Pasión Prohibida Capítulo 23 El Susurro Ardiente
La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y a jazmín silvestre, ese aroma que se te mete en la piel como un secreto que no quieres soltar. Yo, Ana, había escapado de la casa de mi familia con el corazón latiéndome a mil por hora. Neta, esto ya era demasiado, pensaba mientras mis sandalias se hundían en la arena tibia. Javier me esperaba junto a las rocas, su silueta recortada contra el mar negro, con la luna pintándole plata en los hombros anchos. Éramos como esos amantes de las novelas que tanto me gustaban, pero esto era real, carnal, prohibido.
Desde que nos conocimos en esa fiesta en Guadalajara, hace meses, su mirada me había atrapado. Él, el hijo del socio de mi papá, el que todos decían que era un pendejo por andar de mujeriego. Pero conmigo no era así. Conmigo era fuego puro. Nuestra pasión prohibida había crecido en capítulos, uno tras otro, hasta este, el veintitrés, donde ya no podíamos fingir más. Mi familia lo odiaba por viejos rencores de negocios, y la suya me veía como la niña mimada. Pero ¿y qué? Aquí estábamos, solos bajo las estrellas.
—Órale, Ana, llegaste —susurró cuando me vio, su voz ronca como el rumor de las olas. Me jaló hacia él, sus manos grandes envolviéndome la cintura. Sentí su calor a través del vestido ligero de algodón, ese que se pegaba a mis curvas por la brisa húmeda. Olía a él: colonia fresca mezclada con sudor salado, un olor que me ponía loca.
—No pude resistirme, Javier. Pensé en ti todo el día —le confesé, mi aliento rozando su cuello. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, tentadores. Su boca sabía a tequila y a menta, un sabor que me hacía arquear la espalda. El beso se profundizó, lenguas danzando con urgencia contenida. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretando con esa fuerza que me hacía gemir bajito.
Esto es el capítulo 23 de nuestra pasión prohibida, y juro que esta vez no me arrepiento de nada, pensé mientras sus dedos se colaban bajo la tela.
Nos alejamos un poco, jadeantes, para caminar hacia la cabaña que había rentado con un amigo. El camino era de arena suave, mis pies descalzos sintiendo cada grano como una caricia. Adentro, la luz de las velas parpadeaba, iluminando la cama king size con sábanas blancas que invitaban al pecado. Javier cerró la puerta con un clic que sonó como una promesa.
En el segundo acto de nuestra noche, la tensión subió como la marea. Nos sentamos en la cama, él quitándome el vestido despacio, sus ojos devorándome. Mis pechos se liberaron, los pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada hambrienta.
—Estás cañón, mi amor. Mira cómo me pones —dijo, guiando mi mano a su entrepierna. Sentí su verga dura, palpitante bajo los pantalones, y un calor líquido se extendió entre mis piernas. Qué rico, pensé, mordiéndome el labio.
Le desabroché la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Sus abdominales se contrajeron bajo mi lengua, y él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Me recostó con gentileza, pero sus ojos ardían de deseo puro. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando, mordisqueando hasta llegar a mis senos. Tomó un pezón en su boca, succionando con fuerza, mientras su mano libre exploraba mi monte de Venus, ya húmedo y ansioso.
—Estás mojada para mí, ¿verdad, preciosa? —murmuró contra mi piel, sus dedos deslizándose entre mis labios vaginales, rozando el clítoris hinchado.
—Sí, Javier, neta que sí. Tócala más —supliqué, arqueándome. El roce era eléctrico, círculos lentos que me hacían jadear. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que llenaba la habitación. Él se quitó los pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precúm. La tomé en mi mano, masturbándolo despacio, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma. Él gimió, echando la cabeza atrás.
La intensidad crecía. Me puse de rodillas, lamiendo su glande, saboreando su esencia salada. Lo tragué centímetro a centímetro, mi garganta relajándose para él. Javier enredó sus dedos en mi cabello, guiándome con cuidado, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca. Qué chido se siente tenerlo así, todo mío, reflexioné en medio del placer. Pero quería más. Lo empujé a la cama y me monté encima, frotando mi coño empapado contra su polla dura.
—Entra en mí ya, pendejo —le ordené juguetona, y él rio, esa risa grave que me derretía.
Con un movimiento fluido, me penetró. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el dolor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Cabalgaba sobre él, mis caderas girando, pechos rebotando. Sus manos en mis caderas marcaban el ritmo, rápido, salvaje. El sonido de piel contra piel llenaba la cabaña, mezclado con nuestros gemidos y el lejano romper de olas. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.
Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo. Sus bolas chocaban contra mi culo con cada estocada, su pubis frotando mi clítoris. Olía a sexo crudo, a nosotros dos fundidos. No pares, no pares, repetía en mi mente, clavando las uñas en su espalda.
—Me vengo, Ana... contigo —gruñó, y eso me llevó al borde. Mi orgasmo explotó primero, un tsunami de placer que me hizo convulsionar, contrayendo mi coño alrededor de su verga. Él se derramó dentro de mí segundos después, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
En el afterglow, el tercer acto, nos quedamos abrazados, piel contra piel, el sudor enfriándose en la brisa marina que entraba por la ventana. Su corazón latía fuerte contra mi pecho, sincronizándose con el mío. Besos suaves, perezosos, mientras el mundo afuera parecía lejano.
—Esto fue el mejor capítulo, ¿no? Nuestra pasión prohibida capítulo 23 —dijo él, trazando círculos en mi vientre.
Sonreí, sintiendo una paz profunda.
Sí, y habrá más. Porque contigo, todo vale la pena.
Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, el aroma de nuestro amor impregnando el aire. Mañana volveríamos a nuestras vidas, pero esta noche era nuestra eternidad.