Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión de Gavilanes Capítulo 135 Fuego en la Carne Pasión de Gavilanes Capítulo 135 Fuego en la Carne

Pasión de Gavilanes Capítulo 135 Fuego en la Carne

7704 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 135 Fuego en la Carne

Jimena se recargó en el sillón de cuero suave de su casa en las afueras de Guadalajara, el aire cargado con el aroma dulce de las gardenias que Marco había traído esa tarde del mercado. La noche caía lenta sobre el rancho remodelado, con sus paredes de adobe pintadas de blanco y el zumbido lejano de los grillos filtrándose por la ventana entreabierta. En la pantalla grande del tele, Pasión de Gavilanes capítulo 135 acababa de empezar, y ella sentía ya ese cosquilleo familiar en el vientre, esa anticipación que siempre le despertaba la novela. Marco, su carnal de años, se sentó a su lado, su cuerpo fuerte y moreno rozando el de ella, oliendo a jabón fresco y a ese sudor ligero de hombre que trabaja con las manos.

Qué chido estar así, nomás nosotros dos, pensó Jimena, mientras su mano se deslizaba casualmente por el muslo de él, cubierto por unos jeans gastados. Marco era todo un vato guapo, con esa barba recortada que le raspaba delicioso la piel y ojos negros que prometían travesuras. Habían planeado esta noche para desconectarse del jale diario —ella en su tiendita de ropa, él en el taller mecánico— y ver la novela que tanto les gustaba. Pero Jimena sabía que Pasión de Gavilanes capítulo 135 traía esa escena legendaria, la que todos comentaban en el grupo de WhatsApp de las morras del barrio.

La trama avanzaba: los hermanos Reyes, fieros y apasionados, enfrentaban otra traición de las Elizondo. Jimena contuvo el aliento cuando Óscar besó a su mujer con hambre, sus bocas chocando como si el mundo se acabara. El sonido de los labios húmedos, los gemidos ahogados, llenó la sala. Marco soltó una risa baja, ronca.

"Mira nomás a estos pendejos, siempre en su drama, pero qué bien se ven besándose, ¿verdad, mi reina?"
Su voz era como terciopelo áspero, y Jimena sintió un calor subirle por las piernas.

Sí, cabrón, y tú me vas a besar así ahorita, se dijo ella en silencio, girando el rostro para mirarlo. Sus labios se encontraron a mitad del beso en pantalla, suaves al principio, explorando con la punta de la lengua el sabor salado de su boca. Marco la atrajo más cerca, su mano grande cubriendo su nalga por encima del short de algodón fino. El roce era eléctrico, la tela delgada no ocultaba el endurecimiento que crecía contra su muslo. Afuera, una brisa tibia mecía las cortinas, trayendo olor a tierra húmeda después de la lluvia vespertina.

La novela seguía, pero ya nadie prestaba atención real. Jimena jadeó cuando Marco deslizó los dedos bajo su blusa, rozando el encaje de su bra, los pezones endureciéndose al instante bajo su pulgar. Qué rico se siente su toque, como si me encendiera por dentro. Ella arqueó la espalda, presionando contra él, oyendo el latido acelerado de su corazón bajo la playera ajustada. Sus besos se volvieron urgentes, mordisqueos en el cuello que dejaban rastros húmedos, el sabor de su piel salobre en la lengua de ella.

Marco la levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo la camisa.

"Vamos a mi cuarto, mi amor, que esta pasión de Gavilanes me tiene encendido como tea."
Jimena rio bajito, envolviendo las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su verga presionando justo donde lo necesitaba. Caminaron por el pasillo iluminado por luces tenues, el piso de loseta fría bajo los pies descalzos de él contrastando con el calor de sus cuerpos pegados. El cuarto olía a sándalo de la vela que siempre prendía, y la cama king size los esperaba con sábanas de satén fresco.

La dejó caer suave, pero con esa mirada de depredador juguetón. Jimena se quitó la blusa despacio, provocándolo, dejando que viera sus tetas llenas, los pezones oscuros erguidos como invitación. Marco gruñó, quitándose la ropa con prisa, su pecho ancho cubierto de vello negro, el abdomen marcado por horas en el gym improvisado del rancho. Dios mío, qué chingón está este vato, pensó ella, lamiéndose los labios al ver su verga tiesa, gruesa, venosa, apuntando hacia ella como flecha.

Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, el aliento caliente haciendo que su concha palpitara. Jimena olió su propia excitación, ese almizcle dulce que lo volvía loco.

"Estás mojada toda, mi chula, neta que hueles a pecado."
Su lengua trazó un camino lento desde la rodilla hasta el borde del short, mordiendo la tela antes de bajarlo de un jalón. Desnuda, expuesta, ella tembló cuando él separó sus labios con los dedos, soplando suave antes de lamerla de abajo arriba. El sabor ácido de su jugo en su boca, el sonido chupante de su lengua devorándola, la hicieron gemir alto. Sus chupadas eran precisas, círculos en el clítoris hinchado, succiones que la hacían arquearse.

Jimena enredó los dedos en su pelo revuelto, tirando suave. No pares, cabrón, dame más. Marco metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su boca no dejaba de mamarle el botón. El cuarto se llenaba de sus jadeos, el slap húmedo de sus movimientos, el crujir de la cama bajo su peso. Ella sintió la tensión crecer, como ola en el mar de Manzanillo, hasta que explotó en un orgasmo que la dejó temblando, chorros calientes mojando la sábana.

Pero no era suficiente. Jimena lo empujó boca arriba, montándolo a horcajadas. Su verga brillaba con pre-semen, y ella la tomó en mano, sintiendo el pulso caliente, la piel suave sobre acero.

"Ahora te voy a cabalgar como yegua salvaje, mi rey."
Se la frotó en la entrada, lubricándola con sus jugos, antes de bajar despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirla estirarla delicioso. Marco maldijo bajito, "¡Puta madre, qué prieta estás!" Sus caderas se movieron al unísono, ella rebotando arriba, tetas saltando, él embistiéndola desde abajo con fuerza controlada.

El sudor les perlaba la piel, goteando entre sus pechos, el olor almizclado mezclándose con el sándalo. Jimena clavó las uñas en su pecho, dejando marcas rojas, mientras él pellizcaba sus nalgas, guiándola más rápido. Los sonidos eran obscenos: piel contra piel, chapoteo de su unión, gemidos roncos que resonaban en las paredes. Siento cada vena de su verga rozándome por dentro, llenándome completa. La tensión volvía a subir, más intensa, sus respiraciones sincronizadas como tambores.

Marco la volteó sin salir, poniéndola a cuatro patas, su pecho contra su espalda. Entró profundo, golpeando ese ángulo que la volvía loca, una mano en su clítoris, la otra jalándole el pelo suave.

"Ven conmigo, mi vida, córrete en mi verga."
Jimena gritó su nombre, el placer rompiéndola en oleadas, contrayéndose alrededor de él hasta que Marco rugió, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava dulce. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados.

Minutos después, con la novela ya terminada en el fondo —olvidada Pasión de Gavilanes capítulo 135—, Marco la besó en la frente, su mano acariciando su vientre suave. Jimena sonrió, sintiendo el semen escurrir lento entre sus piernas, un recordatorio cálido. Esto es lo que necesitaba, este vato es mi todo. Afuera, los grillos seguían cantando, la brisa refrescando sus pieles. Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con el corazón latiendo al mismo ritmo, sabiendo que mañanas como esta harían cualquier drama de novela parecer chiquito.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.