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Pasión de Historia Ana Lydia Vega

7136 palabras

Pasión de Historia Ana Lydia Vega

Me llamo Ana Lydia Vega, y desde chiquita he sentido esta pasión de historia que me quema por dentro como un mezcal añejo. En la Universidad Nacional en México, doy clases de historia colonial, y cada vez que hablo de las haciendas del siglo XVIII, se me eriza la piel. Neta, es como si reviviera esos tiempos con sus intrigas, sus amores prohibidos y esa tensión que flotaba en el aire cargado de jazmines y tabaco.

Esta vez, mi jefe me mandó a la Hacienda de los Ángeles, en las afueras de Querétaro, para investigar unos documentos viejos. Llegué al atardecer, con el sol pintando el cielo de rojo como sangre de toro. El lugar era un sueño: muros de cantera gruesos, patios con fuentes susurrantes y un olor a tierra húmeda mezclado con flores silvestres. Bajé del coche, mis tacones resonando en el empedrado, y sentí un cosquilleo en el estómago. Órale, Ana, no te pongas nerviosa, me dije, ajustándome la blusa blanca que se pegaba un poquito a mi piel por el calor.

Allí estaba él, Diego, el encargado de la hacienda. Un morro alto, de ojos negros como obsidiana y una sonrisa que prometía problemas. Vestía camisa de lino arremangada, mostrando brazos fuertes de tanto trabajar la tierra. “Bienvenida, licenciada Vega”, dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su palma era áspera, cálida, y al tocarla, un chispazo me recorrió el cuerpo. “Soy Ana Lydia, pero dime Ana nomás. Y tú eres el experto en estas ruinas, ¿verdad?”

Me guió por los pasillos, contándome anécdotas de los dueños antiguos. Su voz era como un ronroneo, y yo no podía dejar de mirarle la nuca bronceada, oliendo a jabón y sudor fresco. “Mira, aquí en este salón se dice que don Ignacio seducía a sus amantes bajo las velas”, señaló un tapiz raído. Me acerqué, rozando su brazo sin querer, y el calor de su piel me hizo tragar saliva.

Qué wey tan chingón, con esa pasión de historia que le sale por los poros. Igualita que la mía, Ana Lydia Vega
, pensé, sintiendo un calor bajito en el vientre.

La noche cayó rápido. Cenamos en el comedor grande: tacos de barbacoa jugosos, con salsa que picaba en la lengua, y pulque fresco que nos soltó la lengua. Hablamos horas, riéndonos de pendejadas, compartiendo esa pasión de historia Ana Lydia Vega que nos unía. Él me miró fijo: “Tú eres como esas mujeres de los archivos, Ana. Fuerte, con fuego adentro”. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, y no la quité. El pulso se me aceleró, el aire se llenó de su aroma masculino, a tierra y hombre.

Después, en mi habitación, no podía dormir. El viento traía susurros de las hojas, y yo me tocaba distraída, recordando su mirada. No mames, Ana, contrólate. Pero la puerta crujió, y ahí estaba Diego, con una vela en la mano. “No podía dormir pensando en ti”, murmuró. Me levanté de la cama, mi camisón de algodón fino pegándose a mis curvas por el sudor nocturno. Nos miramos, el silencio cargado de promesas.

Acto dos: la escalada. Se acercó lento, como en un ritual antiguo. Sus dedos rozaron mi mejilla, bajando por el cuello, enviando ondas de placer. “¿Quieres que pare?”, preguntó, voz ronca. “Ni madres, sigue”, susurré, jalándolo hacia mí. Nuestros labios se encontraron, su boca sabía a pulque dulce y deseo. Lo besé con hambre, mordiendo su labio inferior, mientras sus manos exploraban mi espalda, desatando el camisón.

Caímos en la cama de dosel, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Él besó mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a mis pechos. Sus labios chuparon mis pezones duros, tirando suave con los dientes, y yo gemí bajito, arqueándome. ¡Qué rico, wey! Su lengua es fuego puro. Olía a su excitación, ese musk terroso que me volvía loca. Mis uñas se clavaron en su espalda musculosa, sintiendo cada tendón tenso.

Le quité la camisa, besando su pecho velludo, saboreando la sal de su piel. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra bajo la tela. “Estás cañón, Diego”, le dije, masajeándola lento. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi concha húmeda. Me desvistió del todo, sus ojos devorándome: mis caderas anchas, mi panocha ya mojada brillando a la luz de la vela.

Me abrió las piernas con gentileza, besando el interior de mis muslos, el aliento caliente rozando mi clítoris. “Eres hermosa, Ana Lydia”, murmuró antes de lamer. Su lengua entró en mí, saboreando mis jugos dulces, chupando con maestría. Grité suave, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo como una ola.

Mi pasión de historia nunca fue tan intensa como esta noche con él
. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, mientras lamía mi botón. El mundo se redujo a su boca, mis gemidos, el slap húmedo de su lengua.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón, su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum. La tomé en la boca, saboreando su sabor salado-musgoso, chupando la cabeza mientras lo pajeaba. Él jadeaba, enredando dedos en mi pelo: “¡Qué chingona eres, Ana!”. Lo mamé profundo, garganta relajada, sintiendo su pulso en mi lengua. El olor de su sexo me embriagaba, mezclado con el jazmín del jardín.

La tensión crecía, insoportable. “Cógeme ya, pendejo”, le rogué, montándome encima. Su verga entró en mí de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. Era perfecto, estirándome delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, mis tetas rebotando. Él agarraba mis nalgas, guiándome, gimiendo “¡Neta, qué prieta tu concha!”.

Aceleramos, el catre crujiendo, sudor chorreando entre nosotros. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el olor a sexo puro. Cambiamos: él encima, embistiéndome fuerte, mis piernas en su cintura. Tocaba mi clítoris mientras me taladraba, y el orgasmo me golpeó como un rayo. Grité su nombre, mi concha contrayéndose, ordeñándolo. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Acto tres: el afterglow. Quedamos jadeantes, enredados en sábanas revueltas. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo contra mi pecho. Besos suaves, lenguas perezosas. “Eso fue épico, Ana Lydia Vega”, murmuró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, oliendo nuestro amor en la piel. Mi pasión de historia ahora incluye esta noche, grabada en mí como un pergamino antiguo.

Al amanecer, en el patio, tomamos café negro humeante, mirando el sol nacer. Hablamos de volver, de más investigaciones... y más noches. No era solo sexo; era conexión, como esas pasiones de antaño que leí en los libros. Diego me besó la mano: “Vuelve pronto, mi historiadora”. Y yo supe que sí, que esta pasión de historia Ana Lydia Vega acababa de ganar un capítulo inolvidable.

Me fui con el cuerpo adolorido pero feliz, el viento llevando el eco de sus gemidos. En el coche, toqué mis labios aún hinchados, sonriendo. Qué chido es amar la historia... y a un hombre que la vive conmigo.

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