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Desatando la Pasion Dominante

6875 palabras

Desatando la Pasion Dominante

En el corazón de Polanco, donde las luces de la ciudad parpadean como promesas calientes, Ana se preparaba para la noche. Su departamento en la colonia era un nido de lujos sutiles: sábanas de algodón egipcio, velas de vainilla que flotaban aromas dulces en el aire, y una vista al skyline que hacía que todo pareciera posible. Tenía treinta y dos años, curvas que desafiaban la gravedad y una pasión dominante que bullía bajo su piel morena como tequila reposado listo para incendiar gargantas.

Marco llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que la ponía a mil. Era su carnal de hace seis meses, un arquitecto güey de ojos verdes y cuerpo atlético forjado en gimnasios de la Roma. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y al entrar, el olor de su colonia cítrica invadió el espacio, mezclándose con el de las velas. Qué chido verte, nena, murmuró, besándola en la mejilla. Pero Ana no era de besos castos. Lo jaló por la nuca, presionando sus labios contra los de él con una fuerza que decía: esta noche mando yo.

La tensión inicial era eléctrica, como el zumbido de un neon antes de encenderse. Ana lo guió al sofá de cuero negro, donde el tacto fresco contrastaba con el calor que ya subía por sus muslos.

Pienso en cómo lo voy a doblegar, en cómo su verga va a palpitar bajo mis órdenes. Mi pasión dominante me come viva esta noche.
Le sirvió un mezcal ahumado, el líquido ámbar deslizándose por su garganta con un ardor que lo hizo jadear. Sus ojos se clavaron en los de ella, preguntando sin palabras. Ella sonrió, ladeando la cabeza. Quítate la camisa, Marco. Despacio. Quiero verte sudar por mí.

Él obedeció, desabotonando con dedos temblorosos. La camisa cayó al piso con un susurro suave, revelando su torso lampiño, músculos tensos bajo la luz tenue. Ana se acercó, inhalando su aroma masculino, ese mix de sudor fresco y deseo crudo. Rozó sus pezones con las uñas pintadas de rojo sangre, sintiendo cómo se endurecían al instante. Qué rico se siente tu piel, cabrón, susurró, mordisqueando su oreja. El pulso de él latía fuerte contra su palma, un tambor de guerra que aceleraba el suyo propio.

La escalada empezó ahí, en el sofá que crujía bajo su peso. Ana lo empujó contra los cojines, montándose a horcajadas sobre sus caderas. Sus faldas cortas se subieron, dejando al descubierto las ligas de sus medias de encaje negro. El roce de la tela contra sus pantalones era tortura deliciosa; sentía la erección de Marco crecer, dura como piedra, presionando su entrepierna húmeda. ¿Quieres más, pendejo? Dime cuánto me deseas, exigió, tirando de su cabello oscuro. Él gimió, voz ronca: Sí, Ana, fóllame con esa pasión tuya dominante. Soy tuyo.

El aire se cargó de gemidos bajos y el slap suave de piel contra piel cuando ella le desabrochó el cinturón. El sonido metálico del cierre fue como un disparo de salida. Liberó su verga gruesa, venosa, palpitante en su mano. La probó con la lengua, saboreando el precum salado, ese gusto almizclado que la volvía loca. Marco arqueó la espalda, sus manos aferrándose a sus muslos, pero ella las apartó. No toques sin permiso, mi rey. Esta noche, yo decido el ritmo. Su pasión dominante rugía, un volcán de lava que lamía cada centímetro de control.

Se levantó, quitándose la blusa con un movimiento fluido, sus tetas llenas rebotando libres, pezones oscuros erectos como balas. El espejo del fondo reflejaba la escena: ella, diosa mexicana de caderas anchas y mirada feroz; él, rendido, ojos vidriosos de lujuria. Bajó la falda, quedando en tanga roja que apenas cubría su panocha depilada, ya chorreando jugos calientes. El olor a sexo inminente flotaba, espeso, embriagador, como el humo de un buen puro.

Lo llevó a la recámara, caminando despacio para que él la siguiera a gatas, como un perrito fiel. La alfombra persa amortiguaba sus rodillas, y cada paso suyo hacía que sus bolas se balancearan, tentándola. En la cama king size, lo ató con corbatas de seda roja a los postes, sus muñecas firmes pero no dolorosas. Confías en mí, ¿verdad, amor? Él asintió, jadeante. Totalmente. Hazme lo que quieras. El consentimiento era su afrodisíaco supremo, empoderándola más.

La intensidad subió como fiebre. Montó su rostro, presionando su clítoris hinchado contra su boca ansiosa. La lengua de Marco danzaba, lamiendo sus labios mayores, succionando el néctar dulce y salado que brotaba de ella. ¡Así, cabrón! Chúpame más duro, ordenaba, moliéndose contra él, el roce húmedo sonando obsceno en la habitación. Sus jugos le empapaban la cara, el olor a panocha excitada impregnando las sábanas. Internamente, Ana luchaba:

Quiero romperlo, pero también cuidarlo. Esta pasión dominante es fuego que nos quema a los dos.

Se corrió primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto, muslos temblando, uñas clavadas en su pecho. Gritos ahogados: ¡Me vengo, Marco! ¡Qué rico! El placer era olas crashing, visión borrosa, pulso martilleando en oídos. Pero no paró. Bajó por su cuerpo, besando cada abdominal, mordiendo suave su ombligo. Tomó su verga en la mano, masturbándola lento, sintiendo las venas pulsar, el glande morado de necesidad. Lo miró fijo: ¿Listo para mí, mi amor?

Se empaló en él de un tirón, su coño apretado envolviéndolo como guante caliente. El estiramiento la llenó, un dolor-placer exquisito. Cabalgó con furia controlada, tetas botando, sudor perlando su piel canela. El slap-slap de carne contra carne era sinfonía erótica, mezclado con gemidos guturales. Marco forcejeaba las ataduras, caderas embistiendo arriba. Ana, me matas... tan chingona, gruñía. Ella aceleró, clítoris frotando su pubis, segunda ola building. Córrete conmigo, dale. Lléname.

El clímax los golpeó juntos. Él explotó dentro, chorros calientes bañando sus paredes internas, el semen espeso goteando por sus muslos. Ana gritó, cuerpo convulsionando, uñas rasguñando su pecho. El mundo se redujo a sensaciones: calor líquido, pulsos sincronizados, olor a semen y sudor, gusto residual en su boca. Colapsó sobre él, desatándolo con besos suaves.

En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas, el aire aún pesado de sexo. Marco la abrazó, besando su frente húmeda. Eres increíble, mi reina dominante. Ella rio bajito, trazando círculos en su espalda.

Esta pasión dominante no se apaga; nos une más, nos hace invencibles.
Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero en esa cama, habían conquistado el mundo. El mezcal olvidado en la mesa brillaba como promesa de más noches así, eternas en su fuego compartido.

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