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Pasión de Gavilanes Capítulo 13 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 13 Fuego en la Sangre

La noche en la hacienda de los Reyes ardía con un calor que no solo venía del verano mexicano. Tú, Gabriela, estabas recostada en el amplio sillón de cuero de la sala, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila reposado en la mano. El aire olía a jazmín del jardín y a la tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Frente a ti, la pantalla del televisor iluminaba la penumbra, y ahí estaba Pasión de Gavilanes capítulo 13, esa telenovela que tanto te enganchaba con sus dramas de venganza y amores imposibles. Los hermanos Urracá, con sus camisas abiertas mostrando pechos morenos y sudorosos, te ponían la piel chinita cada vez.

Órale, qué chidos están estos gavilanes, pensaste, mientras el actor principal besaba a la protagonista con una pasión que te hacía apretar los muslos. Tu marido, Juan, entró en la sala trayendo otra ronda de tequilas. Era alto, moreno como los gavilanes de la tele, con manos callosas de trabajar en el rancho y una sonrisa pícara que te derretía. Llevaba solo unos bóxers ajustados que marcaban su paquete de manera descarada. "¿Ya te prendió el capítulo, mi reina?", te dijo con esa voz ronca, sentándose a tu lado y pasando el brazo por tus hombros. Su piel olía a jabón de lavanda y a hombre, ese aroma que te volvía loca.

El episodio avanzaba: los amantes se miraban con ojos llameantes, sus respiraciones agitadas llenando el silencio. Tú sentiste un cosquilleo en el estómago, bajando hasta tu panochita, que ya empezaba a humedecerse. Juan notó cómo te removías, y su mano grande bajó despacio por tu brazo, rozando la curva de tu seno bajo la blusa ligera de algodón. "Mira nomás cómo se comen con los ojos, igualito que nosotros anoche", murmuró en tu oído, su aliento cálido haciendo que se te erizaran los vellos de la nuca.

¿Y si les seguimos el ejemplo a estos gavilanes? Neta que me muero por sentirlo dentro de mí ya, pensaste, mordiéndote el labio.

Acto primero: la tensión inicial. Juan te jaló más cerca, su muslo duro presionando contra el tuyo. En la tele, la pareja discutía con palabras afiladas, pero sus cuerpos se atraían como imanes. Tú giraste la cara hacia él, vuestros labios a centímetros. "Juanito, este capítulo 13 me tiene bien caliente", le confesaste con voz temblorosa, tu mano posándose en su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la piel suave y cálida. Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en tu pecho. "Pos yo también, mamacita. ¿Quieres que apague la tele o lo dejamos de fondo pa' inspirarnos?"

No contestaste con palabras. En cambio, te subiste a horcajadas sobre él, tus rodillas hundiéndose en el cuero del sillón. El roce de tu falda corta subiendo por tus muslos desnudos creó un roce eléctrico. Sus manos agarraron tus caderas con fuerza posesiva pero tierna, amasando la carne suave. Olías su excitación, ese olor almizclado que salía de su entrepierna, mezclándose con el tequila en el aire. Tus pezones se endurecieron contra la tela delgada de tu blusa, y él los miró con hambre, lamiéndose los labios.

El beso empezó suave, labios rozándose como plumas, probando el sabor salado del sudor en su boca. Pero pronto se volvió feroz: lenguas enredándose, chupando, mordiendo. Gemiste contra su boca, el sonido ahogado por su lengua invasora. Tus caderas se movían solas, frotándote contra la dureza de su verga que ya palpitaba bajo los bóxers. "¡Ay, wey, qué dura la traes!", jadeaste, rompiendo el beso para morderle el lóbulo de la oreja. Él gruñó, una vibración profunda que te recorrió la espina dorsal.

Acto segundo: la escalada. Juan te quitó la blusa con un tirón experto, exponiendo tus senos llenos al aire fresco de la noche. El viento del ventilador los rozaba, haciendo que se arrugaran más. Bajó la cabeza y atrapó un pezón con su boca caliente, chupándolo con fuerza, lamiendo la areola con la lengua áspera. ¡Qué rico! Sentiste descargas de placer directo a tu clítoris, que latía pidiendo atención. Tus uñas se clavaron en su espalda, dejando surcos rojos en su piel bronceada.

"Desnúdate, pendejo", le ordenaste juguetona, bajándote de su regazo para pararte frente a él. Te quitaste la falda y las tanguitas de encaje rojo, quedando desnuda, tu piel reluciendo bajo la luz parpadeante de la tele. Él se levantó, los bóxers tentándote con la mancha húmeda en la punta. Los bajó de un jalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precúm. La miraste hipnotizada, el olor de su excitación invadiendo tus fosas nasales, terroso y salado.

Lo quiero en mi boca, saborearlo hasta que ruegue, pensaste, arrodillándote frente a él.

Agarraste su base con la mano, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada. Lamiste la punta, probando el sabor salobre, luego lo engulliste centímetro a centímetro, tu lengua girando alrededor del glande. Juan jadeó, sus manos enredándose en tu pelo. "¡Órale, Gabriela, qué chingona mamada me das!" Empujó las caderas, follándote la boca con cuidado, pero profundo. El sonido obsceno de succión y saliva llenaba la sala, mezclado con los gemidos de la telenovela de fondo.

No lo dejaste acabar. Te levantaste, empujándolo al sillón, y te montaste de nuevo. Rozaste tu panochita empapada contra su verga, lubricándola con tus jugos. Los dos temblabais, el sudor perlando vuestras frentes, goteando entre tus senos. "Métemela ya, cabrón, no aguanto más", suplicaste, guiando su punta a tu entrada. Él obedeció, embistiéndote de un golpe seco. ¡Ay, Dios! Te llenó por completo, estirándote deliciosamente, tocando ese punto dentro que te hacía ver estrellas.

Cabalgaste con furia, tus nalgas chocando contra sus muslos con palmadas rítmicas. El cuero crujía bajo vosotros, el aire cargado de olor a sexo: almizcle, sudor, panocha mojada. Juan te amasaba el culo, metiendo un dedo en tu ano para más placer, haciendo que contrajeras alrededor de su polla. "¡Más fuerte, mi amor, cógeme como en tus sueños!", gritó él, sus ojos clavados en los tuyos, llenos de amor y lujuria pura.

La tensión crecía como una tormenta: tus músculos temblando, su verga hinchándose más, tus paredes apretándolo. Cambiasteis de posición; él te puso a cuatro patas en el suelo mullido de alfombra, embistiéndote por detrás. Cada estocada era un trueno, su pelvis golpeando tu clítoris, sus bolas azotando tu piel sensible. Olías el jazmín mezclado con vuestro sudor, sentías el roce de su vello púbico en tu espalda, el calor de su pecho pegado al tuyo.

Acto tercero: la liberación. "¡Me vengo, Juan, no pares!", chillaste, el orgasmo explotando como fuegos artificiales. Tus jugos chorrearon por sus muslos, contrayéndote en espasmos que lo ordeñaban. Él rugió, hundido hasta el fondo, llenándote con chorros calientes de semen, su cuerpo convulsionando sobre el tuyo. Cayeron juntos al suelo, enredados, respiraciones jadeantes sincronizadas.

El episodio de Pasión de Gavilanes capítulo 13 acababa en la tele, con un beso eterno. Juan te besó la sien, su mano acariciando tu vientre suave. "Eres mi gavilana, Gabriela. Neta que contigo es puro fuego en la sangre". Tú sonreíste, saboreando el afterglow, el semen goteando lento por tus muslos, el cuerpo laxo y satisfecho. El aroma de sexo impregnaba todo, un recordatorio dulce de vuestra pasión.

Se quedaron así, abrazados en la quietud, el corazón latiendo al unísono. Mañana sería otro día en el rancho, pero esta noche, inspirados por esos gavilanes locos, habían escrito su propio capítulo de deseo eterno.

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