de cadera. El sabor era puro vicio: salado, amargo, adictivo.

La levantó como pluma, quitándole las panties de encaje. Sus dedos exploraron su panocha empapada, resbaladiza de jugos. —Estás chorreando por mí, ¿verdad? —dijo, metiendo dos dedos, curvándolos adentro. Lucía se convulsionó, el squelch húmedo resonando, sus paredes apretándolo. —Sí, métemela ya, no aguanto —suplicó, oliendo su propia excitación mezclada con el almizcle de él.

Bernardo la penetró de un golpe, llenándola hasta el fondo. El estiramiento la hizo gritar de placer, uñas clavadas en su culo firme. Embestía fuerte, piel chocando piel con palmadas rítmicas, sudor goteando de su frente a sus tetas. Ella lo montó después, cabalgando en el heno, tetas rebotando, mientras él le amasaba las nalgas. —¡Qué chingona montas, Lucía! Esta es la verdadera Pasion de Gavilanes —jadeó él.

El clímax llegó como avalancha. Lucía se corrió primero, contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes salpicando, el mundo explotando en luces blancas. Bernardo gruñó como animal, llenándola de leche espesa, caliente, hasta que rebosó por sus muslos. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

Después, en la quietud del establo, él la abrazó, besándole la frente. El aire olía a sexo crudo y heno aplastado. —Esto no fue un error, chula. Quiero más de ti en mi hacienda —murmuró.

Lucía sonrió, el corazón latiendo suave ahora.

Pinche Bernardo Elizondo, me conquistó con su Pasion de Gavilanes. Aquí me quedo.
La luna testigo, la hacienda guardó su secreto ardiente, prometiendo noches de fuego eterno.

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