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La Pasión Ardiente de Mr Darcy

7741 palabras

La Pasión Ardiente de Mr Darcy

En la hacienda de San Miguel, bajo las luces tenues de un atardecer regio en las afueras de Guadalajara, Isabella ajustó el escote de su vestido rojo fuego. La fiesta era de esas que solo organizan los ricos: mariachis tocando La Malagueña con trompetas que retumbaban en el pecho, mesas cargadas de tacos al pastor jugosos y tequilas reposados que olían a roble ahumado. Ella, con su cabello negro suelto cayendo como cascada sobre hombros bronceados, no esperaba nada más que coquetear un rato y largarse antes de medianoche.

Pero ahí estaba él. Ricardo Darcy, o Mr Darcy como lo llamaban sus cuates por su aire de engreído regio sacado de una novela inglesa. Alto, con ojos verdes que cortaban como navaja, barba recortada y un traje negro que se le pegaba al cuerpo atlético como segunda piel. Lo vio desde el otro lado del jardín, platicando con un grupo de empresarios, su risa grave retumbando como trueno lejano. Qué pendejo tan chulo, pensó Isabella, sintiendo un cosquilleo en el vientre que no era del tequila.

Él la miró. Sus ojos se clavaron en los de ella, y el mundo se achicó. Isabella sintió el calor subirle por el cuello, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. ¿Qué neta me pasa con este vato? Se dijo, pero no apartó la vista. En cambio, caminó hacia la mesa de mezcales, moviendo las caderas con ese swing mexicano que volvía locos a los hombres.

Órale, güerita, ¿vienes a conquistarme o nomás a robarme el trago? —dijo él, apareciendo de la nada, su voz ronca rozándole la oreja como aliento caliente.

Isabella giró, oliendo su colonia: madera y especias, con un toque de sudor fresco que la mareó. —Ni madres, Mr Darcy. Vengo por el mejor mezcal, no por engreídos como tú.

Él sonrió, esa sonrisa lobuna que prometía pecados. Sirvió dos copas, el líquido ámbar brillando bajo las guirnaldas. Chocaron vasos, el cristal tintineando, y el fuego del mezcal le bajó ardiente por la garganta, despertando algo primitivo en su interior.

La noche avanzó con un ritmo lento, como el son de un bolero. Bailaron bajo las estrellas, sus cuerpos rozándose en cada giro. Las manos de Ricardo en su cintura eran firmes, calientes, enviando chispas por su espina dorsal. Isabella sentía el latido de su corazón contra su pecho, el roce de su aliento en su cuello cuando se inclinaba para susurrarle tonterías.

Este cabrón me tiene mojadita ya, y ni me ha tocado bien. ¿Qué es esta pasión que me quema por dentro? La pasión de Mr Darcy, neta, como en esas novelas que leo a escondidas.

Se apartaron al balcón, lejos del bullicio. El aire nocturno olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia. Él la acorraló contra la baranda de hierro forjado, sus caderas presionando las de ella. Isabella jadeó, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre, gruesa y pulsante bajo la tela fina.

Te deseo desde que te vi, Isabella. Eres fuego puro, mamacita —murmuró, sus labios rozando los de ella.

Ella no respondió con palabras. Lo jaló por la nuca, besándolo con hambre. Sus lenguas se enredaron, saboreando mezcal y sal, un gemido escapando de su garganta. Las manos de él bajaron por su espalda, amasando sus nalgas redondas, apretándolas hasta que ella arqueó la espalda, frotándose contra él como gata en celo.

El beso se volvió feroz, dientes mordiendo labios hinchados, uñas clavándose en camisas. Isabella metió las manos bajo su chaqueta, palpando los músculos duros de su pecho, el calor de su piel a través de la camisa. Él gruñó, bajando un tirante de su vestido, exponiendo un seno pleno. Su boca descendió, chupando el pezón endurecido, lamiéndolo con lengua experta que la hizo temblar.

¡Chingado, qué rico! Su boca es un pecado, pensó ella, mientras sus dedos se enredaban en su cabello oscuro, empujándolo más contra su piel.

Entraron a la hacienda a trompicones, riendo bajito para no despertar a los invitados dormilones. La suite de Ricardo era un paraíso: cama king con sábanas de algodón egipcio, velas parpadeando con aroma a vainilla y canela mexicana. Él la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba: el hueco de su clavícula oliendo a perfume floral, la curva de su cadera suave como terciopelo.

Isabella lo empujó a la cama, quitándole la camisa con urgencia. Su torso era una obra de arte: pectorales definidos, abdominales marcados, un rastro de vello negro bajando hacia la promesa de su entrepierna. Lo besó ahí, lamiendo el sudor salado de su ombligo, bajando hasta desabrocharle el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúmulo. Ella la tomó en la mano, sintiendo su calor palpitante, el grosor que apenas cabía en su palma.

Qué verga tan chingona, Mr Darcy. Me la vas a meter toda —susurró, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia almizclada, salada como mar.

Él rugió, levantándola para ponerla a horcajadas. Sus dedos exploraron su panocha empapada, resbaladiza de jugos, el clítoris hinchado rogando atención. La frotó en círculos lentos, metiendo dos dedos gruesos que la estiraron deliciosamente. Isabella cabalgó su mano, gimiendo alto, el sonido ahogado por su boca devorándola de nuevo.

La tensión crecía como tormenta. Ella se posicionó sobre él, guiando su verga a su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, partiéndola en dos con placer que dolía rico. ¡Ay, cabrón, eres enorme! Me estás rompiendo la concha, pensó, mientras sus paredes internas lo apretaban, succionándolo.

Empezaron a moverse, un ritmo primitivo: ella rebotando, tetas saltando, él embistiendo desde abajo con caderas potentes. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con jadeos y ¡sí, así, pendejo!. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre pechos y abdominales, el olor a sexo crudo invadiendo el aire: almizcle, fluidos, pasión desatada.

Ricardo la volteó, poniéndola a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando su punto G con cada estocada. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando ondas de éxtasis. Isabella gritó, mordiendo la almohada, mientras él la jalaría del cabello, un tirón juguetón que la ponía más caliente.

¡Córrete para mí, Isabella! Quiero sentirte apretándome la verga —gruñó él, su voz quebrada.

El orgasmo la golpeó como rayo: un estallido blanco detrás de los ojos, su concha convulsionando, chorros de placer empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, hinchándose dentro de ella, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos.

Se derrumbaron juntos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El pecho de Ricardo subía y bajaba contra el de ella, su corazón galopando al unísono. Isabella trazó círculos perezosos en su espalda, inhalando su olor post-sexo: hombre satisfecho, mezclado con el jazmín del balcón.

La pasión de Mr Darcy... neta que es legendaria. Me dejó temblando, con el alma en llamas. ¿Y ahora qué? ¿Vuelve el engreído o se queda este amante que me hace volar?

Él la besó en la frente, suave, tierno. —Esto no termina aquí, preciosa. Mañana te llevo a desayunar chilaquiles en el mercado, y después... vemos qué pasa.

Isabella sonrió en la oscuridad, el cuerpo lánguido, el corazón lleno. Afuera, los grillos cantaban, la noche mexicana envolviéndolos en su manto. Por primera vez, sintió que el orgullo se había rendido al deseo, y qué chingón se sentía.

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