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El Test de la Pasión Janet Attwood PDF

7381 palabras

El Test de la Pasión Janet Attwood PDF

Estabas ahí, tirada en el sillón de tu depa en la Roma Norte, con el sol de la tarde colándose por las cortinas y calentándote las piernas desnudas. El ventilador zumbaba perezoso, pero el bochorno de la CDMX no te soltaba. Neta, qué pinche aburrimiento, pensaste mientras scrolleabas el cel sin rumbo. Buscaste en Google el test de la pasion janet attwood pdf, algo que viste en un reel de TikTok sobre descubrir tus pasiones más profundas. Lo descargaste al tiro, curiosa. ¿Qué pedo con este rollo de autoayuda gringa traducida al español? Abriste el archivo y empezaste a leer.

¿Cuál es tu pasión más grande? ¿Qué te hace vibrar de emoción?

Las preguntas te pegaron directo. Al principio, pensaste en tu jale como diseñadora freelance, en los tacos al pastor del puesto de la esquina, pero luego... un calorcillo te subió por el vientre. Pasión. La palabra se te quedó atascada, resonando como el eco de una cumbia en una fiesta clandestina. Recordaste la última vez que sentiste eso de verdad: el roce de unas manos expertas en tu piel, el aliento caliente en el cuello, el pulso acelerado antes de que todo explotara. Hacía meses que no chingabas con nadie, y el cuerpo te pedía a gritos.

Contestaste las primeras hojas del test, marcando opciones con el dedo en la pantalla. "Conexión íntima", "placer sensorial", "entrega total". Cada respuesta te hacía apretar las piernas, el aire acondicionado fallando en enfriar el fuego que empezaba a prenderse. Olías tu propio aroma, sutil, almizclado, mezclándose con el café que se enfriaba en la mesa. Te recargaste, la blusa suelta abriéndose un poco, dejando que el aire lamiera tus pezones endurecidos. Órale, esto no es solo un pinche PDF, murmuraste, riéndote sola.

El test seguía: visualiza tu vida ideal llena de pasión. Cerraste los ojos y lo hiciste. Te viste en una cama king size, sábanas revueltas, con un morro alto, moreno, de ojos oscuros como el mezcal ahumado. Sus manos grandes explorando cada curva tuya, la boca devorándote sin prisa. El sonido de su respiración jadeante, el sabor salado de su piel sudada. Te mordiste el labio, la mano bajando instintivamente por tu panza, rozando el borde del short. Pero te detuviste. No mames, necesito lo real. Apagaste la laptop, te pusiste un vestido negro ceñido que te hacía ver como diosa azteca, y saliste al bar de la esquina, El Califa de León, pero no por tacos, sino por acción.

El lugar estaba lleno de carnales platicando, risas y chelas chocando. Te sentaste en la barra, pidiendo un michelada con sal gruesa y limón fresco que explotaba en tu lengua. Ahí lo viste: él, güey de unos treinta, barba recortada, camisa ajustada marcando pecho chingón. Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia cara y algo salvaje debajo.

—Hola, preciosa. ¿Qué te trae por acá sola?

Le sonreíste, el corazón latiéndote fuerte. —Buscando mi pasión, carnal. Acabo de hacer un test rarísimo, el de Janet Attwood. ¿Lo conoces? Le contaste del PDF, riéndote, cómo te había puesto cachonda sin querer. Él se carcajeó, ojos brillando.

—Suena chido. ¿Y cuál es tu pasión máxima?

Lo miraste de arriba abajo, el pulso en tu cuello acelerándose. —Descubrirla contigo, ¿te animas a un test privado? Consintió al instante, la química chispeando como pirotecnia en el Zócalo. Pagaron y se fueron a tu depa caminando, el aire nocturno fresco lamiendo vuestras pieles, manos rozándose accidentalmente... o no tanto.

Adentro, cerraste la puerta y lo besaste sin preámbulos. Sus labios eran firmes, sabían a chela y menta, la lengua invadiendo tu boca con hambre contenida. Te apretó contra la pared, el cuerpo duro presionando el tuyo, el bulto en sus jeans rozándote el monte de Venus. Pinche delicia, pensaste, mientras tus uñas se clavaban en su espalda musculosa. Olía a hombre, sudor limpio y deseo puro. Bajaste la mano, palpando su verga tiesa a través de la tela, sintiendo el calor irradiar.

Esto es pasión de verdad, no un pinche PDF

Lo arrastraste al cuarto, prendiendo la luz tenue. Se desvistieron lento, saboreando cada revelación: tus tetas llenas saltando libres, pezones rosados pidiendo atención; su torso lampiño, abdomen marcado, la verga gruesa erguida, venosa, goteando precúm. Te tumbó en la cama, besos bajando por tu cuello, mordisqueando la clavícula hasta chupar un pezón. El placer era eléctrico, un rayo directo al clítoris hinchado. Gemiste, —Sí, güey, así, arqueándote. Su boca siguió, lamiendo tu ombligo, el vello púbico recortado, hasta llegar al centro. Separó tus labios mayores con los dedos, inhalando tu esencia dulce y salada.

La lengua entró en acción, plana y ancha primero, lamiendo de perineo a clítoris en ondas lentas. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con tus jadeos. ¡Chingada madre, qué rico! Sentías cada roce como fuego líquido, el calor subiendo, las paredes vaginales contrayéndose. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos hacia arriba, tocando ese punto que te hacía ver estrellas. El olor a sexo llenaba el cuarto, almizcle y jugos, embriagador. Tus caderas se movían solas, follándote su boca, el clímax acechando.

Pero lo querías dentro. —Cógeme ya, pendejo, suplicaste juguetona. Se posicionó, la punta de su verga rozando tu entrada empapada, untándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El relleno era perfecto, rozando cada nervio. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para clavarse profundo. El slap-slap de piel contra piel, sudada y resbalosa, era hipnótico. Te envolvió las piernas en su cintura, cambiando ángulo, martillando tu G-spot. Tus uñas arañaban su culo firme, urgiéndolo más rápido.

El sudor goteaba de su frente a tus tetas, salado en tu lengua cuando lo lamiste. Gemías sin control, —Más duro, carnal, dame todo. Él gruñía, voz ronca, —Estás tan rica, tan apretada. La tensión crecía, espiral infinita: pulsos en tu clítoris, contracciones en tu coño ordeñándolo. Cambiaron posiciones, tú encima, cabalgándolo como reina. Sus manos amasaban tus nalgas, un dedo rozando tu ano, enviando chispas extras. Rebotabas, verga entrando hasta el fondo, tus jugos chorreando por sus bolas.

El orgasmo te golpeó como terremoto en la Alameda. Gritaste, cuerpo convulsionando, paredes vaginales apretando su pija en espasmos. Él te siguió segundos después, hinchándose más, chorros calientes inundándote, el semen espeso mezclándose con tus fluidos. Colapsaron juntos, jadeando, corazones galopando al unísono. Su peso sobre ti era confort, piel pegajosa enfriándose, besos perezosos en la sien.

Después, recostados con las sábanas enredadas, reían bajito. —El test de Janet Attwood tenía razón, dijiste, trazando círculos en su pecho. —Mi pasión es esto: conexión pura, fuego en la piel. Él sonrió, oliendo tu cabello. —Y la mía eres tú, preciosa. El cuarto olía a sexo satisfecho, a promesas de más noches así. Cerraste los ojos, el PDF olvidado en la laptop, pero su magia ya estaba hecha: habías encontrado tu pasión, viva y palpitante.

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