Amor Deseo y Pasion Desbordante
La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a jazmines en flor, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la playa. Yo, Ana, acababa de llegar de un largo día en la oficina, pero el ambiente de la fiesta en la terraza del hotel me jaló como imán. Vestida con un huipil ligero que dejaba ver mis curvas morenas, me serví un ron con cola y me recargué en la barandilla, mirando las luces del malecón. Ahí lo vi: Diego, alto, con esa piel bronceada de quien pasa el día en el mar, ojos negros que brillaban como estrellas y una sonrisa pícara que prometía travesuras.
Órale, qué chulo está este wey, pensé, mientras él se acercaba con dos chelas en la mano. Me ofreció una, y su voz ronca, con ese acento tapatío juguetón, me erizó la piel.
—
¿Qué hace una morra tan guapa sola aquí? ¿No te da miedo que te roben el corazón?—dijo, guiñándome el ojo.
Reí, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago. Hablamos de todo: de las fiestas en Guadalajara, de cómo el tequila quema pero endulza, de sueños locos. Su mano rozó la mía al pasarme un cubo de hielo para el sudor en mi cuello, y juro que sentí chispas. Ese amor deseo y pasion empezó a encenderse como fogata en la playa, sutil pero incontrolable. Bailamos salsa pegaditos, sus caderas contra las mías, el sudor mezclándose, el ritmo de los tambores retumbando en mi pecho. Cada giro, cada mirada, avivaba la llama.
Al final de la canción, me susurró al oído:
Neta, Ana, desde que te vi, no puedo dejar de pensar en probar tus labios. ¿Me das chance?
Asentí, el corazón latiéndome a mil. Caminamos por la playa, descalzos en la arena tibia, el viento trayendo olor a coco y sal. Nos sentamos bajo las palmeras, y ahí vino el primer beso: suave al principio, como probar un mango maduro, luego feroz, lenguas enredándose con sabor a ron y promesas. Sus manos en mi cintura, fuertes pero tiernas, me apretaron contra él. Sentí su dureza presionando mi muslo, y un gemido se me escapó.
Esto es lo que necesitaba, carajo. Un hombre que despierte este fuego en mí.
La tensión crecía con cada caricia. Su boca bajó a mi cuello, mordisqueando suave, dejando huellas húmedas que olían a su colonia de sándalo. Le quité la camisa, revelando un pecho musculoso, velludo justo lo necesario, y lo besé ahí, saboreando el salado de su piel. Él gimió, un sonido grave que vibró en mi vientre.
—
Ven conmigo a mi cabaña, preciosa. Quiero comerte entera—murmuró, su aliento caliente en mi oreja.
No lo pensé dos veces. La cabaña era rústica, con hamaca y velas parpadeando, olor a madera y mar. Cerró la puerta, y el mundo se achicó a nosotros. Me desató el huipil despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Mis pechos se alzaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. Los tomó en sus manos, masajeándolos, chupándolos con devoción, lengua girando, dientes rozando lo justo para hacerme arquear.
Yo no me quedé atrás. Bajé su pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. La acaricié lento, sintiendo su calor, el pulso acelerado. Qué rica, wey, tan dura para mí. Se la metí a la boca, saboreándola salada, gimiendo mientras él enredaba sus dedos en mi pelo, guiándome con jadeos roncos.
—
¡Ay, mamacita, qué chingona eres! No pares...
La habitación se llenó de nuestros sonidos: lamidas húmedas, gemidos ahogados, el crujir de la cama cuando caímos en ella. Me recostó, abrió mis piernas con reverencia, y su lengua encontró mi centro. Lamió mi clítoris hinchado, succionando, metiendo dedos que curvaba justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor. Me retorcí, uñas clavadas en su espalda, el placer subiendo como ola gigante.
Pero quería más. Lo empujé, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, sus manos en mis nalgas guiándome. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando mi culo, el sudor chorreando entre nosotros. Aceleré, pechos rebotando, él mamándolos mientras yo gritaba:
¡Sí, Diego, así, cabrón! Dame todo tu amor deseo y pasion!
Él volteó las tornas, poniéndome de perrito, embistiéndome fuerte, profundo. Cada choque mandaba ondas de placer por mi espina, su vientre contra mi espalda, manos apretando mis caderas. Sentía su verga hincharse más, mis jugos chorreando por mis muslos. El clímax llegó como tsunami: yo primero, convulsionando, chillando su nombre, paredes apretándolo como puño. Él gruñó, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos derrumbamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. Me abrazó, besando mi frente, mi pelo revuelto oliendo a sexo y mar. Quedamos así, enredados en las sábanas revueltas, el sonido de las olas como arrullo.
Esto fue más que un revolcón. Fue ese amor deseo y pasion que te cambia la piel, que te hace sentir viva hasta los huesos.
Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, preparamos café en la cocina abierta, riendo de la noche loca. Él me miró con ojos tiernos:
¿Vienes a Guadalajara conmigo algún día? Quiero más de esto, Ana. Mucho más.
Sonreí, sabiendo que sí. La playa nos vio partir, tomados de la mano, con el eco de nuestra pasión latiendo aún en el aire salobre. No era el fin, solo el principio de algo ardiente, mexicano hasta la médula: puro fuego del alma.