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Diario de una Pasión del Director

6753 palabras

Diario de una Pasión del Director

Estoy sentado en mi sillón de cuero viejo en el set de filmación en Polanco, con el olor a café recién molido y el zumbido de los reflectores calentando el aire. Soy Alejandro, el director de esta película independiente que se llama Corazones en Llamas, pero nadie sabe que llevo un diario secreto: Diario de una pasión del director. Todo empezó hace tres semanas cuando llegó ella, Valeria, la protagonista. Neta, wey, desde el primer ¡acción! sus ojos cafés me atraparon como un imán. Tiene esa piel morena que brilla bajo las luces, curvas que hacen que el lente se enfoque solo en ella. Pero no es solo físico, carnal, hay algo en su risa, en cómo dice "órale" con esa voz ronca que me pone la piel chinita.

El primer día de rodaje, la escena era una discusión acalorada en un balcón con vista a Reforma. Yo gritaba indicaciones desde mi silla, pero mi mente divagaba.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón cada vez que la veo? Es como si el guion lo hubiera escrito para nosotros dos.
Al corte, se acercó con una botella de agua, sudada, el top pegado a sus tetas perfectas. "Director, ¿qué tal la toma?" me dijo, mordiéndose el labio. Olía a vainilla y sudor fresco, un combo que me revolvió las tripas. Le sonreí, tratando de no sonar pendejo: "Está chida, pero hagamos otra para pulirla". Esa noche, en mi depa en la Condesa, no pude dormir. Saqué el cuaderno y escribí la primera entrada del diario de una pasión del director.

Los días siguientes fueron puro tormento delicioso. En las pausas, platicábamos de todo: de tacos al pastor en la esquina, de cómo ella ama el cine de Cuarón, de sus sueños de Hollywood. Una tarde, después de una escena de beso con el galán de turno –un wey flaco que no le llega ni a los talones–, vi celos en mis propios ojos al revisar el monitor. Touché, pensé. Ella notó mi cara larga y me jaló al tráiler. "Ale, ¿qué onda? Pareces poseído". Su mano en mi brazo era fuego puro, suave como seda, y el calor de su cuerpo cerca del mío hizo que mi verga se despertara al instante. "Nada, Vale, solo quiero que sea perfecta", mentí. Se rio, acercándose más, su aliento cálido en mi cuello. "Tú siempre perfecto, director". Esa noche, el diario ardía:

La deseo tanto que duele. Su boca, sus caderas... tengo que tenerla.

La tensión creció como bola de nieve. En una locación en Xochimilco, rodeados de trajineras y el olor a flores de cempasúchil flotando en el aire húmedo, rodamos una escena romántica al atardecer. El sol pintaba su piel de dorado, y cuando el actor la abrazó, juré que vi en sus ojos un destello dirigido a mí. Al ¡corte!, todos aplaudieron, pero ella caminó directo hacia mí, el vestido ligero ondeando, pegándose a sus muslos. "Ale, ven, necesito tu opinión en privado". Me llevó a una trajinera vacía, el agua chapoteando suave contra la madera. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas rozándose. El silencio era espeso, cargado de electricidad. Su mano encontró la mía, dedos entrelazados, piel contra piel, cálida y temblorosa.

"Desde el primer día, director", susurró, su voz como miel caliente. "¿Sabes que te miro cuando das órdenes? Me mojas entera". Neta, esas palabras me prendieron como mecha. La besé sin pensarlo, labios suaves, sabores a chicle de tamarindo y deseo puro. Sus lenguas danzaron, húmedas, explorando, mientras sus manos subían por mi pecho, desabotonando mi camisa. Olía a su perfume mezclado con el canal, tierra mojada y mujer en celo. La recosté en los cojines, mi boca bajando por su cuello, lamiendo el sudor salado. Gemía bajito, "Sí, Ale, así", arqueando la espalda. Le quité el vestido, revelando encaje negro que apenas contenía sus pechos firmes. Los chupé, tetillas duras como piedras, saboreando su piel dulce.

El balanceo de la trajinera nos mecía, como si el mundo conspirara. Sus uñas en mi espalda, rasguñando suave, enviando chispas por mi espina. Bajé más, besando su vientre plano, inhalando su aroma almizclado de excitación. "Quítamelo todo, carnal", rogó. Le arranqué las panties, mojadas, y mi lengua encontró su clítoris hinchado. La lamí despacio, saboreando su jugo ácido y dulce, mientras ella jadeaba, caderas moviéndose al ritmo del agua.

Esto es mi película privada, mi pasión real.
Metí dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que la hizo gritar "¡Ay, wey, no pares!". Su cuerpo temblaba, orgasmos acercándose como ola.

Pero quería más, necesitaba unirnos. Me quité la ropa rápido, mi verga dura palpitando al aire fresco. Ella la tomó, mano suave masturbándome lento, ojos fijos en los míos. "Fóllame, director, hazme tuya". La penetré de un empujón, caliente, apretada, envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. El slap-slap de carne contra carne se mezclaba con sus gemidos y el chapoteo del agua. La embestí profundo, lento al principio, sintiendo cada vena, cada contracción. Sudábamos, cuerpos pegajosos, olores intensos de sexo y canal. Aceleré, sus tetas rebotando, uñas clavadas en mis nalgas. "Más fuerte, pendejo, dame todo", exigía, empoderada, guiándome con las caderas.

Cambié posiciones, ella encima, cabalgándome como reina. Sus caderas girando, clítoris rozando mi pubis, pechos en mi cara para morder. El sol se ponía, tiñendo todo de rojo pasión. Sentí su interior apretarse, "Me vengo, Ale", y explotó, jugos chorreando, cuerpo convulsionando. Eso me llevó al borde. "Dentro, amor", suplicó, y me corrí como volcán, chorros calientes llenándola, pulsos interminables. Colapsamos, jadeantes, besos suaves en la afterglow, el agua calmada testigo.

De regreso al set, nadie sospechó. Pero cada mirada entre nosotros era fuego. Esa noche, en el diario:

Valeria es mi musa, mi pasión encarnada. Este diario de una pasión del director apenas empieza.
Semanas después, la película se estrenó en el Festival de Morelia, ovaciones, flashes. En la fiesta after, en un hotel fancy de Cuernavaca, nos escabullimos a la suite. Otra noche de exploración: aceites calientes masajeando su espalda, dedos en su culo virgen, suave y consensuado, gemidos nuevos. La atamos juguetona con corbatas de seda, lamiéndola entera hasta que rogó liberación. Cada toque, cada suspiro, construía nuestro lazo más allá de la carne.

Ahora, meses después, el diario tiene páginas llenas. Valeria y yo planeamos una secuela, en la vida real. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón, huele a hogar y sexo. Neta, qué chido es dirigir esta pasión. El final no existe; solo más entradas, más noches de fuego eterno.

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