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Cañaveral de Pasiones Capítulo 65 Fuego en las Venas

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Cañaveral de Pasiones Capítulo 65 Fuego en las Venas

El sol se hundía en el horizonte como una bola de fuego, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se filtraban entre las altas cañas del cañaveral. Ana caminaba despacio por el sendero angosto, el aire cálido y húmedo pegándose a su piel morena como una caricia prohibida. Olía a tierra mojada, a caña madura y a ese dulzor terroso que solo los campos veracruzanos regalaban al atardecer. Sus sandalias se hundían un poquito en el barro suave, y cada paso hacía crujir las hojas secas bajo sus pies. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado que se adhería a sus curvas con el sudor del día, marcando el contorno de sus pechos llenos y sus caderas anchas.

¿Cuánto tiempo más voy a aguantar esta hambre, wey? pensó Ana, mientras su mente volaba a recuerdos que la ponían caliente. Javier, su amor de toda la vida, el capataz del ingenio con esos ojos negros que prometían pecados. Habían crecido juntos en este mismo cañaveral, jugando entre las cañas como chamacos, pero ahora, adultos, cada encuentro era puro fuego. Capítulo 65 de su cañaveral de pasiones, como ella lo llamaba en secreto, contando cada vez que se perdían en la espesura para devorarse mutuamente.

De repente, un susurro cortó el viento:

“Ana, mi reina, ¿ya llegaste?”
La voz grave de Javier la erizó la piel. Se giró y ahí estaba, saliendo de entre las cañas como un jaguar, camisa abierta dejando ver su pecho velludo y bronceado, pantalón de trabajo ajustado que no disimulaba lo que ya se le paraba solo de verla. Alto, fuerte, con esa sonrisa pícara que decía “te voy a chingar hasta que grites”.

—Órale, Javier, me asustaste, pendejo —rió ella, pero su voz salió ronca, cargada de deseo. Se acercó, el corazón latiéndole como tambor en el pecho. Él la tomó de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Olía a sudor limpio, a tabaco y a hombre de campo. Sus labios se rozaron primero, suaves, tentadores, y luego se fundieron en un beso hondo, lenguas danzando con sabor a café y miel de caña.

Acto primero: la chispa. Sus manos exploraban con urgencia contenida. Javier deslizó las suyas por la espalda de Ana, bajando hasta apretar sus nalgas firmes. Ella gimió bajito, sintiendo cómo su verga se endurecía contra su vientre. Neta, este wey me vuelve loca, pensó, mientras el viento mecía las cañas a su alrededor, creando un muro verde y privado. El sol poniente pintaba sus cuerpos de oro, y el aire se llenaba del zumbido de grillos y el lejano ladrido de perros en la hacienda.

Se separaron un segundo, jadeantes. —Te extrañé todo el día, corazón —murmuró él, besándole el cuello, mordisqueando esa piel sensible que sabía a sal. Ana arqueó la espalda, sus pezones endureciéndose bajo la tela delgada. —Yo más, mi rey. En la cocina, pelando caña, no paraba de imaginarte adentro de mí.

La tensión crecía como la savia en las cañas. Javier la guió más adentro del cañaveral, donde las varas se cerraban como cortinas. Se sentaron en un claro mullido de hojas secas, el suelo cálido aún del sol. Él le quitó el vestido con delicadeza, revelando sus tetas perfectas, oscuras y pesadas.

“Qué chulas estás, Ana. Eres mi diosa cañera”
, dijo, tomándolas en sus manos callosas, masajeándolas hasta que ella soltó un quejido placentero. El tacto áspero de sus palmas contrastaba con la suavidad de su piel, enviando chispas directo a su entrepierna.

Ana desabrochó su camisa, lamiendo su pecho, saboreando el sudor salado. Bajó más, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. Qué rica verga, tan grande y dura para mí. La tomó en la mano, acariciándola despacio, sintiendo el calor y el pulso acelerado. Javier gruñó, echando la cabeza atrás, mientras el aroma almizclado de su excitación llenaba el aire.

Acto segundo: la hoguera. Ella se arrodilló, el barro suave bajo sus rodillas, y lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada en el glande. ¡Qué delicia! Javier enredó los dedos en su pelo negro, guiándola con gentileza. —Sí, mi amor, chúpamela así, qué buena boca tienes. La succionó hondo, garganta relajada, gimiendo con cada embestida suave. El sonido húmedo de su boca se mezclaba con los susurros del viento y sus respiraciones agitadas.

Él no aguantó mucho. La levantó, besándola con furia, y le quitó las bragas empapadas. Sus dedos encontraron su panocha calva y jugosa, resbaladiza de miel. —Estás chorreando, nena —rió, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Ana jadeó, clavando las uñas en sus hombros. Me va a matar de placer este cabrón. El olor a sexo crudo, a mujer excitada, se elevaba como niebla entre las cañas.

Se tumbaron, ella encima, montándolo como amazona. Su verga la llenó de un solo empujón, estirándola deliciosamente. —¡Ay, Javier, qué rico! —gritó, mientras cabalgaba, tetas rebotando, sudor goteando entre ellos. Él la sujetaba las caderas, embistiéndola desde abajo, piel contra piel chapoteando. El roce de las cañas contra sus cuerpos desnudos añadía un cosquilleo erótico, como miles de dedos invisibles.

Cambiaron posiciones, él atrás, doggy style en el suelo blando. Javier la penetraba profundo, una mano en su clítoris frotando en círculos, la otra tirando de su pelo. Ana empujaba hacia atrás, panocha apretándolo como guante.

“Dame más, amor, rómpeme”
, suplicó, voz entrecortada. Los gemidos subían de tono, eco en el cañaveral, mientras el cielo se oscurecía y las estrellas asomaban.

La intensidad escalaba. Sus cuerpos brillaban de sudor, músculos tensos, pulsos desbocados. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola ardiente en el vientre. Javier aceleró, gruñendo: —Me vengo, mi vida, contigo. Ella explotó primero, gritando su nombre, paredes internas convulsionando alrededor de él. Él la siguió, llenándola de leche caliente, chorros potentes que la hicieron estremecer de nuevo.

Acto tercero: las brasas. Colapsaron juntos, enredados, respiraciones calmándose. Javier la besó la frente, suave, protector. —Eres lo mejor de mi vida, Ana. Este cañaveral es testigo de nuestro amor. Ella sonrió, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún. El aire nocturno refrescaba sus pieles calientes, oliendo a sexo satisfecho y caña dulce. Capítulo 65 completado, pero vendrán más, mi cañaveral de pasiones, pensó, mientras las cañas susurraban promesas de encuentros futuros.

Se vistieron despacio, robándose besos, risas cómplices. Caminaron de vuelta a la hacienda, manos entrelazadas, el mundo entero vibrando con su secreto compartido. Mañana sería otro día de trabajo, pero esta noche, en sus venas corría fuego eterno.

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