Fuego y Pasión Cañaveral
El sol de mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de Veracruz, ese mar verde y espeso que se mecía con la brisa caliente como si respirara. Yo, Lupita, caminaba entre las cañas altas, sintiendo el sudor resbalar por mi espalda bajo la blusa ajustada. Hacía calor de madre, pero neta que me encantaba esa sensación pegajosa en la piel, como un preludio de algo más ardiente. Llevaba falda ligera, de esas que se pegan a las piernas cuando sudas, y sandalias que se hundían en la tierra roja y fértil.
De repente, lo vi. Chava, el peón más guapo del rancho, con su piel morena brillando bajo el sol, la camisa abierta dejando ver esos músculos duros de tanto cortar caña. Estaba agachado, machete en mano, y cuando levantó la vista, sus ojos negros me clavaron como flecha. Órale, qué chulo está el carnal, pensé, sintiendo un cosquilleo en el vientre que nada tenía que ver con el hambre.
—¿Qué onda, Lupita? ¿Vienes a jalar caña o nomás a calentar el ambiente? —me dijo con esa sonrisa pícara, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Me acerqué, oliendo su aroma a tierra, sudor y hombre puro. Qué rico huele, me dije, el corazón latiéndome como tambor de son huasteco.
—Pura envidia, Chava. Tú sabes que yo vengo por lo que arde de verdad —le contesté coqueta, mordiéndome el labio sin querer.
Él se rio, una carcajada grave que vibró en el aire denso. Dejó el machete y se paró frente a mí, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo mezclándose con el mío. El cañaveral nos rodeaba como un muro vivo, sus hojas susurrando secretos con el viento.
¿Y si me lleva más adentro? ¿Y si este fuego y pasión cañaveral nos consume a los dos?
Acto seguido, su mano rozó mi brazo, áspera por el trabajo pero suave en la caricia. Un escalofrío me recorrió pese al bochorno. No dijimos más; él tomó mi mano y me guio entre las cañas, más profundo, donde nadie nos vería. El suelo crujía bajo nuestros pies, las varas altas nos arañaban juguetones las piernas, y el aroma dulce de la caña molida se mezclaba con nuestro sudor.
Nos detuvimos en un claro improvisado, donde la luz filtraba en rayos dorados. Chava me jaló contra él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a sal y deseo puro. Neta, besa como dios, pensé mientras mi lengua danzaba con la suya, explorando, probando ese sabor terroso que me volvía loca.
Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna. Gemí bajito contra su boca, sintiendo mi centro humedecerse, el calor subiendo como lava. Le arranqué la camisa, mis uñas rasguñando su pecho ancho, oliendo su piel caliente, ese olor masculino que me hacía agua la boca.
—Estás rica, Lupita. Me late desde que te vi llegar al rancho —murmuró ronco, su aliento caliente en mi cuello mientras besaba mi clavícula, bajando despacio.
Me tendí en la tierra suave, mullida de hojas secas, y él se cernió sobre mí. La falda se me subió sola, exponiendo mis muslos. Chava besó mi interior de pierna, subiendo lento, torturándome con su barba raspando mi piel sensible. ¡Ay, pendejo, no me hagas sufrir así! grité en mi mente, arqueándome para acercarlo más.
Cuando su boca llegó a mi entrepierna, separé las piernas temblando. Lamía con hambre, su lengua hábil encontrando mi clítoris hinchado, chupando suave al principio, luego con más fuerza. El sonido húmedo de su boca en mí se mezclaba con mis jadeos y el roce constante de las cañas. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, y el sudor nos unía como pegamento.
—¡Chava, qué rico! No pares, carnal —le supliqué, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.
Él levantó la vista, ojos brillantes de lujuria. Este hombre me va a matar de placer. Se desabrochó el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas marcadas bajo mi palma. La apreté, masturbándolo lento mientras él gemía mi nombre.
Me puse de rodillas, el suelo ardiendo contra mis rodillas, y la metí en mi boca. Saboreé su piel salada, el gusto ligeramente amargo de su pre-semen. Chupé profundo, oyendo sus gruñidos guturales, sus caderas moviéndose al ritmo de mi lengua.
Fuego y pasión cañaveral, así se siente esto, puro incendio en las venas, pensé extasiada.
No aguantó más. Me recostó de nuevo, posicionándose entre mis piernas abiertas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué grande, qué llena me deja! Grité cuando bottomó out, su pubis chocando contra el mío. Empezó a moverse, lento al inicio, saboreando cada embestida, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas.
El cañaveral parecía moverse con nosotros, las cañas azotando al viento como testigos mudos. Sudábamos a chorros, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un baile frenético. Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando con cada thrust. Le clavé las uñas en la espalda, dejando surcos rojos, oliendo el sexo en el aire denso.
—¡Más fuerte, pendejo! Dame todo —le exigí, y él obedeció, gruñendo como animal.
Mi orgasmo llegó como tormenta, olas de placer convulsionándome, apretándolo dentro de mí mientras gritaba su nombre al cielo azul. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, jadeantes, pegados en sudor y semen, el corazón tronando en unisono.
Después, en el afterglow, nos recostamos entre las cañas, su cabeza en mi pecho. El sol bajaba, tiñendo todo de naranja. Acaricié su pelo, sintiendo paz profunda.
—Neta, Lupita, esto fue lo más chido de mi vida. Ese fuego y pasión cañaveral nos une pa siempre —dijo bajito, besando mi piel.
Sonreí, oliendo la tierra húmeda y nuestro amor mezclado. Sí, carnal, aquí en este paraíso verde, encontramos nuestro propio incendio. El viento susurraba aprobación, y supe que volveríamos, una y otra vez, a perdernos en este éxtasis.