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La Pasión Turca Película Completa En Mi Piel

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La Pasión Turca Película Completa En Mi Piel

Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como un mosquito cabrón y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, soltera pero no santa, me tiré en el sillón con mi laptop, buscando algo que me sacara del pedo del trabajo. Órale, pensé, ¿qué chingados ver? Recordé un rumor de una amiga: la pasión turca película completa. Dijeron que era puro fuego, una historia de deseo que te deja mojadita. Busqué en Google y ¡pum! Ahí estaba, descargable en un dos por tres.

Le di play, y de chonce la pantalla se llenó de arena dorada, mares turquesas y una morra española con ojos de gata en celo. El tipo, un turco fornido con barba espesa y mirada de lobo, la mira como si ya se la estuviera comiendo. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos.

¡Carajo, qué rico se ve eso! ¿Y si yo tuviera un hombre así?
Me acomodé, abrí las piernas un poquito, el aire fresco rozando mi shortcito de algodón. El sonido de las olas chocando, la música árabe subiendo el volumen, me pusieron la piel de gallina.

Pero el deseo no espera. Mandé un Whats al Chuy, mi ex que nunca dejó de ser mi amiguito con derechos. "Ven, pendejo, tengo algo que te va a poner como toro". Llegó en media hora, oliendo a colonia barata y sudor fresco, con esa sonrisa de chulo que me deshace. "Qué onda, nena, ¿qué traes?", dijo mientras se quitaba la playera, mostrando su pecho moreno y velludo, marcado por el gym.

"Siéntate, cabrón, y mira esto", le ordené, jalándolo al sillón. Reinicié la pasión turca película completa. Sus ojos se clavaron en la pantalla mientras la pareja se besaba con hambre, lenguas enredadas como serpientes. Sentí su mano en mi muslo, subiendo despacito, el calor de sus dedos callosos contra mi piel suave. Qué chido, olía a él, a hombre de verdad, mezclado con el aroma de mi crema de coco.

En la peli, el turco la desnuda bajo la luna, besos en el cuello que la hacen gemir. Chuy me voltea a ver, sus pupilas dilatadas. "Ana, esto me está poniendo durísimo", susurra, su aliento caliente en mi oreja. Yo me río bajito, coqueta, y le digo: "Pues hazme lo mismo, mi turco mexicano".

Acto dos, la cosa se pone intensa. Apagué la tele a medias, porque ya no necesitábamos guía. Lo empujé contra el sillón, montándome a horcajadas sobre él. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretando con fuerza que dolía rico. "¡Ay, Chuy, qué gusto tienes, pendejo!", gemí mientras le mordía el labio inferior, saboreando su sal. Él gruñe, un sonido gutural que vibra en mi pecho, y me quita la blusa de un jalón. Mis tetas saltan libres, pezones duros como piedras, rozando su torso peludo. El roce es eléctrico, como chispas en la piel.

Me besa el cuello, chupando suave al principio, luego más fuerte, dejando marcas que mañana me recordarán esta noche. Bajo la mano, siento su verga tiesa bajo el pantalón, palpitando como un corazón salvaje. La libero, gruesa y venosa, con ese olor almizclado que me enloquece.

¡Madre mía, qué pedazo de cosa! Justo lo que necesito para apagar este fuego.
La acaricio despacio, sintiendo cada vena, el calor que emana. Él jadea, "Ana, no mames, me vas a matar", y mete los dedos en mi calzón, encontrándome empapada. "Estás chorreando, mi reina", dice con voz ronca.

Nos movemos al piso, alfombra persa que huele a incienso viejo. Yo arriba, guiándolo dentro de mí. Lentito, centímetro a centímetro, el estirón delicioso me hace arquear la espalda. Siento cada pulgada, llenándome hasta el fondo, su pubis raspando mi clítoris. Empiezo a moverme, vaivén hipnótico, el sudor nos une, resbaloso y pegajoso. Sus manos en mis caderas marcan el ritmo, más rápido, más hondo. Gimo alto, sin pena, el sonido rebotando en las paredes. Él lame mis tetas, succionando un pezón mientras pellizca el otro, dolor y placer mezclados en una ola que sube por mi espina.

El cuarto se llena de nuestros olores: sexo puro, sudor salado, mi esencia dulce. Afuera, un perro ladra, pero no importa, estamos en nuestro mundo. Cambio de posición, él me pone a cuatro patas, como animales en celo. Entra de nuevo, fuerte, el choque de carne contra carne como palmadas rítmicas. ¡Qué rico el golpe! Agarra mi pelo, jalando suave, arqueándome más. "Dime que te gusta, putita rica", murmura, y yo respondo: "¡Sí, cabrón, fóllame como en la peli!". Cada embestida me lleva al borde, mi vientre se contrae, el placer acumulándose como tormenta.

Pero no soltamos todavía. Nos volteamos, misionero intenso, caras cerca, respiraciones entrecortadas. Lo beso con furia, lenguas bailando, saboreando su boca que sabe a cerveza y deseo. Sus ojos, oscuros como noche mexicana, me miran fijo.

En este momento, es mío, todo mío. No hay ex, solo nosotros.
Acelera, gruñendo mi nombre, "Ana, Ana", y yo clavo las uñas en su espalda, dejando surcos rojos. El clímax llega como avalancha: yo primero, explotando en espasmos que me sacuden entera, gritando sí sí sí, jugos chorreando por mis muslos. Él sigue dos estocadas más y se corre dentro, caliente, llenándome con pulsos que siento en las entrañas.

Colapsamos, jadeantes, pieles pegadas en sudor. El ventilador nos refresca, trayendo olor a lluvia lejana. Chuy me abraza, besándome la frente. "Eso fue mejor que cualquier película, nena". Yo sonrío, exhausta pero plena, el cuerpo zumbando en afterglow. La pasión turca película completa quedó grabada en mi piel, no en la pantalla. Mañana quizás la veamos de nuevo, pero nada supera lo nuestro.

Nos quedamos así, enredados, hasta que el sueño nos venció. En mi mente, la arena turca se mezcló con las calles de México, y supe que esto era solo el principio de más noches así, puras, calientes, de a de veras.

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