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Franco Pasión de Gavilanes Desatada

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Franco Pasión de Gavilanes Desatada

Llegas a la hacienda Gavilanes bajo el sol abrasador del mediodía mexicano, el aire cargado con el olor a tierra húmeda y jazmines silvestres que trepan por las paredes de adobe. El motor de tu camioneta se apaga con un ronroneo cansado, y al bajar, sientes el crujido de la grava bajo tus botas. Qué lugar tan imponente, piensas, mientras tus ojos recorren las amplias extensiones de cafetales verdes que se pierden en el horizonte. Has venido por recomendación de una amiga, para ayudar en la administración temporal, pero algo en el ambiente te eriza la piel, como si el viento susurrara promesas de pasión.

Entonces lo ves. Franco sale del porche principal, su silueta recortada contra la luz dorada. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que parecen devorar todo a su paso. Lleva una camisa blanca arremangada, revelando antebrazos fuertes y bronceados, y unos jeans ajustados que marcan sus caderas estrechas. Franco, pura pasión de Gavilanes, murmura tu mente, recordando esas noches frente al tele viendo la telenovela que lo inmortalizó, pero este es real, carnal, con un aroma a cuero y sudor fresco que te golpea cuando se acerca.

—Bienvenida, mamacita —dice con esa voz grave, ronca como el relincho de un caballo en la noche—. Soy Franco, el dueño de estas tierras. ¿Ana, verdad?

Asientes, sintiendo un calor subir por tu cuello. Su mano grande envuelve la tuya en un saludo firme, y el roce de su piel callosa contra la tuya suave envía chispas directas a tu vientre. Neta que está cañón, piensas, mientras él te guía hacia la casa grande, su cuerpo rozando el tuyo accidentalmente al pasar por la puerta angosta. El interior es fresco, con pisos de baldosa roja y muebles de madera oscura que huelen a cera de abeja. Te muestra tu habitación, pero tus ojos no dejan de seguir el movimiento de sus hombros anchos.

La tensión crece durante la cena. Están solos en el comedor iluminado por velas, el chisporroteo de la leña en la chimenea mezclándose con el tintineo de los platos. Franco te sirve un plato de mole poblano, espeso y aromático, con chocolate y chiles que pican en la lengua. Cada bocado es una excusa para que sus ojos se claven en tus labios.

—Cuéntame de ti, Ana. ¿Qué te trae a Gavilanes?

Le hablas de tu vida en la ciudad, de lo harta que estás de la rutina, pero en realidad, tu mente divaga hacia él. Sientes su pierna rozar la tuya bajo la mesa, un toque deliberado que no retira. El vino tinto calienta tu sangre, y cuando él se inclina para servirte más, su aliento cálido roza tu oreja.

Quiero besarlo ya, carajo. Este wey me tiene mojadita con solo mirarme.

Acto primero termina ahí, con la promesa de la noche. Te excusas para ir a tu cuarto, pero Franco te sigue con la mirada, esa sonrisa lobuna que promete desatar Franco pasión de Gavilanes en su máxima expresión.

La noche avanza lenta, el canto de los grillos y el ulular de un búho filtrándose por la ventana entreabierta. Te duchas, el agua caliente resbalando por tu cuerpo desnudo, imaginando que son sus manos. Sales envuelta en una toalla, y ahí está él, recargado en el marco de tu puerta, con una botella de mezcal en la mano.

—No podía dormir, pensando en ti —confiesa, su voz un susurro ronco—. ¿Me dejas entrar?

Tu corazón martillea como tamborazo zacatecano. Asientes, y él cierra la puerta con un clic suave. El aire se carga de electricidad. Franco se acerca, sus dedos desatan la toalla con delicadeza, revelando tu piel perlada de gotas. Sus ojos recorren tu cuerpo como caricias: pechos firmes, cintura curva, caderas anchas listas para él.

—Eres preciosa, chula. Neta que me vuelves loco.

Sus labios capturan los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a mezcal y deseo. Sientes su barba incipiente raspar tu mejilla, sus manos grandes amasando tus nalgas, apretándote contra su erección dura como roble. Gimes en su boca, el sonido ahogado por su lengua exploradora. Lo empujas hacia la cama, quitándole la camisa con urgencia, lamiendo el sudor salado de su pecho velludo, oliendo su masculinidad pura, a tierra y hombre.

Él te tumba sobre las sábanas frescas, su boca bajando por tu cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas de posesión consentida. Sus dientes rozan tus pezones endurecidos, chupándolos con succión que te arquea la espalda. ¡Ay, papacito, qué rico! piensas, mientras tus uñas se clavan en su espalda musculosa. Baja más, su aliento caliente en tu monte de Venus, lengua trazando círculos en tu clítoris hinchado. El sabor de tu excitación lo enloquece; lame con avidez, dedos gruesos hundiéndose en tu calor húmedo, curvándose para tocar ese punto que te hace gritar.

La intensidad sube. Tú lo volteas, cabalgándolo como amazona en su corcel. Su verga gruesa, venosa, entra en ti centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sientes cada vena pulsando, el golpe de sus huevos contra tu culo al ritmo de tus caderas. Él gruñe, manos en tus tetas rebotando, pellizcando pezones.

Córrete para mí, Ana, déjame sentirte apretarme —ruge, embistiéndote desde abajo con fuerza controlada.

El clímax te arrasa como tormenta en Gavilanes: olas de placer contrayendo tu coño alrededor de él, jugos empapando las sábanas, gritos ahogados en su cuello. Él te sigue, semen caliente inundándote, su cuerpo temblando en espasmos.

Pero no termina. Cambian posiciones, él atrás, doggy style, manos en tus caderas, follando profundo mientras te jala el pelo suave. El slap-slap de piel contra piel, olor a sexo denso, sudor mezclándose. Otro orgasmo te dobla, y él se corre de nuevo, exhausto.

Acto segundo culmina en esa danza frenética, emociones brotando: confesiones entre gemidos de amor a primera vista, promesas de más noches así.

Despiertan enredados al amanecer, rayos rosados filtrándose por las cortinas. Franco te besa la frente, su mano trazando círculos perezosos en tu vientre. El aroma a sábanas revueltas y cuerpos saciados impregna el cuarto. Te sientes empoderada, mujer plena, dueña de tu placer.

—Quédate conmigo en Gavilanes, Ana. Hagamos nuestra propia Franco pasión de Gavilanes, eterna.

Te acurrucas en su pecho, oyendo su corazón latir fuerte, sabiendo que esto es solo el principio. El sol sale, bañando la hacienda en luz nueva, y tú, con él, lista para más fuegos desatados.

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