Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasión del Verdadero Amor La Rosa de Guadalupe La Pasión del Verdadero Amor La Rosa de Guadalupe

La Pasión del Verdadero Amor La Rosa de Guadalupe

7761 palabras

La Pasión del Verdadero Amor La Rosa de Guadalupe

Estaba sentada en el sillón de mi depa en la Condesa, con el control remoto en la mano y un cafecito humeante en la mesita. Afuera, el bullicio de la colonia me llegaba amortiguado por las cortinas gruesas: cláxones lejanos, risas de chavos en la calle y el aroma a elotes asados que siempre flota en el aire mexicano. Era mi ritual de las tardes, La Rosa de Guadalupe, esa novela que me hacía suspirar con sus milagros y amores eternos. Hoy el capítulo se llamaba La Pasión del Verdadero Amor La Rosa de Guadalupe, y desde los primeros minutos, algo se removió dentro de mí.

En la tele, la prota, una morra guapísima como yo, luchaba por su amor verdadero contra un montonazo de obstáculos. Sus ojos brillaban con esa pasión que quema por dentro, y cuando por fin se besaban bajo la lluvia, sentí un cosquilleo en el estómago.

¿Y si mi vida fuera así? ¿Y si Alejandro y yo revivimos esa chispa que se ha enfriado con la rutina?
Mi carnal, mi marido de tres años, llegaba todos los días del trabajo hecho un zombie, pero neta, lo extrañaba. Su piel morena, sus manos callosas de mecánico, ese olor a sudor limpio mezclado con colonia barata que me volvía loca.

Me recargué en el sillón, cruzando las piernas con mi falda plisada subiéndose un poquito. El aire acondicionado zumbaba bajito, erizándome la piel. Pensé en cómo nos conocimos en una fiesta en Polanco, bailando cumbia pegaditos, sus caderas contra las mías. Órale, Lupita, no te pongas caliente sola, me dije, pero ya sentía esa humedad traicionera entre las piernas. Justo entonces, la llave giró en la chapa.

Alejandro entró con su sonrisa pícara, quitándose la playera sudada de un jalón. Su pecho ancho, velludo justo donde debía, brillando bajo la luz del atardecer que se colaba por la ventana. "¿Qué onda, mi reina? ¿Ya viste tu novelita?" dijo, acercándose con ese trote de galán de barrio.

"Simón, amor. Hoy es La Pasión del Verdadero Amor La Rosa de Guadalupe. Ven, siéntate conmigo." Lo jalé del brazo, y él se dejó caer a mi lado, su muslo grueso pegándose al mío. El calor de su cuerpo me invadió como una ola, y aspiré su esencia: jabón, máquina y hombre puro. La tele seguía, la pareja en la pantalla gimiendo de besos, y sentí su mano posarse en mi rodilla, subiendo despacito.

Acto primero: la chispa. Empezamos platicando del capítulo, pero sus dedos trazaban círculos en mi piel, mandándome chispas directas al centro. "Neta, mi amor, esa pasión del verdadero amor que muestran... ¿la sentimos nosotros?" le pregunté, volteando a verlo. Sus ojos cafés profundos me clavaron. "¿Quieres que te lo demuestre, ricura?" murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Me giré y lo besé, suave al principio, saboreando sus labios salados. Su lengua entró juguetona, explorando mi boca como si fuera la primera vez. El sabor a chicle de menta y café de máquina, su barba raspándome la barbilla. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, y yo gemí bajito contra su boca. "Te extrañé todo el día, pendejito", le dije entre besos, arañándole la espalda.

Nos paramos sin dejar de tocarnos, tropezando hacia el cuarto. El pasillo olía a mi perfume de jazmín y a la cena que había preparado: tacos de carnitas recalentándose en la estufa. Él me levantó en brazos como si no pesara nada, riendo. "¡Eres mi Virgen de Guadalupe, pero la versión cachonda!" bromeó, y yo le pegué juguetona en el hombro.

En el cuarto, la cama king size nos esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio que compramos en el outlet. Lo tiré sobre ella y me subí encima, desabrochándole el cinto con dientes. Su verga ya saltaba dura contra los bóxers, un bulto impresionante que me hizo salivar.

Esto es lo que necesitaba, esta conexión que va más allá de la carne.

Acto segundo: el fuego crece. Le quité los pantalones despacio, admirando sus piernas musculosas, el vello oscuro que me erizaba los dedos. Bajé la cabeza y lo lamí por encima de la tela, sintiendo su pulso acelerado bajo la lengua. "¡Ay, wey, me vas a matar!" gruñó, enredando los dedos en mi pelo negro largo.

Me desnudé para él, dejando caer la blusa, el bra de encaje rojo que resalta mis chichis firmes. Sus ojos se agrandaron, y extendió las manos para amasarlas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. El sonido de su respiración jadeante, el roce de sus palmas ásperas en mi piel suave, el olor a excitación que llenaba la habitación como incienso prohibido. Me incliné para que chupara uno, su boca caliente succionando, dientes rozando, mientras yo me frotaba contra su muslo, mojándolo todo.

"Te quiero dentro, amor. Pero despacito, como en la novela", susurré. Él volteó posiciones, poniéndome boca arriba con gentileza. Sus besos bajaron por mi cuello, mi vientre, hasta mi panocha depiladita y lista. Sentí su aliento caliente primero, luego su lengua plana lamiéndome de abajo arriba, saboreando mis jugos dulces y salados. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas clavándose en las sábanas. "¡Sí, así, cabrón! No pares."

La tensión crecía como tormenta: mis caderas se movían solas, persiguiendo su boca experta que jugaba con mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que me abrían y llenaban.

Esto es la pasión del verdadero amor, La Rosa de Guadalupe no miente: el milagro está en el cuerpo del otro.
Sudábamos juntos, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el slap slap de su mano contra mi humedad. Él se detenía para mirarme, "¿Estás bien, mi vida?", siempre atento, siempre mío.

Lo jalé arriba, guiando su verga gorda y venosa a mi entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El ardor inicial que se volvía placer puro, su peso sobre mí protegiéndome, nuestros corazones latiendo al unísono. Empezamos a movernos, ritmo pausado al principio, mirándonos a los ojos. "Te amo, Lupita. Eres mi todo", dijo, y aceleramos, la cama crujiendo como en película porno casera.

Sus embestidas profundas me golpeaban el alma, su pubis frotando mi botón con cada choque. Yo lo arañaba, mordía su hombro, gritando "¡Más fuerte, mi rey! ¡Chíngame como hombre!" El clímax se acercaba, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose más. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, mezclándose con mi leche.

Acto tercero: la liberación. Explotamos juntos. Yo primero, un tsunami de placer que me cegó, mi cuerpo convulsionando, chillando su nombre mientras chorros calientes me salían alrededor de su verga. Él rugió, clavándose hasta el fondo y llenándome con su leche espesa, pulsos y pulsos que sentía chorrear dentro. El olor almizclado de sexo, el sabor de su piel salada en mis labios, el eco de nuestros gemidos en las paredes.

Caímos exhaustos, enredados, respiraciones calmándose. Él me besó la frente, "Gracias por este milagro, mi Rosa de Guadalupe personal". Reí bajito, acariciando su cara barbada.

La pasión del verdadero amor no es solo en la tele; vive en nosotros, en cada caricia, en cada entrega.
Afuera, la noche caía sobre la Condesa, luces de neón parpadeando, pero aquí dentro, todo era paz y promesas.

Nos quedamos así hasta que el hambre nos sacó de la cama. Cenamos tacos abrazados en la cocina, planeando más noches así. Porque el verdadero amor, como en La Rosa de Guadalupe, siempre encuentra su pasión.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.