Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Ingrid Navarro Abismo de Pasion Ingrid Navarro Abismo de Pasion

Ingrid Navarro Abismo de Pasion

7641 palabras

Ingrid Navarro Abismo de Pasion

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre las calles empedradas del centro histórico, pero dentro del café La Pasión Oculta, el aire estaba fresco, cargado de aroma a café de olla y pan dulce recién horneado. Ingrid Navarro, con su melena negra cayendo en ondas salvajes sobre los hombros, sorbía su latte mientras observaba la gente pasar. Tenía treinta y cinco años, piel morena como el chocolate amargo, ojos verdes que hipnotizaban como el jade de Taxco, y un cuerpo curvilíneo que hacía girar cabezas. Era diseñadora de moda, dueña de su propia boutique en Providencia, y aunque su vida parecía perfecta, neta que andaba con un vacío adentro, un hambre que ningún vestido caro podía llenar.

¿Cuánto tiempo más voy a fingir que esto me basta? pensó, mientras sus dedos tamborileaban en la mesa de madera pulida. Ahí fue cuando lo vio. Él entró como un vendaval tapatío: alto, moreno, con barba recortada y una camisa ajustada que marcaba unos pectorales duros como rocas de la Sierra Madre. Se llamaba Alejandro, un arquitecto que conocía de una expo de arte la semana pasada. Sus ojos se cruzaron, y el mundo se detuvo. El corazón de Ingrid latió fuerte, un bum-bum que retumbaba en sus oídos como tambores huicholes.

Wey, qué gusto verte de nuevo —dijo él, acercándose con esa sonrisa pícara que prometía travesuras—. ¿Me invitas a sentarme, o nomás andas de exhibicionista?

Ingrid rio, un sonido gutural y sensual que vibró en su garganta. —Siéntate, pendejo, antes de que te corra el mesero. ¿Qué traes por aquí?

Charlaron de todo y nada: del tráfico en López Mateos, de la última novela de Paco Ignacio Taibo, del calor que hacía que el sudor perlase sus pieles. Pero debajo de las palabras, había un fuego creciendo. Las rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque accidental que no lo fue. El pie de él rozó su pantorrilla, subiendo despacio, y ella no se apartó. El aroma de su colonia, mezcla de sándalo y cítricos, la envolvió como una caricia prohibida. Esto es lo que necesito, se dijo Ingrid, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que la humedecía ya.

Al atardecer, caminaron por la Plaza de los Mariachis. La música llenaba el aire: trompetas agudas, guitarras roncas cantando corridos de amor traicionado. Alejandro la tomó de la mano, su palma cálida y áspera contra la suavidad de la de ella. —Ven conmigo —murmuró al oído, su aliento caliente rozándole el lóbulo—. Mi depa está cerca, en Chapalita. Solo un trago, ¿va?

Ingrid dudó un segundo, pero el deseo era un abismo llamándola. —Sí, cabrón, llévame.

Acto Dos: La Escalada

El departamento de Alejandro era un oasis moderno: ventanales del piso al techo con vista a los luces de la ciudad, muebles de piel italiana y una cocina donde el tequila reposado brillaba en botellas de cristal. Puso música de Natalia Lafourcade, suave y melancólica, mientras servía dos shots. Ingrid se quitó los tacones, sintiendo el fresco del mármol bajo sus pies desnudos. Él se acercó por detrás, sus manos grandes posándose en su cintura, dedos hundiéndose en la carne blanda de sus caderas.

—Eres un chingo de mujer, Ingrid —susurró, besándole el cuello. El roce de sus labios fue eléctrico, enviando chispas por su espina dorsal. Ella giró, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su verga ya erecta contra su vientre. ¡Qué prieta la tiene el wey! pensó, mientras sus lenguas se enredaban en un beso voraz, sabor a tequila y menta fresca.

Las manos de Alejandro exploraban: subieron por su espalda, desabrocharon el vestido rojo que cayó al suelo como una cascada de sangre. Ingrid quedó en lencería negra, tetas firmes escapando del encaje, pezones duros como balas. Él gruñó, un sonido animal que la excitó más. —Qué rica, Ingrid Navarro, abismo de pasión total —dijo, recordando un comentario que ella había hecho antes sobre su propia intensidad emocional, como en esa telenovela vieja que veían de niños.

Ella lo empujó al sofá, montándose a horcajadas. Sus uñas arañaron su pecho mientras le quitaba la camisa, oliendo su sudor masculino mezclado con el jabón. Bajó la cremallera de sus jeans, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor, la seda de la piel estirada. —Te voy a mamar hasta que grites, prometió, y lo hizo. Su boca lo envolvió, lengua girando alrededor del glande, saboreando la sal preeyaculatoria. Alejandro jadeó, manos enredadas en su pelo, caderas empujando suave. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos roncos, el latido de sus corazones acelerados.

Pero Ingrid quería más. Se levantó, quitándose la tanga empapada. El aire fresco besó su panocha rasurada, hinchada de deseo, jugos brillando en sus labios mayores. —Cógeme, Alejandro. Ya. —Él la tumbó en el sofá, abriéndole las piernas. Su lengua atacó primero: lamió despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreando su miel dulce y almizclada. Ingrid arqueó la espalda, gritando: —¡Sí, wey, así! —Sus dedos se clavaron en sus hombros, olor a sexo llenando la habitación, mezclado con el jazmín de su perfume.

La tensión crecía como una tormenta en el Lago de Chapala. Internalmente, Ingrid luchaba:

Esto es solo una noche, no te enganches, pendeja. Pero carajo, se siente tan bien, tan vivo.
Él se posicionó, la punta de su verga rozando su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola. El dolor placeroso la hizo morderse el labio, sangre sabor metálico en la lengua. Empezaron a moverse, ritmos sincronizados: embestidas profundas, roces de piel sudorosa, pechos rebotando contra su torso.

Cambiaron posiciones: ella de rodillas en la alfombra, él detrás, manos en sus nalgas separándolas. Cada golpe era un trueno, su verga golpeando su punto G, jugos chorreando por sus muslos. El sonido de carne contra carne, plaf-plaf-plaf, se mezclaba con sus gritos: —¡Más duro, cabrón! —El orgasmo se acercaba, una ola gigante, sus músculos contrayéndose alrededor de él.

Acto Tres: La Liberación

El clímax llegó como un terremoto. Ingrid explotó primero: un grito primal, cuerpo temblando, panocha pulsando, chorros de squirt mojando las sábanas que habían arrastrado al piso. Alejandro la siguió, gruñendo como toro, llenándola de semen caliente, chorros que la inundaban. Colapsaron juntos, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas. El aroma era intenso: sexo crudo, semen, su esencia femenina.

Yacían enredados, el corazón de ella calmándose contra el pecho de él. Alejandro le acarició el pelo, besos suaves en la frente. —Eres increíble, Ingrid. Como un abismo de pasión que me succiona.

Ella sonrió, lágrimas de placer en los ojos. Por fin, algo real, pensó. No era amor eterno, pero esa noche había llenado su vacío. Se quedaron así hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, la ciudad despertando afuera. Ingrid Navarro había caído en su propio abismo de pasión, y no se arrepentía de nada. El sol entró por las cortinas, bañándolos en oro, prometiendo más días de fuego.

En la quietud, mientras él dormía, ella se acurrucó más, sintiendo el latido compartido. Mañana será otro pedo, se dijo, pero por ahora, esto bastaba. Pura vida tapatía, pura pasión mexicana.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.