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Pasión de Gavilanes Capítulo 14 Deseos Desatados

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Pasión de Gavilanes Capítulo 14 Deseos Desatados

La luz parpadeante del tele iluminaba tu sala con ese resplandor azulado que hacía que todo pareciera un sueño. Estabas recargada en el sofá mullido de tu depa en la colonia Roma, con las piernas cruzadas sobre las de Alejandro, tu carnal de tantos meses. El olor a palomitas con chile y limón impregnaba el aire, mezclado con el perfume fresco de su loción, ese que siempre te hacía suspirar. Afuera, el ruido lejano de los coches en Insurgentes se colaba por la ventana entreabierta, pero ni lo notabas. Estabas clavada en Pasión de Gavilanes capítulo 14, esa novela que veían juntos cada noche como ritual chido.

Órale, esta escena está cañona, piensa. Los hermanos Reyes y las Elizondo siempre terminan enredados en dramas que te prenden el fuego por dentro.

Alejandro te rodeaba con su brazo fuerte, su mano grande descansando en tu muslo desnudo bajo la falda corta. Sentías el calor de su palma a través de la tela delgada, un roce casual que ya empezaba a acelerarte el pulso. En la pantalla, la pasión entre los protagonistas estallaba: miradas intensas, palabras susurradas cargadas de promesas. La música de fondo subía de tono, con violines que imitaban latidos desbocados. Tú mordías tu labio inferior, el sabor salado de las palomitas aún en la lengua.

—¿Ves cómo se miran, mi amor? —te dijo él con voz ronca, su aliento cálido rozando tu oreja. Su dedo índice trazó un círculo lento en tu piel, subiendo apenas un centímetro. El contacto te erizó los vellos, como una corriente eléctrica que bajaba directo a tu entrepierna.

—Neta, Pasión de Gavilanes capítulo 14 está para morirse —respondiste, girando la cara para mirarlo. Sus ojos oscuros brillaban con picardía, iguales a los de Franco Reyes en ese momento de la novela. Te inclinaste y lo besaste suave, solo un roce de labios que prometía más. Él respondió presionando un poco, su lengua asomando juguetona.

El deseo inicial era como una brisa tibia: sutil, pero imposible de ignorar. Tus pezones se endurecían bajo la blusa ligera, rozando la tela con cada respiración. Alejandro dejó las palomitas a un lado, su mano libre subiendo por tu espalda, masajeando los músculos tensos. El sofá crujió bajo su peso cuando se acercó más, su pecho firme contra el tuyo. Olías su sudor limpio, mezclado con el aroma de su piel morena.

La novela seguía, pero ya no la veías del todo. Tus pensamientos giraban en torno a él:

Qué chido es esto, wey. Quiero que me toque más, que me haga suya como en esas escenas prohibidas.

Acto seguido, la tensión escaló. Alejandro te jaló hacia su regazo con facilidad, tus piernas abriéndose a horcajadas sobre él. Sentiste su verga ya dura presionando contra tu calzón húmedo, un bulto caliente que te hizo gemir bajito. —Estás mojada, ¿verdad, mamacita? —murmuró, sus manos amasando tus nalgas con fuerza juguetona. Asentiste, frotándote contra él en un ritmo lento, el roce enviando chispas de placer por tu espina.

Te quitaste la blusa con prisa, dejando que cayera al piso. Tus tetas saltaron libres, los pezones oscuros pidiendo atención. Él no se hizo rogar: bajó la boca y chupó uno, su lengua girando en círculos húmedos mientras succionaba con hambre. El sonido era obsceno, un chup chup que se mezclaba con tus jadeos. Olías tu propio arousal, ese almizcle dulce que llenaba el aire. Tus uñas se clavaron en su nuca, tirando de su cabello negro mientras él alternaba entre pezón y pezón, mordisqueando suave.

¡No mames, qué rico! Sigue así, pendejo guapo, no pares.

La intensidad crecía como una tormenta. Desabrochaste su jeans, liberando su verga gruesa y venosa que saltó ansiosa. La tomaste en tu mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, el calor que irradiaba. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en tu pecho. —Chúpamela, mi reina —pidió, y tú bajaste, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Tu boca lo envolvió, succionando con ritmo, mientras él te acariciaba el cabello y gemía tu nombre. El tele seguía de fondo, pero ahora era solo ruido blanco para la sinfonía de sus respiraciones entrecortadas.

Te levantó con brazos poderosos, recostándote en el sofá. Bajó tu falda y calzón en un movimiento fluido, exponiendo tu coño depilado y brillante. —Qué bonita estás —dijo, antes de hundir la cara entre tus muslos. Su lengua encontró tu clítoris hinchado, lamiendo con devoción, chupando y metiendo dedos gruesos que curvaba justo en el punto G. El placer era abrumador: ondas de calor que te hacían arquear la espalda, tus jugos cubriendo su barbilla. Gritaste suave, —¡Sí, carnal, ahí! — mientras el olor a sexo fresco invadía la sala.

El conflicto interno era delicioso: querías que durara para siempre, pero el orgasmo se acercaba como un tren. Tus caderas se movían solas, follándole la boca, hasta que explotaste en un clímax que te dejó temblando, estrellas bailando en tus ojos. Alejandro se lamió los labios, subiendo para besarte y que probaras tu propio sabor dulce y salado.

Ahora era su turno. Te pusiste de rodillas en el piso mullido, él sentado en el borde del sofá. Lo montaste despacio, guiando su verga a tu entrada resbaladiza. Inchó al penetrarte, llenándote por completo, estirándote en esa fricción perfecta. —¡Qué apretadita, wey! —gruñiste, empezando a cabalgar. Sus manos en tus caderas guiaban el ritmo, subiendo y bajando, el sonido de piel contra piel plaf plaf resonando como tambores. Sudor perlaba vuestros cuerpos, goteando entre tus tetas que rebotaban hipnóticas.

La novela llegó a su clímax en la pantalla —ironía perfecta— mientras el tuyo se construía de nuevo. Él te volteó, poniéndote en cuatro, embistiéndote desde atrás con fuerza controlada. Cada estocada rozaba lo profundo, su saco golpeando tu clítoris. Olías el cuero del sofá mezclado con sexo puro, sentías sus dedos pellizcando tus nalgas.

Esto es mejor que cualquier capítulo, neta. Te amo, cabrón.

—Ven conmigo —jadeó él, acelerando. Tú asentiste, el placer acumulándose en tu vientre como lava. Explotaron juntos: él llenándote con chorros calientes, tú convulsionando en un orgasmo que te dejó sin aliento, gritando su nombre al cielo.

El afterglow fue puro paraíso. Colapsaron en el sofá, cuerpos enredados y pegajosos, respiraciones calmándose al unísono. Alejandro te besó la frente, su mano trazando patrones perezosos en tu espalda. La novela terminaba con un beso apasionado en pantalla, pero la verdadera pasión era la de ustedes.

Qué chingón fue esto. Mañana vemos el 15, pero nada superará esta noche.

Te acurrucaste contra su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún. El aroma a sexo y palomitas se desvanecía lento, dejando solo paz y conexión. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en tu mundo, todo era perfecto. Esa Pasión de Gavilanes capítulo 14 había desatado algo eterno entre ustedes.

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