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Pasion de Gavilanes Capitulos Completos de Fuego Carnal

7250 palabras

Pasion de Gavilanes Capitulos Completos de Fuego Carnal

Me recosté en la cama king size de nuestra hacienda en las afueras de Guadalajara, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a sábanas frescas de lavanda invadiendo la habitación. Era una noche de esas calurosas de verano mexicano, donde el sudor se pega a la piel como una promesa de algo más intenso. Tenía mi laptop en las piernas, reproduciendo Pasion de Gavilanes capitulos completos, esa telenovela que me tenía enganchada desde chica. Los hermanos Reyes, con sus camisas abiertas y miradas de puro fuego, seduciendo a las Elizondo en medio de venganzas y pasiones desbordadas. Cada escena me aceleraba el pulso, me hacía apretar los muslos sin darme cuenta.

¿Por qué carajos me prende tanto esta novela? Es como si Óscar y Franco me susurraran al oído, prometiendo tocarme donde nadie más llega.
Pensé, mientras sorbía un trago de mi margarita helada, el limón picante en la lengua mezclándose con la sal. Mi marido, Javier, estaba en el rancho atendiendo unos asuntos, pero sabía que volvería pronto. Llevábamos diez años casados, pero esa chispa nunca se apagaba. Él era mi Gavilán personal, alto, moreno, con manos callosas de trabajar la tierra y una sonrisa que me derretía los panties.

La pantalla mostraba una escena donde Óscar besa a Jimena contra un árbol, sus cuerpos chocando con urgencia. Mi mano bajó instintivamente por mi blusa de tirantes, rozando el pezón endurecido. El sonido de sus jadeos en los altavoces retumbaba en mi pecho, y el calor entre mis piernas crecía como un incendio en la sierra. Chingado, necesitaba más que ficción. Cerré los ojos un segundo, imaginando a Javier entrando por la puerta, viéndome así de cachonda.

De repente, la puerta crujió. Abrí los ojos y ahí estaba él, quitándose la camisa sudada, el pecho reluciente bajo la luz ámbar de la lámpara. Olía a tierra húmeda, a caballo y a hombre puro. Sus ojos se clavaron en la pantalla y luego en mí, con esa media sonrisa pícara.

Mamacita, ¿otra vez con Pasion de Gavilanes capitulos completos? ¿Ya te pusieron caliente los Reyes? —dijo con voz ronca, avanzando despacio, como un depredador en su territorio.

Me mordí el labio, el corazón latiéndome en la garganta.

—Sí, carnal. Esos cabrones saben cómo encender a una mujer. Pero tú eres mejor que ellos —respondí, mi voz temblando de anticipación.

Acto primero: la tensión inicial. Javier se acercó a la cama, su sombra cubriéndome. Se inclinó y me quitó la laptop con cuidado, pausando la novela en el beso más ardiente. El silencio de la habitación se llenó con nuestra respiración pesada. Sus dedos ásperos rozaron mi muslo desnudo, subiendo lento por la piel sensible del interior. Sentí el roce como electricidad, un cosquilleo que me erizó la piel entera. Olía su colonia mezclada con sudor fresco, ese aroma que me volvía loca.

—Déjame mostrarte mi versión de esos capítulos —murmuró, su aliento caliente en mi cuello.

Me incorporé a gatas, besándolo con hambre. Nuestras lenguas se enredaron, saboreando el tequila en su boca y el dulzor de mi gloss de fresa. Sus manos grandes me amasaron las nalgas por encima del short de algodón, apretando justo donde dolía de ganas. Gemí bajito, el sonido ahogado contra su boca. Él se rio, un ronroneo grave que vibró en mi pecho.

Nos desvestimos sin prisa, saboreando cada revelación. Su verga ya dura se liberó de los jeans, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La toqué, suave al principio, sintiendo el calor que irradiaba, la piel sedosa sobre el acero debajo. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más.

Esto es real, no como esa novela. Su piel contra la mía, el peso de su cuerpo, el latido de su corazón acelerado pegado al mío.

Acto segundo: la escalada. Javier me tumbó boca arriba, besando mi cuello, lamiendo el hueco de la clavícula donde el sudor perlaba. Bajó por mis tetas, chupando un pezón con succiones lentas que me arquearon la espalda. El placer era un rayo directo a mi clítoris, hinchado y rogando atención. Sus manos exploraban, un dedo hundiéndose en mi concha empapada, girando adentro con maestría. El sonido chapoteante de mis jugos llenó el aire, obsceno y delicioso.

—Estás chorreando, mi reina. Tan mojada por mí —dijo, metiendo un segundo dedo, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

Jadeé, clavando las uñas en su espalda musculosa, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Lo empujé hacia abajo, ansiosa por su boca ahí. Él obedeció, su lengua plana lamiéndome desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga. Saboreó mis labios hinchados, chupando el néctar salado-dulce que brotaba. El olor almizclado de mi excitación nos envolvió, primitivo y adictivo. Gemí su nombre, las caderas moviéndose solas contra su cara barbuda, el roce de su barba en mis muslos una deliciosa aspereza.

Pero quería más. Lo jalé arriba, montándolo como una amazona. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente me arrancó un grito, placer puro. Cabalgamos lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el choque de su pubis contra mi clítoris. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, acelerando.

¡Qué chingón te sientes, Javier! Más duro, pendejo, dame todo —supliqué, perdida en la fricción.

Él volteó las posiciones, poniéndome a cuatro patas. Entró por atrás, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El sonido de carne contra carne era hipnótico, slap-slap-slap, mezclado con nuestros gemidos roncos. Sentía su verga engrosarse más, lista para explotar. Mi orgasmo se acercaba, una ola creciendo en mi vientre.

Es como los Gavilanes, pero nuestro. Pasión sin venganza, solo nosotros dos, fusionados en este fuego.

Acto tercero: la liberación. Javier me giró de nuevo, cara a cara, queriendo verme venir. Sus ojos oscuros clavados en los míos, intensos. Empujó con furia controlada, el ángulo perfecto para golpear mi G. Mi cuerpo tembló, el clímax rompiéndome en mil pedazos. Grité, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Caliente, su leche me inundó, chorro tras chorro, mezclándose con mis jugos y goteando por mis muslos.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel. El aire olía a sexo crudo, a nosotros. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón calmarse.

—Mejor que cualquier Pasion de Gavilanes capitulos completos, ¿verdad, corazón? —susurró, riendo bajito.

Sonreí contra su piel salada.

—Mil veces mejor. Tú eres mi capítulo eterno.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el zumbido del aire y nuestros suspiros como banda sonora perfecta. La novela seguía pausada en la laptop, olvidada. Habíamos escrito nuestra propia historia de pasión, carnal y eterna, bajo el cielo estrellado de Jalisco.

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