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Imágenes de Pasión y Locura (1)

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Imágenes de Pasión y Locura

La noche en la Condesa vibra con el pulso de la ciudad. Tú caminas por las calles empedradas, el aire cargado del olor a tacos al pastor asándose en las trompos callejeros y el humo dulce del mezcal que se escapa de los bares. Llevas un vestido negro ajustado que roza tu piel con cada paso, y sientes esa cosquilla familiar en el estómago, esa calentura que te invade cuando sabes que la noche promete algo chingón. Entras al bar La Puerta Verde, donde la banda toca una cumbia rebajada que hace mover las caderas de todos. Las luces tenues pintan sombras en las paredes, y el sudor de la gente se mezcla con el aroma de perfumes baratos y deseo crudo.

Allí lo ves. Diego, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho, ojos negros que te clavan como si ya te conocieran de memoria. Está recargado en la barra, con un vaso de raicilla en la mano, riendo con unos cuates. Tú pides un tequila reposado, y cuando el barman te lo pasa, él se acerca. Órale, mamacita, ¿vienes a robarme el aliento o qué? dice con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, que te eriza la piel. Sonríes, sientes el calor subir por tus mejillas, y respondes: No seas pendejo, carnal, solo vengo por la buena música y un trago que queme.

Hablan de todo y nada: de la pinche ciudad que nunca duerme, de cómo el tráfico te vuelve loca, de sueños locos como viajar a la playa de Oaxaca sin billete de regreso. Su risa es contagiosa, profunda, como un tambor en tu pecho. Bailan pegados, sus manos en tu cintura, el roce de su aliento en tu cuello oliendo a tabaco y limón. Cada giro, cada presión de su cadera contra la tuya, despierta imágenes de pasión y locura en tu mente: cuerpos entrelazados en sábanas revueltas, gemidos ahogados en la oscuridad, pieles que arden como chile en la lengua. El deseo crece lento, como la espuma de una chela bien fría, pero inevitable.

¿Y si esta noche lo dejo todo? ¿Y si me lanzo a esa locura que me llama?
piensas mientras su mano baja un poco más por tu espalda, rozando el borde de tu vestido. No hay prisa, solo esa tensión eléctrica que hace que tus pezones se endurezcan contra la tela. Él te susurra al oído: Neta, tú me traes loco, wey. Tus ojos son puro fuego. Tú lo miras, muerdes tu labio, y sientes el pulso acelerado entre tus piernas, húmedo, ansioso.

Salen del bar tomados de la mano, el aire fresco de la medianoche les pega como una caricia. Caminan unas cuadras hasta su depa en una casa vieja de la Roma, con balcón que da a la calle bulliciosa. Suben las escaleras riendo, tropezando un poco por el tequila. Adentro, el lugar huele a café recién molido y madera vieja, luces ámbar de una lámpara que pinta todo de oro suave. Él cierra la puerta y te besa por primera vez: labios firmes, lengua que sabe a tequila y sal, explorando tu boca con hambre contenida. Tus manos suben por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el latido fuerte de su corazón contra tu palma.

Se separan un segundo, jadeando. ¿Estás segura, reina? No hay vuelta atrás con esta calentura, pregunta él, ojos brillantes. Tú asientes, lo jalas de la camisa: Chingá, Diego, no me hagas rogar. Quiero sentirte todo. Se desnudan despacio, saboreando cada revelación. Su piel morena brilla bajo la luz, el vello que baja por su abdomen hasta esa erección dura, palpitante, que te hace tragar saliva. Tú te quitas el vestido, quedas en tanga negra, pechos libres, y ves cómo sus pupilas se dilatan, cómo lame sus labios.

Caen en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio que contrastan con el calor de sus cuerpos. Él te besa el cuello, mordisquea suave, dejando un rastro de saliva que se enfría al aire. Sus manos recorren tus curvas: aprietan tus nalgas, suben por tus muslos internos, rozando el encaje húmedo de tu tanga. Tú gimes bajo, arqueas la espalda, el olor de tu propia excitación mezclándose con su sudor masculino, terroso. Pinche deliciosa, murmura mientras baja la boca a tus pechos, chupando un pezón con succión experta, lengua girando como en un baile prohibido. Sientes chispas bajando directo a tu clítoris, que palpita pidiendo más.

Esto es puro desmadre, pero qué chido desmadre. Cada toque es una imagen de pasión y locura grabada en mi piel.
Tus dedos se enredan en su pelo negro, lo guías más abajo. Él obedece, besa tu vientre, lame el ombligo, hasta llegar a tus muslos. Te quita la tanga con los dientes, un gesto juguetón que te arranca una risa ronca. Su aliento caliente roza tu sexo depilado, hinchado de deseo. Mírate, toda mojada por mí, dice, y pasa la lengua plana por tu raja, saboreando tu miel salada-dulce. Gimes fuerte, las caderas se alzan solas, buscando más. Él lame despacio al principio, círculos en el clítoris, luego chupa, mete un dedo grueso que curva adentro, tocando ese punto que te hace ver estrellas.

La habitación se llena de sonidos: tus jadeos agudos, sus gruñidos guturales, el chapoteo húmedo de su boca en ti, el crujir de la cama. El olor a sexo inunda todo, almizclado, adictivo. Tú lo volteas, quieres devolverle: lo empujas boca arriba, te subes a horcajadas. Su verga erecta, venosa, gotea precum que lames de la punta, salado y amargo. La chupas hondo, garganta relajada por la práctica, mano bombeando la base. Él gime ¡carajo!, caderas empujando, manos en tu cabeza guiando sin forzar. Me vas a matar, nena, dice entre dientes.

Ya no aguantan. Tú te sientas encima, guías su punta a tu entrada resbaladiza. Bajas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena hasta el fondo. Ay, wey, qué rico. Empiezas a moverte, vaivén lento que acelera, pechos rebotando, sudor perlando tu piel. Él te agarra las caderas, empuja arriba, sincronizados como en una ranchera perfecta. El placer sube en olas: fricción en tu clítoris con cada choque, su grosor masajeando tus paredes internas. Gemidos se convierten en gritos: ¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo! Él responde con embestidas feroces, un pulgar en tu clítoris frotando rápido.

El clímax te golpea como un rayo: contracciones violentas, jugos chorreando, visión borrosa con imágenes de pasión y locura explotando en tu cabeza —cuerpos fusionados en éxtasis eterno—. Él gruñe, se tensa, y sientes su corrida caliente llenándote, pulsos que prolongan tu orgasmo. Colapsan juntos, jadeos entrecortados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Él te abraza, besa tu frente húmeda.

Después, yacen enredados, el ventilador zumbando suave, calle abajo un mariachi lejano canta de amores imposibles. Tú trazas círculos en su pecho, sientes su corazón calmándose. Pinche noche loca, dices riendo bajito. Él responde: Pero qué buena locura, ¿verdad? Tú eres fuego puro. No hay promesas, solo esta paz tibia, el sabor de él aún en tu lengua, el eco de placer en tus músculos laxos. La ciudad sigue latiendo afuera, pero aquí dentro, has capturado esas imágenes para siempre: pasión desenfrenada, locura compartida, un recuerdo que te calentará en noches frías.

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