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La Pasión Desatada de Teresa

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La Pasión Desatada de Teresa

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el jardín de la casa de mi carnala Lupe, donde la familia se había reunido para celebrar el cumpleaños de mi sobrino. Yo, Teresa, de treinta y tantos, con mi falda floreada ceñida a las caderas y una blusa que dejaba ver justo lo suficiente de mi escote moreno, me sentía como una bomba de tiempo. Hacía meses que no andaba con nadie, y la pasión de Teresa —así me lo decía mi mejor amiga en privado, burlona— estaba clamando por salir. El aire olía a carnitas asadas y cilantro fresco, mezclado con el humo de las parrillas y el perfume dulzón de las bugambilias.

Ahí lo vi por primera vez: Diego, el cuñado de Lupe, un tipo alto, de piel canela y ojos negros que brillaban como obsidiana. Llegó con una caja de chelas en la mano, riendo con esa carcajada grave que me erizó la piel. ¡Órale, Teresa! ¿Qué onda, güey? Te ves chingona con ese vestido, me soltó mientras me daba un abrazo que duró un segundo de más. Su pecho duro contra el mío, el calor de su aliento en mi cuello, y un olor a jabón fresco con un toque de sudor masculino que me hizo apretar los muslos. Neta, sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes tamales picantes en ayunas.

Pasamos la tarde charlando junto a la piscina. Él era ingeniero en una cervecera, soltero empedernido, y contaba anécdotas de sus viajes por Jalisco con ese acento tapatío que me derretía. ¿Por qué carajos no lo había notado antes?, pensaba mientras sorbía mi michelada, el limón ácido en la lengua contrastando con la sal de la rim. Sus ojos bajaban de vez en cuando a mis labios, y yo le devolvía la mirada, dejando que mi pie rozara el suyo bajo la mesa. La tensión crecía como nubes de tormenta: cada roce accidental, cada risa compartida, avivaba el fuego en mi vientre.

Al caer la noche, la fiesta se puso más prendida con mariachis tocando La Bikina. Diego me sacó a bailar, su mano firme en mi cintura, guiándome con maestría. Sentí sus dedos presionar mi cadera, el roce de su pierna entre las mías mientras girábamos. Eres una tentación, Teresa. Neta, no sabes lo que me provocas, murmuró en mi oído, su voz ronca como el tequila reposado. Mi corazón latía desbocado, el sudor perlándome la nuca, y respondí con un apretón en su hombro: Pos ni te imaginas, pendejo, le dije juguetona, mordiéndome el labio.

La música terminó, pero nosotros no. ¿Me das un aventón a tu depa? Vivo cerca, propuso, y yo, con la pasión de Teresa rugiendo en mis venas, asentí. En mi vochito viejo pero chulo, el camino fue un preludio: su mano en mi muslo, subiendo despacio bajo la falda, el roce áspero de sus callos contra mi piel suave. Aparqué frente a mi edificio en Chapalita, un lugar decente con balcones llenos de macetas, y lo jalé adentro sin decir palabra.

En el elevador, ya no aguantamos. Lo empujé contra la pared, besándolo con hambre. Sus labios carnosos sabían a cerveza y menta, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Gemí bajito cuando sus manos amasaron mis nalgas, levantándome contra él. Sentí su verga dura presionando mi monte, gruesa y palpitante a través de los jeans. Dios mío, qué chingón se siente esto, pensé, el vértigo del deseo nublándome la razón. El ding del elevador nos separó, riendo como chiquillos traviesos.

Mi depa era un nido acogedor: luces tenues, velas de vainilla encendidas que perfumaban el aire, y mi cama king size esperándonos. Lo desvestí lento, saboreando cada centímetro. Primero la playera, revelando un torso esculpido por horas en el gym, pectorales firmes salpicados de vello negro. Besé su pecho, lamiendo el salado de su piel, inhalando su aroma almizclado que me mareaba. Él no se quedó atrás: desabrochó mi blusa, liberando mis tetas llenas, pezones oscuros ya tiesos como piedras.

Qué mamacita tan rica eres, Teresa, gruñó, chupando un pezón con succión experta. Un rayo de placer me recorrió la espina, directo a mi concha que ya chorreaba jugos calientes. Me tendí en la cama, él de rodillas entre mis piernas, bajándome la tanga con dientes. El aire fresco besó mi sexo depilado, hinchado de necesidad. Su lengua trazó mi raja, saboreándome con deleite: ¡Ay, cabrón, qué lengua tan diabla! Jadeé, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en su nuca. Lamía mi clítoris en círculos lentos, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G, bombeando rítmico. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos roncos y su resuello animal.

Pero yo quería más. Lo volteé, montándome a horcajadas. Le bajé el zipper, liberando su verga: venosa, cabezota morada goteando precum, unos veinte centímetros de puro poder. La embocé, saboreando su sabor salado-musgoso, chupando hasta la garganta mientras él maldecía en voz baja: ¡Puta madre, Teresa, me vas a matar! Lo pajee con saliva abundante, mis tetas rebotando, hasta que suplicó: Cógeme ya, güey. Quiero sentirte adentro.

Me acomodé sobre él, frotando mi concha empapada en su punta. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la estirada deliciosa. Estaba tan llena, tan completa. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo impregnando todo, sus manos apretando mis caderas guiándome más rápido. Sudábamos como en un sauna, mi cabello pegado a la frente, sus ojos fijos en mis tetas saltando.

La intensidad subió. Cambiamos: él encima, misionero profundo, sus embestidas brutales pero tiernas, besándome el cuello mientras sus bolas chocaban mi culo. La pasión de Teresa explotaba en oleadas: contracciones en mi útero, placer electrico subiendo por mis nervios. ¡Más duro, Diego! ¡Chíngame como hombre!, le rogué, y él obedeció, clavándome hasta el fondo. Mi clítoris frotaba su pubis, y sentí el orgasmo venir como avalancha. Grité, mi concha ordeñando su verga en espasmos, jugos squirteando entre nosotros.

Él se corrió segundos después, rugiendo mi nombre, su leche caliente inundándome en chorros potentes. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su peso sobre mí era gloria pura, su corazón galopando contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Eres increíble, Teresa. Neta, esto fue la neta, murmuró, acariciando mi pelo.

Nos quedamos así un rato, envueltos en sábanas revueltas que olían a nosotros. Afuera, la ciudad murmuraba con bocinas lejanas y perros ladrando. Pensé en cómo la pasión de Teresa, esa fuerza dormida, había despertado con él. No era solo sexo; era conexión, risas compartidas, promesas mudas. ¿Repetimos mañana?, preguntó pícaro. Sonreí, trazando su mandíbula con el dedo: Simón, pendejo. Pero trae chelas.

En la quietud del afterglow, con su brazo alrededor de mi cintura y el sabor de él aún en mis labios, supe que esto era solo el principio. Mi cuerpo zumbaba satisfecho, el alma en paz. Guadalajara nunca había olido tan bien.

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