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Laberinto de Pasiones Reparto

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Laberinto de Pasiones Reparto

Me mudé al Reparto Laberinto hace un mes, buscando un rinconcito chido en las afueras de la ciudad de México. Ese lugar era un desmadre de callejones retorcidos, pasillos que se enredaban como serpientes y patios compartidos que olían a jazmín y tierra mojada después de la lluvia. Lo llamaban laberinto de pasiones reparto por las chismosas del mercado, porque aquí las miraditas se convertían en besos robados y los vecinos se enredaban en affaires que duraban lo que un suspiro. Yo, Ana, de veintiocho tacos, con mi curvas prietas y mi pelo negro azabache, no venía buscando bronca, pero el aire cargado de ese reparto me picaba la piel desde el primer día.

El sol pegaba duro esa tarde cuando lo vi por primera vez. Estaba descargando unas cajas en el patio central, sudando bajo una camiseta blanca que se pegaba a sus pectorales como segunda piel. Marco, se llamaba, güey alto, moreno, con ojos color café que te desnudaban sin decir ni madres.

¿Qué pedo contigo, vecina nueva? ¿Te ayudo con eso?
Su voz ronca retumbó en mi pecho, y sentí un cosquilleo en las nalgas, como si ya supiera que este laberinto nos iba a tragar enteros.

Le sonreí, mordiéndome el labio sin querer. Órale, qué galán, pensé, mientras el olor a su sudor fresco me llegaba directo al cerebro. Ayudó a subir mis cosas al tercer piso, riéndonos de las vueltas que daba el pasillo. Nuestros brazos se rozaron, piel contra piel, y un calorcillo se me subió por las piernas. Esa noche, sola en mi depa, me toqué pensando en él, imaginando su boca en mi cuello, sus manos grandes explorando mis tetas. No mames, me dije, esto apenas empieza.

Los días siguientes fueron puro juego de miradas. En el tendedero compartido, lo pillaba colgando su ropa, y yo fingía estirar mis brasieres de encaje. Neta, Ana, contrólate, me regañaba, pero mi concha ya palpitaba cada vez que oía sus pasos pesados en el pasillo. Una noche de tormenta, el trueno retumbó y se me fue la luz. Bajé a la calle con mi bata de satén medio abierta, el agua chorreándome el pelo, y ahí estaba él, en su puerta, con una linterna.

Ven, carnala, aquí tienes velas y compañía
, dijo, jalándome adentro con una sonrisa pícara. Su depa olía a café recién hecho y a hombre soltero: colonia barata mezclada con algo más primal. Nos sentamos en su sofá viejo, las rodillas tocándose, el relámpago iluminando su cara angulosa. Hablamos de la vida, de cómo el laberinto de pasiones reparto te enredaba el alma. Yo vengo de un divorcio chueco, confesó, pero verte por aquí me despierta cosas que creía muertas.

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Extendí la mano y le acaricié el muslo, sintiendo el músculo tenso bajo el pantalón de mezclilla. Él no se movió, solo respiró hondo, su aliento cálido rozándome la oreja.

¿Quieres que pare?
murmuró. Ni madres, respondí, y nos besamos como poseídos. Sus labios gruesos sabían a tequila y menta, su lengua invadiendo mi boca con hambre de lobo. Me cargó en brazos, mis piernas envolviéndolo, y me llevó a su recámara, donde la cama crujía bajo nuestro peso.

Ahí empezó el verdadero desmadre. Me quitó la bata despacio, besando cada centímetro de mi piel mojada por la lluvia. Qué chingona estás, gruñó, lamiendo el agua de mis pezones duros como piedras. Yo gemía bajito, arqueándome, oliendo su aroma macho que me mareaba. Le arranqué la camiseta, clavando uñas en su espalda ancha, sintiendo el vello rizado bajo mis dedos. Bajé la mano a su entrepierna, palpando esa verga gruesa que se endurecía para mí. Pura pasión contenida, pensé, mientras él me abría las piernas y hundía la cara en mi panocha empapada.

Su lengua era fuego: lamía mi clítoris en círculos lentos, chupando mis labios hinchados, metiendo dedos gruesos que me llenaban hasta el fondo. ¡Ay, Marco, no pares, cabrón! grité, tirando de su pelo, el sabor salado de mi propia excitación en el aire. El trueno afuera hacía eco a mis jadeos, el sudor nos pegaba como chicle. Me volteó boca abajo, azotándome las nalgas con palmadas juguetones que ardían rico.

Eres mi laberinto, Ana, voy a perderme en ti
, susurró, y sentí la punta de su verga presionando mi entrada, resbalosa y lista.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Qué verga tan culera de rica, internalicé, mientras él empujaba hondo, llenándome hasta que mis paredes lo apretaban como puño. Empezamos lento, ritmado, sus caderas chocando contra mis pompis con un plaf plaf húmedo. El olor a sexo crudo invadía la habitación: jugos mezclados, sudor, piel caliente. Aceleró, agarrándome las caderas, follándome como si el mundo se acabara. Yo me empujaba contra él, pidiendo más, mis tetas rebotando, el placer subiendo como ola en Acapulco.

Pero no era solo físico; en su mirada había algo más. Te quiero aquí siempre, en este reparto loco, jadeó entre embestidas. Yo asentí, perdida en el laberinto de sensaciones: su aliento en mi nuca, el roce de sus bolas contra mi clítoris, el gemido gutural que salía de su garganta. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como reina, sintiendo cada vena de su polla frotando mis adentros. Mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas, mientras giraba las caderas, ordeñándolo. ¡Me vengo, Marco, no pares! grité, y el orgasmo me partió en dos: temblores, contracciones, un chorro caliente que lo mojó todo.

Él se vino segundos después, rugiendo mi nombre, su leche espesa llenándome hasta rebosar, goteando por mis muslos. Colapsamos, enredados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El trueno se alejó, dejando solo el golpeteo de la lluvia en la ventana. Me besó la frente, suave, tierno.

Esto no es un rato, Ana. Este laberinto de pasiones nos atrapó a los dos
.

Despertamos al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas raídas. Preparamos café en su cocina chiquita, riéndonos de lo rápido que nos enredamos. Salimos al pasillo del reparto, tomados de la mano, sabiendo que los chismes volarían como papalotes. Pero qué importaba; en este laberinto de pasiones reparto, habíamos encontrado nuestro camino. Cada roce ahora era promesa de más noches así: sudor, gemidos, entrega total. Y mientras caminábamos por los callejones retorcidos, su mano en mi cintura, supe que aquí, en este desmadre de pasiones, por fin estaba en casa.

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