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Pasion por Barrancas

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Pasion por Barrancas

Las barrancas se extendían ante mí como un laberinto de tierra roja y verde intenso, con el sol del mediodía bañando las rocas en un calor que hacía brillar el sudor en mi piel. Yo, Ana, siempre había tenido esa pasión por barrancas, un amor casi obsesivo por esos cañones profundos del norte de México, donde el viento silba entre las grietas y el aroma a tierra húmeda se mezcla con el perfume salvaje de los magueyes. Venía de la ciudad, huyendo del ajetreo, buscando esa conexión primal con la naturaleza que me hacía sentir viva, vibrante, lista para cualquier aventura.

Estaba descendiendo por un sendero empinado cuando lo vi. Javier, un moreno alto y fornido, con ojos negros como el fondo de las barrancas y una sonrisa pícara que prometía secretos. Llevaba una mochila ligera y botas gastadas, como si hubiera nacido en esas tierras. Órale, qué chido tipo, pensé, mientras mi corazón latía un poco más rápido que el ritmo de mis pasos. Él se acercó, ofreciéndome agua de su cantimplora.

Neta, güerita, no bajes sola por aquí. Estas barrancas te tragan si no las conoces bien, dijo con esa voz ronca, cargada de acento norteño.

Su mano rozó la mía al pasarme la botella, y sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi brazo. El agua estaba fresca, con un leve sabor a metal y tierra, y la bebí despacio, mirándolo fijamente. Olía a sol y a sudor limpio, a hombre que trabaja con las manos. Acepté su compañía, y juntos seguimos el camino, charlando de todo y nada. Me contó de su vida en las rancherías cercanas, de cómo las barrancas eran su hogar, su amante caprichosa.

El sol caía a plomo, y el aire se llenaba del zumbido de las abejas y el eco distante de un arroyo. Mis piernas ardían por el esfuerzo, pero cada paso me acercaba más a él. Javier señalaba formaciones rocosas, contándome leyendas tarahumaras de amores imposibles entre humanos y espíritus de la tierra. Yo reía, sintiendo cómo mi cuerpo respondía a su proximidad: el roce accidental de su brazo contra mi hombro, el calor que emanaba de su piel morena.

¿Por qué carajos me pongo así? Es solo un wey guapo en medio de la nada, me dije, pero la verdad era que esa pasión por barrancas se estaba transformando en algo más carnal, más urgente. Paramos en una meseta con vista al cañón infinito, donde el viento jugaba con mi cabello y levantaba mi falda ligera, revelando la curva de mis muslos. Él tragó saliva, sus ojos recorriéndome sin disimulo.

Estas vistas son lo máximo, ¿verdad? Pero tú... tú las haces aún más chingonas, murmuró, acercándose. Su aliento cálido rozó mi oreja, y el olor de su piel —mezcla de sal, tierra y un leve almizcle masculino— me invadió los sentidos.

El primer beso fue como una avalancha: sus labios firmes, ásperos por el viento seco, presionando los míos con hambre contenida. Sabían a agua fresca y a deseo puro. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su cabello negro y revuelto, mientras su lengua exploraba mi boca con maestría, suave pero insistente. Gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo se encendía, el calor entre mis piernas creciendo como un fuego en las secas barrancas.

Nos dejamos caer sobre una manta que él sacó de su mochila, el suelo duro pero cubierto de arena fina que se pegaba a nuestra piel sudada. Sus manos grandes y callosas recorrieron mis brazos, bajando por mi espalda, desatando el nudo de mi blusa. El aire fresco de la altura contrastaba con el ardor de sus palmas contra mis pechos desnudos. Mis pezones se endurecieron al instante bajo su mirada hambrienta, y él los lamió despacio, su lengua caliente y húmeda trazando círculos que me hicieron arquear la espalda.

¡Qué ricos, Ana! Neta, me tienes loco, gruñó contra mi piel, su voz vibrando en mi carne.

Yo respondí quitándole la camisa, revelando un torso esculpido por el trabajo rudo, cubierto de un vello oscuro que olía a sol y esfuerzo. Mis uñas arañaron suavemente su pecho, bajando hasta el borde de sus pantalones. Sentí su verga dura presionando contra mi muslo, gruesa y palpitante, y un jadeo escapó de mis labios. Chingao, qué tamaño, se ve que sabe usarla, pensé, mientras mis dedos la liberaban, acariciándola con lentitud tortuosa. Era suave como terciopelo sobre acero, y pre-semen salado mojó mi palma.

La tensión crecía con cada roce, cada suspiro. El viento aullaba alrededor, como testigo de nuestra entrega, y el sol teñía todo de oro rojizo. Javier me quitó la falda y las panties con urgencia gentil, sus dedos encontrando mi concha ya empapada, resbaladiza de jugos. Jadeé cuando introdujo dos dedos, curvándolos justo donde dolía de placer, mientras su pulgar masajeaba mi clítoris hinchado. El sonido húmedo de mis fluidos llenaba el aire, mezclado con mis gemidos y su respiración agitada.

Estás chorreando, mi reina. ¿Quieres que te coja ya? —preguntó, sus ojos negros fijos en los míos, pidiendo permiso con esa mirada intensa.

Sí, pendejo, cógeme duro. Quiero sentirte hasta el fondo, respondí, mi voz ronca de necesidad.

Se posicionó entre mis piernas abiertas, el glande grueso rozando mi entrada, untándose en mis mieles. Entró despacio al principio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro, hasta que sus bolas peludas chocaron contra mi culo. El placer fue cegador: su verga llenándome por completo, pulsando dentro de mí, mientras yo clavaba las uñas en su espalda. Empezó a moverse, primero lento, profundo, saliendo casi todo para volver a hundirse, haciendo que mis paredes internas se contrajeran a su alrededor.

El ritmo aumentó, sus caderas golpeando las mías con un plaf plaf rítmico, sudor goteando de su frente a mi pecho. Yo envolví mis piernas en su cintura, urgiéndolo más adentro, mis tetas rebotando con cada embestida. El olor a sexo crudo —sudor, fluidos, tierra— nos envolvía, y el sabor de su cuello salado en mi lengua me volvía loca.

Esto es el paraíso, justo aquí en las barrancas, con este carnal que me folla como diosa
, pensé en medio del éxtasis.

Sus manos amasaban mi culo, levantándome para penetrarme en ángulos nuevos, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre cuando el orgasmo empezó a construirse, una ola imparable desde mi vientre. Él gruñó, acelerando, su verga hinchándose aún más dentro de mí.

Vente conmigo, Ana, apriétame —ordenó, y obedecí, mi concha convulsionando alrededor de él, ordeñándolo mientras eyaculaba chorros calientes y espesos, llenándome hasta rebosar. El placer explotó en mí, un temblor que me dejó sin aliento, piernas flojas y piel erizada.

Nos quedamos unidos un rato largo, respiraciones entrecortadas sincronizándose con el viento. Javier se salió despacio, su semen mezclado con mis jugos goteando por mis muslos, cálido y pegajoso. Me besó suave, lamiendo el sudor de mi cuello, mientras el sol bajaba tiñendo las barrancas de púrpura y naranja.

Eres increíble, güerita. Esta pasión por barrancas ahora es nuestra, susurró, abrazándome contra su pecho aún palpitante.

Me acurruqué en él, el cuerpo lánguido y satisfecho, oliendo a nosotros mismos. Las barrancas seguían allí, eternas e imponentes, pero ahora guardaban nuestro secreto, un recuerdo grabado en la tierra roja. Regresamos al sendero al atardecer, caminando de la mano, con promesas de más encuentros. Esa pasión por barrancas había renacido, más ardiente, más viva, y yo sabía que volvería, no solo por los cañones, sino por él.

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