La Pasión del Rey
El sol se ponía sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se reflejaba en las piscinas infinitas. Yo, Ana, había llegado esa tarde invitada por él, Don Ricardo, el hombre que todos llamaban el Rey. No era un título oficial, pero en Jalisco nadie lo cuestionaba: controlaba viñedos, agaves y corazones con la misma facilidad. Yo era diseñadora de interiores, contratada para renovar su mansión principal, pero desde el primer vistazo en esa reunión en la ciudad, sentí esa chispa. Sus ojos cafés profundos me recorrieron como si ya supiera mis secretos.
Me acomodé el vestido negro ajustado, que dejaba ver justo lo suficiente de mis curvas morenas. Olía a jazmín fresco del jardín y a mi perfume de vainilla, que esperaba lo volviera loco. Caminé por el pasillo de mármol, mis tacones resonando como un desafío.
¿Y si hoy pasa algo? Neta, Ana, no seas pendeja, es tu cliente. Pero ese güey me mira como si quisiera comerme viva.La puerta de su estudio se abrió sola, y ahí estaba, recargado en el marco, con camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando vello oscuro y músculos que gritaban poder.
—Pasa, preciosa —dijo con esa voz grave, como ronca de tanto dar órdenes—. ¿Lista para ver la pasión del rey en acción?
Sonreí, sintiendo un calor subir por mi vientre. —Siempre lista, Don Ricardo. Pero cuéntame, ¿qué rey soy yo esta noche?
Me guió a la terraza, donde una mesa iluminada por velas esperaba con tequila reposado, guacamole fresco y tacos de arrachera jugosos. El aire olía a carbón y limón, y de fondo sonaba una ranchera suave de Vicente Fernández, que hacía vibrar el alma. Nos sentamos cerca, sus rodillas rozando las mías bajo la mesa. Cada sorbo de tequila quemaba mi garganta, aflojando nudos invisibles.
—Eres mi reina, Ana —murmuró, sirviéndome más—. Desde que te vi en la oficina, supe que la pasión del rey despertaría contigo. No soy de los que ruegan, pero neta, me tienes bien encendido.
Mi piel erizó con sus palabras. Tocó mi mano, su palma áspera por el trabajo en los campos, contrastando con mi suavidad. Hablamos de todo: de mis sueños de expandir mi negocio, de sus batallas por mantener la familia unida. Pero el deseo crecía como la marea. Sus dedos trazaban círculos en mi muñeca, y yo sentía mi centro humedecerse, traicionera.
Después de la cena, me llevó a bailar. Su cuerpo pegado al mío bajo las luces tenues, caderas moviéndose al ritmo. Olía a colonia masculina mezclada con sudor limpio, embriagador. Mis pechos rozaban su torso firme, y su verga dura presionaba contra mi muslo.
Órale, qué chingona se siente esto. Quiero que me tome ya, pero que sufra un poquito más.
—Estás caliente como el infierno, reina —susurró en mi oído, mordisqueando el lóbulo—. ¿Quieres ver hasta dónde llega la pasión del rey?
Asentí, jadeante, y lo besé primero. Sus labios carnosos devoraron los míos, lengua invadiendo con sabor a tequila y hambre. Sus manos bajaron a mis nalguitas, amasándolas con fuerza posesiva pero tierna. Gemí en su boca, el sonido perdido en la noche.
Me cargó como si no pesara nada, adentro a su recámara principal. La cama king size dominaba el espacio, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Me tumbó suave, quitándome el vestido con reverencia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.
—Mírate, pura perfección mexicana —gruñó, lamiendo mi cuello, bajando a mis pechos. Su boca chupó un pezón, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. Sentí su barba raspando mi piel sensible, enviando descargas al clítoris palpitante. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su aroma terroso.
Mis manos exploraron su pecho, bajando a desabrocharle el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum. La tomé, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi palma. —Qué rey tan bien dotado —jadeé, masturbándolo lento mientras él gemía ronco.
—Chúpamela, mi reina —pidió, y obedecí con gusto. Me arrodillé, lengua lamiendo la cabeza salada, tragándomela hasta la garganta. Él enredó dedos en mi cabello negro, guiándome sin forzar, solo disfrutando. Los sonidos obscenos de succión llenaban la habitación, mi baba chorreando por su tronco. Sentía mi coño chorreando, empapando los muslos.
No aguantó mucho. Me levantó, me tendió en la cama y separó mis piernas. Su boca cayó sobre mi sexo como un festín. Lengua danzando en mi clítoris hinchado, dedos curvándose dentro, tocando ese punto que me hacía gritar. —¡Sí, Rey, así! ¡No pares, pendejo delicioso! —grité, caderas buckeando contra su cara barbuda.
El orgasmo me golpeó como rayo, jugos salpicando su boca mientras temblaba entera. Él lamió todo, gruñendo de placer.
Esto es el paraíso, neta. Nunca sentí tanto fuego.
Se posicionó entre mis muslos, verga rozando mi entrada resbaladiza. —Dime que la quieres, Ana. Dime que eres mía.
—Sí, fóllame, Rey. Hazme tuya con toda la pasión del rey —supliqué.
Empujó lento al inicio, estirándome deliciosamente. Cada centímetro llenaba, pulsando contra mis paredes. Cuando estuvo todo adentro, nos quedamos quietos, jadeando, sintiendo el latido compartido. Luego empezó a moverse, embestidas profundas que hacían golpear sus huevos contra mi culo. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos altos, sus gruñidos animales. Sudor nos unía, resbaloso y caliente.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Mis tetas rebotaban con cada bajada, sus manos guiando mis caderas. Él pellizcaba mis pezones, y yo rayaba su pecho, dejando marcas rojas. —¡Más duro, carnal! ¡Dame todo! —exigí, y aceleró, clavándose brutal pero consentido.
El clímax nos alcanzó juntos. Sentí su verga hincharse, chorros calientes inundándome mientras mi coño lo ordeñaba en espasmos. Grité su nombre, él el mío, colapsando en un enredo de miembros temblorosos.
Después, yacimos envueltos en sábanas húmedas, su cabeza en mi pecho. El aire olía a sexo y paz, el corazón latiendo calmado. Me besó suave. —Eso fue la pasión del rey verdadera, mi reina. Quédate conmigo.
Sonreí, acariciando su cabello.
Esto no es solo una noche. Es el comienzo de algo chingón.Afuera, la luna jaliciense velaba nuestro sueño, prometiendo más fuegos por venir.