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Pasión de Gavilanes y Fuego en la Sangre

7411 palabras

Pasión de Gavilanes y Fuego en la Sangre

La hacienda Los Reyes se extendía bajo el cielo estrellado de Jalisco como un manto de tierra fértil y promesas ocultas. El aroma a tierra mojada por la lluvia reciente se mezclaba con el humo de las fogatas y el dulzor del tequila reposado que corrían por las mesas de la fiesta patronal. Yo, Gabriela, con mi vestido rojo ceñido que acentuaba cada curva de mi cuerpo moreno, caminaba entre la gente sintiendo las miradas clavadas en mí como flechas calientes. Hacía calor, pero no era solo el verano; era esa tiricia en el pecho que me avivaba cada vez que lo veía.

Alejandro Reyes, el dueño de la hacienda vecina, estaba allí, recargado en la barda de adobe, con su camisa blanca abierta hasta el pecho mostrando el vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Sus ojos negros, profundos como pozos de petróleo, me buscaron entre la multitud.

"Míralo, Gabriela, ese chulo te come con la mirada. ¿Vas a dejar que te escape otra vez?"
me dije a mí misma mientras el mariachi tocaba una ranchera ardiente, con trompetas que retumbaban en mi piel como latidos acelerados.

Nos conocíamos desde niños, pero ahora éramos adultos en llamas. Él, con treinta años bien puestos, viudo reciente, cargaba esa tristeza sexy que hacía que las mujeres de por aquí se derritieran. Yo, soltera por elección, administraba la hacienda de mi familia con mano firme, pero en las noches soñaba con sus manos en mí. La rivalidad entre nuestras tierras por un viejo pleito de agua era solo pretexto; lo que ardía era otra cosa. Me acerqué con una sonrisa pícara, mi cadera balanceándose al ritmo de "Cielito Lindo".

—Órale, Gabriela, ¿ya te cansaste de esquivarme? —me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, extendiendo una mano callosa hacia mí.

—No seas pendejo, Alejandro. Solo espero que valga la pena —respondí, dejando que me jalara al centro de la pista. Sus dedos en mi cintura enviaron chispas por mi espina dorsal. El sudor de su cuello brillaba bajo las luces de faroles, y olía a hombre puro: cuero, tabaco y algo salvaje que me hacía mojarme entre las piernas.

Bailemos pegaditos, cuerpos rozándose en cada giro. Su aliento caliente en mi oreja, su verga endureciéndose contra mi vientre. Qué rico se siente, pensé, mientras el mundo se reducía a su calor. La fiesta seguía, risas y copas chocando, pero nosotros ya estábamos en otro plano.

La tensión creció como tormenta en el horizonte. Después de tres tequilas, me llevó a los establos, lejos de las miradas curiosas. El olor a heno fresco y caballos nos envolvió, mezclado con nuestro sudor. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, lenguas danzando como serpientes en celo. Sabía a tequila y sal, su barba raspándome la piel suave de la mejilla.

—Gabriela, desde que te vi hoy, tengo fuego en la sangre —murmuró contra mi boca, sus manos subiendo por mis muslos bajo el vestido. Yo gemí bajito, arqueándome contra él.

"Esto es nuestra pasión de gavilanes, libre y ardiente, sin cadenas"
, pensé, recordando esas telenovelas que veíamos de chicas, pero ahora era real, cruda, nuestra.

Lo empujé contra una pila de heno, desabotonando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho ancho, pectorales firmes bajo mis palmas, el corazón galopando como caballo desbocado. Lamí su piel salada, bajando hasta su ombligo, inhalando su aroma masculino que me volvía loca. Él gruñó, manos en mi pelo, jalándome suave para que lo mirara.

Mamacita, si sigues así, no respondo —dijo con ojos en llamas.

—Pues no respondas, cabrón. Tómalo —le contesté, mordiéndome el labio, quitándome el vestido de un tirón. Quedé en brasier negro y tanga, mi piel olivácea brillando a la luz de la luna que se colaba por las rendijas. Él se arrodilló, besando mi vientre, bajando lento, torturándome con su aliento en mi monte de Venus.

Sus dedos apartaron la tela, encontrando mi humedad. Qué chingón se siente, jadeé en silencio mientras introducía un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi coño chupando sus dedos, mis gemidos ahogados contra su hombro. Olía a sexo incipiente, a deseo puro mexicano, tierra y pasión.

Lo puse de pie, desabroché su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza reluciente de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi puño. Es enorme, perfecta para mí, pensé, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y amarga. Él jadeó, caderas empujando suave, "¡Ay, wey, qué rico tu boca!"

Pero quería más. Lo monté allí mismo, en el heno que pinchaba delicioso mi piel. Su verga abriéndose paso en mí, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Dios mío! Grité bajito, mis paredes apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena frotando mi interior. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras, enviando descargas a mi clítoris.

El ritmo aceleró. Sonidos de carne contra carne, slap slap slap, mezclados con nuestros jadeos y el relincho lejano de un caballo. Sudor resbalando entre mis pechos, goteando en su pecho. Olía a nosotros, a sexo crudo, a jazmín marchito y heno molido.

"Esta es nuestra pasión de gavilanes, volando alto, y el fuego en la sangre que nos quema vivos"
, me repetí, mientras él me volteaba, poniéndome de rodillas.

Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. Agarrándome las caderas, embistiendo fuerte, como toro en celo. "¡Más, Alejandro, chíngame duro!" le supliqué, y él obedeció, una mano bajando a frotar mi botón hinchado. La tensión crecía, espiral infinita, mis muslos temblando, vientre contrayéndose.

El clímax nos golpeó como rayo. Yo primero, explotando en oleadas, coño convulsionando alrededor de su verga, gritando su nombre al cielo estrellado. ¡Qué chido, qué pedo tan bueno! Él siguió, gruñendo como fiera, llenándome con chorros calientes que se sentían como lava en mis entrañas. Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

Quedamos tendidos en el heno, su brazo alrededor de mi cintura, dedos trazando círculos perezosos en mi piel. El aire nocturno refrescaba nuestro sudor, trayendo olor a eucalipto del rancho. Besó mi sien, suave ahora, tierno.

—Gabriela, esto no fue solo un revolcón. Es como esas novelas, pasión de gavilanes y fuego en la sangre, pero real. ¿Quieres más? —preguntó, voz ronca aún.

Sonreí, girándome para besarlo lento, saboreando nuestros jugos en sus labios.

"Sí, mi amor. Esto apenas empieza. Nuestra sangre arde, y volaremos juntos"
.

La fiesta seguía a lo lejos, mariachis cantando de amores imposibles, pero nosotros habíamos encontrado el nuestro. En esa hacienda, bajo las estrellas de Jalisco, el deseo se convirtió en promesa. Mañana negociaríamos el agua de las tierras, pero esta noche, éramos uno solo, saciados, con el fuego latiendo bajo la piel, listo para encenderse de nuevo.

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