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Crucifixión La Pasión de Cristo Carnal

7065 palabras

Crucifixión La Pasión de Cristo Carnal

Órale, qué nochecita tan caliente en el depa de Guadalajara. El aire huele a jazmín del jardín de abajo y a esa vela de vainilla que prendimos pa' ambientar. Tú, con tu piel morena brillando bajo la luz tenue del foco, te paras frente al espejo, ajustándote el huipil blanco que te regaló tu abuelita, pero que hoy luces como una virgen moderna lista pa' pecar. Alejandro, tu wey, el más chulo del barrio, te mira desde la cama con esos ojos cafés que te derriten. Han platicado toda la tarde de crucifixión La Pasión de Cristo, esa película que vieron anoche en Netflix, la de Mel Gibson. La neta, no fue lo religioso lo que te prendió, sino la intensidad, el sudor, los cuerpos tensos al límite.

"¿Y si jugamos a eso?" le dijiste, mordiéndote el labio. Él sonrió pillo, ese gesto que te hace mojar las chones de volada. "¿Crucifixión? Neta, carnala, me late. Pero la versión nuestra, sin sufrimiento, puro gozo". Y así armaron todo: una cruz de madera que él talló con sus manotas callosas, clavos falsos de terciopelo, cuerdas suaves pa' atar. No hay dolor, solo placer consensual, como siempre entre ustedes dos, adultos cabrones que se comen a besos desde hace dos años.

Te acercas a él, sientes el calor de su pecho desnudo contra tus tetas. Su aroma, mezcla de jabón Axe y sudor fresco, te invade las fosas nasales. "Yo seré tu Cristo", murmura, besándote el cuello con labios carnosos. Tú ríes bajito, tu voz ronca de deseo: "Y yo tu Magdalena, la que te unge con aceites". El corazón te late como tambor en Semana Santa, pum-pum, acelerado. Tus manos recorren su espalda musculosa, marcada por horas en el gym, sintiendo cada tendón tenso. Él te quita el huipil despacito, dejando tus pezones duros al aire, rozándolos con los dedos. Un escalofrío te recorre la espina, del clítoris al cuero cabelludo.

¡No mames, esto va a estar de poca madre!

Lo guías a la cruz, que está recargada contra la pared del cuarto, forrada de almohadones pa' que no joda. El olor a madera fresca te excita, como si fuera incienso de catedral pero con vibra carnal. Alejandro se para frente a ella, brazos abiertos, verga ya medio parada bajo el taparrabos improvisado de sábana. Tú tomas el aceite de coco, lo calientas en tus palmas y empiezas a untarlo en su torso. La piel se le brilla, resbalosa, y él gime bajito: "¡Ay, wey, qué chingón!". Tus dedos bajan por su abdomen, palpando el six pack, hasta rozar la base de su pito. Sientes su pulso ahí, latiendo fuerte, caliente como brasa.

Acto dos, la cosa se pone intensa. Lo atas a la cruz con las cuerdas, nudos suaves pero firmes, como él te enseñó en esas noches de juegos. Sus muñecas quedan extendidas, pecho expuesto, piernas abiertas. El sonido de la cuerda rozando madera es como un susurro prohibido. Te arrodillas frente a él, como Magdalena en la película, pero en vez de llorar, le mamas la verga con devoción. La tomas en la boca, salada y venosa, saboreando el precum que sabe a mar y a él. "¡Órale, mi reina, chúpamela rico!", jadea, voz entrecortada. Tu lengua gira alrededor del glande, sintiendo cómo se hincha, cómo palpita contra tu paladar. El cuarto se llena de sonidos: succiones húmedas, su respiración agitada, el zumbido del ventilador que mueve el aire cargado de feromonas.

Pero no lo dejas gozar todavía. Te paras, te quitas las chones empapadas, revelando tu panocha rasurada, hinchada de ganas. El olor a tu propia excitación sube, almizclado, delicioso. Frotes tu clítoris contra su muslo atado, sintiendo el roce áspero de su vello púbico. "Sufre un poquito, mi Cristo", le dices juguetona, mientras le pellizcas los pezones untados de aceite. Él se retuerce, no de dolor sino de puro tesón, músculos flexionados, venas marcadas en los brazos. Te subes a él, montándolo como amazona, tu coño rozando su verga sin penetrar aún. El calor entre sus piernas te quema, húmedo, pegajoso. Internalizas el momento: Esto es nuestra pasión, nuestra crucifixión privada, donde el éxtasis es la resurrección.

La tensión sube como olla exprés. Le besas el pecho, lamiendo el sudor salado que perla su piel. Él te agarra el pelo con la mano floja de la cuerda, tirando suave: "¡Cógeme ya, cabrona!". Tú lo miras a los ojos, pupilas dilatadas como pozos negros. Desatas una cuerda, lo liberas un brazo pa' que te toque. Sus dedos gruesos encuentran tu botón, lo masajean en círculos, haciendo que tus jugos chorreen por sus bolas. Gimes fuerte, sonido gutural que rebota en las paredes. "¡Sí, así, pinche dios mío!". El ritmo acelera: tú lo masturbas firme, él te mete dos dedos adentro, curvándolos en tu punto G. El squish-squish de tu coño mojado es música erótica, mezclado con vuestros jadeos. Sientes el orgasmo construyéndose, como tormenta en el horizonte, nubes negras de placer.

Lo desatas del todo, la cruz cae suave al piso acolchado. Ahora él te carga como a pluma, te avienta a la cama. El colchón huele a sábanas frescas y sexo viejo. Te abre las piernas, te come el chocho con hambre de lobo. Su lengua plana lame desde el ano hasta el clítoris, saboreando tus labios mayores hinchados. "Sabes a miel, mi Magdalena", gruñe. Tú arqueas la espalda, uñas clavadas en su nuca, oliendo su pelo con shampoo de hierbas. El clímax te pega primero: olas de fuego desde el vientre, piernas temblando, grito ahogado: "¡Me vengo, wey, no pares!". Chorras un chorrito que él lame ansioso, salado-dulce.

Acto tres, la resurrección carnal. Alejandro se para sobre ti, verga tiesa como poste, goteando. Te penetra de un golpe, llenándote hasta el fondo. Sientes cada vena rozando tus paredes, el glande besando tu cervix. "¡Qué rico tu pito, cabrón!", gritas, mientras él bombea fuerte, pelvis chocando contra la tuya con palmadas húmedas. Sudor gotea de su frente a tus tetas, resbaloso. Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como yegua, tetas rebotando, manos en su pecho pa' marcarlo con rasguños leves. Él te aprieta el culo, dedos hundiéndose en carne suave. El olor a sexo impregna todo, espeso, adictivo.

El pico llega juntos. Tú aprietas su verga con contracciones vaginales, él gruñe "¡Me corro, mi amor!". Sientes el chorro caliente inundándote, semen espeso mezclándose con tus jugos. Tu segundo orgasmo explota, visión borrosa, cuerpo convulsionando. Caen enredados, pulsos galopantes sincronizados, respiraciones entrecortadas. Él te besa la frente, suave ahora, mientras el afterglow los envuelve como sábana tibia.

Esta crucifixión fue nuestra salvación, la pasión que nos une más que cualquier rezo.

Se quedan así, piel con piel, escuchando el tráfico lejano de la avenida. No hay culpa, solo paz satisfecha. Mañana verán otra peli, pero esta noche, crucifixión La Pasión de Cristo fue suya, carnal y eterna.

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