Dibujo de la Pasion y Muerte de Jesus Desnuda
Entré al anticuario en el corazón de la Roma Norte, con ese olor a madera vieja y incienso quemado que siempre me ponía la piel chinita. Era un sábado de Semana Santa, pero yo no andaba en procesiones ni misas, neta, solo buscaba algo chido para mi pared. Ahí estaba, colgado en una esquina polvorienta: el dibujo de la pasión y muerte de Jesús. No era un grabado cualquiera, carnal. Las líneas eran gruesas, casi carnales, el cuerpo de Cristo retorcido en la cruz con músculos tensos, sudor brillando en la piel, la corona de espinas clavándose como si doliera de verdad. Me quedé clavada mirándolo, sintiendo un calor raro entre las piernas. ¿Qué pedo? ¿Yo, Ana, la que se la pasa pintando desnudos, excitada por un Cristo sufriente?
El dueño, un viejo con bigote canoso, me vio interesada. "Órale, mija, es original de un artista tapatío del siglo pasado. Cuatrocientos varos y te lo llevas." No lo pensé dos veces. Lo envolví en papel y salí con el corazón latiéndome fuerte, como si cargara un secreto prohibido. En el camino a mi depa en la Condesa, lo desenvolví un ratito en el Uber, rozando el papel con los dedos. Ese torso desnudo, las gotas de sangre resbalando por el abdomen... pinche dibujo, me estaba mojando nomás de verlo.
Llegué a mi casa, un loft luminoso con ventanales al parque México. Lo colgué en la pared del cuarto, justo frente a la cama king size. Me quité la blusa, quedé en bra de encaje negro, y me paré a contemplarlo. El Jesús parecía mirarme, con esos ojos agonizantes pero intensos, como si me invitara a tocarlo. Me acerqué tanto que olí el polvo antiguo mezclado con mi perfume de vainilla. Mis pezones se endurecieron contra la tela, y sin darme cuenta, mi mano bajó a mi falda, rozando el calor húmedo.
¿Qué chingados me pasa? Esto es puro desmadre, pero se siente tan cabrón...Justo entonces sonó el claxon. Era Marco, mi amante ocasional, el vato que conocí en una expo de arte hace meses. Alto, moreno, con tatuajes que le cubrían los brazos y esa sonrisa pícara que me derretía.
—¡Ey, nena! —gritó desde el coche—. ¿Listos para el fiestón?
Bajé volando, con el dibujo todavía quemándome en la mente. Subió con una botella de mezcal y bolsas de tacos de suadero. Cenamos en la terraza, riéndonos de pendejadas, pero yo no podía sacarme la imagen. Le conté del hallazgo mientras el mezcal nos calentaba la garganta con su ahumado picante.
—Ven, te lo enseño —le dije, jalándolo al cuarto.
Marco se quedó pasmado frente al dibujo de la pasión y muerte de Jesús. Sus ojos se oscurecieron, recorriendo las líneas con hambre.
—Cabrón, qué intenso. Mira cómo está el pobre, todo expuesto, sufriendo pero... tan vivo. Se me para nomás de verlo.
Me reí, pero era verdad. Nos sentamos en la cama, bebiendo directo de la botella. El aire se llenó de nuestro sudor ligero, mezclado con el aroma de los tacos y el mezcal. Hablamos de arte, de cómo el dolor y el placer van de la mano, como en Semana Santa cuando la gente llora pero siente algo más profundo. Marco me tomó la mano, su palma áspera de pintor rozando mi piel suave.
—Imagínate —susurró, acercándose—, ser como él, atado, entregado por completo.
Mi pulso se aceleró. Lo besé, lento al principio, saboreando sus labios salados. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el bra con un chasquido. Mis tetas quedaron libres, pezones duros rozando su pecho peludo. Pinche Marco, siempre sabía cómo encender el fuego.
Nos recostamos, él encima, pero yo lo volteé. Quería control. Le quité la playera, lamiendo sus abdominales marcados, oliendo su piel con ese toque masculino a jabón y deseo. El dibujo nos vigilaba desde la pared, testigo silencioso. Marco gimió cuando le bajé el pantalón, liberando su verga tiesa, venosa, palpitando contra mi mejilla. La lamí de abajo arriba, saboreando el precum salado, mientras él me agarraba el pelo suave.
—¡Ay, wey, qué rico! —jadeó.
Pero no quería acabar rápido. Me subí encima, frotando mi concha mojada contra él, sintiendo el calor de su pija rozando mi clítoris hinchado. El cuarto olía a sexo ya, a jugos mezclados con sudor. Miré el dibujo: el Cristo con brazos abiertos, como invitándonos. Marco me volteó, besándome el cuello, mordisqueando hasta dejar marcas rojas. Sus dedos entraron en mí, dos de golpe, curvándose para tocar ese punto que me hace arquear la espalda.
Sí, así, cabrón, hazme sufrir de placer como en ese pinche dibujo.
La tensión crecía, lenta, como una procesión. Él lamía mis tetas, succionando fuerte, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. Nuestros cuerpos resbalaban de sudor, el colchón crujiendo bajo nosotros. Hablábamos sucio, mexicanísimo:
—Chíngame duro, Marco, como si fuera la última vez.
—Te voy a partir, nena, hasta que grites mi nombre.
Me penetró de golpe, su verga gruesa llenándome hasta el fondo. Grité, el placer doliendo rico. Nos movíamos en ritmo, piel contra piel chapoteando, respiraciones jadeantes llenando el cuarto. El dibujo parecía cobrar vida, el sudor de Jesús goteando como el nuestro. Yo lo montaba ahora, cabalgando fuerte, mis caderas girando, sintiendo cada vena palpitar dentro. Él me apretaba el culo, azotando suave, el sonido ecoando como latigazos lejanos.
El clímax se acercaba, wave tras wave. Sudor corría por mi espina, goteando en su pecho. Olía a nosotros, a pasión cruda, a mezcal y carne caliente. Marco se tensó debajo, gruñendo:
—¡Me vengo, Ana!
Yo exploté primero, mi concha contrayéndose alrededor de él, oleadas de placer cegándome. Grité, arqueándome como en la cruz del dibujo, todo mi cuerpo temblando. Él se vació dentro, chorros calientes llenándome, su rostro contorsionado en éxtasis puro.
Caímos exhaustos, enredados, el corazón tronando al unísono. El aire pesado de nuestro aroma, el dibujo aún ahí, ahora como un trofeo. Marco me besó la frente, suave.
—Qué chingonería de noche, ¿no? Ese dibujo... nos prendió la mecha.
Me acurruqué en su pecho, escuchando su pulso calmarse. Pensé en la pasión del dibujo, no solo muerte, sino vida intensa, entrega total. Nosotros habíamos recreado eso, sin cruces ni espinas, solo cuerpos voluntarios, placer mutuo. Afuera, la ciudad zumbaba con luces de Semana Santa, pero aquí dentro, habíamos encontrado nuestro propio milagro erótico. Neta, ese dibujo de la pasión y muerte de Jesús había desnudado algo en mí, algo salvaje y hermoso.
Nos quedamos dormidos así, piel pegada a piel, soñando con más noches así de ardientes.