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El Carisma Passionista

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El Carisma Passionista

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio chido de la CDMX que te envuelve como un abrazo caliente. Luces neón parpadeando en las fachadas de los bares, el olor a tacos al pastor flotando en el aire mezclado con perfume caro y sudor fresco. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, entré al antro más top de la zona. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa noche buscaba algo que me acelerara el pulso. No cualquier cosa, neta, sino esa conexión que te hace olvidar el mundo.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como estrellas en el techo estrellado del lugar. Se llamaba Diego, me dijo después, y tenía ese carisma pasionista que te atrapa sin remedio. Estaba en la barra, riendo con unos cuates, su camisa blanca abierta un poco, dejando ver el vello oscuro en su pecho. El corazón me dio un brinco. Órale, qué tipo, pensé, mientras me acercaba con mi mejor sonrisa. Pedí un margarita helado, el sabor ácido y salado explotando en mi lengua, y nuestras miradas se cruzaron.

¿Y si me lanzo? Neta, Ana, no seas pendeja, ve por él. Ese hombre grita deseo por todos los poros.

"¿Qué onda, guapa? ¿Primera vez aquí?", me soltó con voz grave, ronca como el rugido de un motor potente. Su aliento olía a tequila reposado, dulce y ahumado. Le contesté con un guiño: "Simón, pero ya me late este lugar. Tú pareces de los que conocen todos los secretos". Reímos, y así empezó. Hablamos de todo: de la vida loca en la ciudad, de antojos por unos chilaquiles bien cargados al amanecer, de cómo el carisma pasionista de alguien puede cambiar una noche cualquiera en algo inolvidable. Sus manos rozaban las mías al pasar los shots, piel contra piel, un cosquilleo eléctrico que me erizaba la nuca.

La música retumbaba, reggaetón mezclado con cumbia rebajada, los bajos vibrando en mi pecho como un segundo corazón. Lo invité a bailar, y ¡uf!, qué manera de mover las caderas. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al ritmo. Sentía el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de su entrepierna endureciéndose contra mis nalgas. Mi respiración se aceleraba, el sudor perlando mi escote, el aroma de su colonia masculina invadiendo mis sentidos. "Estás cañón, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me pusieran los vellos de punta.

No aguanto más, pensé. Lo jalé hacia un rincón más oscuro, donde las luces eran rojas y tenues. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a sal y lima. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis muslos, levantando el vestido lo justo para sentir mi piel desnuda. "Vamos a mi depa, está aquí cerquita", propuso, y yo asentí, el deseo ardiendo en mi vientre como chile en nogada.

El trayecto en taxi fue tortura deliciosa. En el asiento trasero, sus dedos trazaban círculos en mi muslo interno, subiendo peligrosamente. Yo mordía mi labio, oliendo el cuero del asiento mezclado con nuestra excitación creciente. Llegamos a su penthouse en una torre reluciente, vistas al skyline de la ciudad brillando como diamantes. La puerta se cerró con un clic, y ya estábamos solos. "Quítate eso, mamacita", dijo juguetón, y yo lo hice, despacio, dejando que viera cada curva de mi cuerpo desnudo bajo la luz suave de las lámparas.

Él se desvistió igual, su torso musculoso, marcado por horas en el gym, reluciendo con un leve sudor. Lo empujé al sofá de piel blanca, montándome a horcajadas. Mis pechos rozaban su pecho, pezones duros como piedritas contra su piel cálida. Besé su cuello, saboreando la sal de su sudor, bajando por su abdomen hasta su miembro erecto, grueso y palpitante. Lo tomé en mi boca, lenta al principio, sintiendo su textura aterciopelada, el sabor almizclado que me volvía loca. "¡Chingao, qué rico!", gimió, sus manos enredadas en mi cabello, guiándome sin forzar.

Su carisma pasionista me tiene rendida. Cada gemido suyo es música para mis oídos, cada roce fuego en mi piel.

Me levantó como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me recostó, abriendo mis piernas con delicadeza. Su lengua encontró mi centro, lamiendo con maestría, chupando mi clítoris hinchado. El placer era oleadas, mi cuerpo arqueándose, uñas clavándose en sus hombros. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, mezclada con su aroma varonil. "Diego, por favor...", supliqué, voz ronca de necesidad.

Se posicionó encima, frotando su verga contra mi entrada húmeda, resbaladiza. "Dime que lo quieres", pidió, ojos clavados en los míos, puro fuego. "¡Sí, wey, métemela ya!", respondí empoderada, jalándolo hacia mí. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. El estiramiento delicioso, su grosor pulsando dentro, rozando cada nervio. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, sintiendo cada embestida profunda. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, gemidos entrecortados llenando la habitación.

La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, su aliento jadeante en mi oreja. Aceleramos, salvaje ahora, sudor goteando de su frente a mi pecho. Sus manos amasaban mis nalgas, levantándome para penetrar más hondo. "¡Más fuerte, cabrón!", lo arengué, y él obedeció, el placer acumulándose como tormenta. Sentía mi orgasmo acercándose, un nudo apretado en el bajo vientre listo para estallar. Él gruñó: "Me vengo, Ana...", y eso me lanzó al abismo. Explosé en espasmos, gritando su nombre, jugos calientes empapando las sábanas. Él se derramó dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Quedamos jadeantes, enredados, el aire pesado con olor a sexo y satisfacción. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente, salada, y él levantó la vista con esa sonrisa pícara. "Neta, tu carisma pasionista es adictivo", murmuró, trazando círculos en mi vientre. Reí bajito, sintiéndome plena, poderosa. No era solo un polvo; era conexión, esa chispa que enciende el alma.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. En la cocina, preparamos unos huevos con chorizo revueltos, el aroma picante llenando el aire, riendo de tonterías. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa sobre las pirámides lejanas –o eso imaginaba desde la ventana–, nos despedimos con un beso largo, prometiendo más noches así. Salí a la calle, piernas flojas pero espíritu alto, sabiendo que mi propio carisma pasionista había encontrado eco perfecto. La ciudad me recibía con su caos chido, y yo, renovada, lista para lo que viniera.

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