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Diario de una Pasion Musica

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Diario de una Pasion Musica

Querido diario, hoy empezó todo. Fui al foro de la colonia Roma, ese lugar chido donde tocan bandas independientes. El aire olía a tacos de la esquina y a cerveza fría, y la multitud sudaba con el calor de la noche mexicana. Ahí lo vi. Javier, el guitarrista principal de la banda. Sus dedos volaban sobre las cuerdas como si estuvieran acariciando piel viva. Cada nota me erizaba la piel, me hacía sentir un cosquilleo en el estómago que bajaba directo hasta mis muslos. Neta, wey, era como si su música me estuviera follando el alma.

Entrada del 15 de mayo: Mi pasión por la música siempre ha sido intensa, pero esta noche se volvió algo más. Javier, con su cabello revuelto y esa playera negra pegada al pecho por el sudor, me miró desde el escenario. Nuestras miradas se cruzaron en medio del riff salvaje. Sentí mi corazón latiendo al ritmo de su guitarra. ¿Será que esta es la pasión que tanto buscaba?

Después del show, me quedé rondando la barra, pidiendo un chela para disimular los nervios. Él se acercó, oliendo a humo de escenario y a hombre que sabe lo que quiere. "Qué buena onda que te gustó el toque", me dijo con esa voz ronca que vibraba como un bajo grave. Hablamos de música, de cómo el rock en español nos une a los mexicanos, de esas noches en que una canción te hace sentir vivo. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía el calor subiendo por mi cuello. Le conté que escribo un diario de una pasión música, que cada concierto es una página nueva en mi vida. Se rio, juguetón: "Pues déjame ser tu nota más alta, mamacita".

Nos fuimos caminando por las calles empedradas, el bullicio de la ciudad de fondo: cláxones, risas de borrachos, el aroma de jazmines de algún balcón. Mi piel hormigueaba con cada roce accidental de su brazo contra el mío. Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar modesto pero con posters de Caifanes y posters de conciertos pegados en las paredes. Puso un disco de Café Tacvba bajito, y nos sentamos en el sofá viejo, tan cerca que podía oler su colonia mezclada con sudor fresco.

Mi pulso late como un solo de batería. Quiero tocarlo como él toca la guitarra. Esta tensión me está volviendo loca.

Empecé el beso, porque neta, no aguantaba más. Mis labios rozaron los suyos, suaves al principio, probando el sabor salado de su boca. Él respondió con hambre, su lengua explorando la mía como un riff improvisado. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi bra sin esfuerzo. Sentí el aire fresco en mis pechos desnudos, los pezones endureciéndose al instante. "Qué chingona eres", murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por mi espina.

Me recostó en el sofá, su cuerpo pesado pero delicioso encima del mío. El roce de su pecho contra mis tetas era eléctrico, piel contra piel sudada. Bajó la boca a mis senos, lamiendo un pezón con la punta de la lengua, chupando hasta que gemí bajito. Olía a deseo puro, ese musk que sale cuando el cuerpo se enciende. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela. La saqué libre, gruesa y caliente en mi palma, latiendo como un corazón acelerado. "Métetela en la boca, carnal", me pidió con voz entrecortada, y yo lo hice, saboreando la sal de su prepucio, mi lengua girando alrededor de la cabeza mientras él gemía mi nombre: "Ana, pinche Ana".

Pero no quería acabar así. Lo empujé suave, quitándome el short con prisa. Mis bragas estaban empapadas, el olor a mi propia excitación llenando el aire. Me abrí para él, invitándolo con las piernas. Javier se posicionó, frotando la punta contra mi clítoris, lubricándonos mutuamente. "Dime si quieres", susurró, respetuoso pero ansioso. "Sí, wey, ya, métemela toda", respondí, arqueando la cadera. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Empezó a moverse, lento al principio, como un blues sensual, sus caderas chocando contra las mías con un slap húmedo.

Esto es mi diario de una pasión música hecha carne. Su ritmo dentro de mí es mejor que cualquier concierto.

La intensidad subió. Agarró mis muslos, abriéndome más, embistiéndome fuerte ahora, el sofá crujiendo bajo nosotros. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas rojas que mañana le recordarán esta noche. Grité cuando rozó ese punto adentro, el placer acumulándose como un solo de guitarra subiendo de volumen. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo mezclándose con el incienso que ardía en una esquina. "Más rápido, Javier, no pares", le rogué, y él obedeció, su aliento caliente en mi oreja, gruñendo palabras sucias: "Pendejo mío, te voy a hacer venir como nunca".

El clímax llegó como un crescendo brutal. Mi cuerpo se tensó, olas de placer explotando desde mi centro, contrayéndome alrededor de él. Grité su nombre, temblando, las piernas envolviéndolo fuerte. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, un gemido gutural vibrando en su pecho. Nos quedamos así, jadeando, pegados, el corazón latiéndonos al unísono como un dúo perfecto.

Después, nos duchamos juntos, el agua caliente cayendo sobre nuestras pieles enrojecidas. Sus manos jabonosas me masajearon la espalda, tiernas ahora, y yo le lavé el cabello, oliendo su shampoo de herbolaria mexicana. Nos secamos riendo, envueltos en toallas, y nos metimos a la cama. El colchón hundido nos acunó, su brazo alrededor de mi cintura.

Entrada del 16 de mayo: Anoche mi diario de una pasión música cobró vida. Javier no es solo un músico; es la melodía que me faltaba. Pero ¿y ahora qué? ¿Será un toque de una noche o el inicio de algo más grande?

Despertamos con el sol filtrándose por las cortinas, el tráfico de la ciudad como banda sonora matutina. Me besó despacio, su erección matutina presionando contra mi nalga. "Otra ronda?", preguntó pícaro. Reí y me giré, montándolo esta vez. Controlé el ritmo, subiendo y bajando, sintiendo cómo me llenaba de nuevo. Sus manos en mis caderas, guiándome, los ojos fijos en mis tetas rebotando. Esta vez fue juguetón, lento, prolongando el placer hasta que ambos explotamos otra vez, riendo entre gemidos.

Desayunamos chilaquiles de un puesto cercano, sentados en la azotea con vista a los edificios coloniales. Hablamos de sueños: él quiere grabar un disco, yo quiero que mi pasión por la música sea mi vida. "Ven a todos mis conciertos", me dijo serio. "Y tú serás mi musa". Asentí, el corazón lleno.

Ahora, de vuelta en mi depa, escribo esto con el cuerpo aún zumbando. La piel sensible, el sabor de él en mi memoria. Esta pasión musical no es solo notas; es fuego, es conexión, es México en sus mejores vibras. Javier me mandó un audio tocando una rola nueva, dedicada a mí. La escucho en loop, y ya quiero verlo de nuevo. Quién sabe qué páginas más llenará este diario.

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