Pasión y Poder Capítulo 73 El Dominio del Deseo
El sol se ponía sobre Polanco, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se colaban por las ventanas de mi penthouse. Yo, Isabella, dueña de la cadena de hoteles más chida de la Ciudad de México, acababa de cerrar una junta eterna con esos inversionistas mamalones que no sabían ni cómo pedir un tequila decente. Me quité los tacones Louboutin con un suspiro, sintiendo cómo el mármol fresco del piso me masajeaba las plantas de los pies. Neta, qué día de pasión y poder, pensé, recordando el último capítulo de mi telenovela guilty pleasure, Pasión y Poder capítulo 73, donde Ana Laura por fin se entrega a Ricardo en una escena que me dejó mojadita solo de verla.
Me serví un mezcal ahumado en un vaso de cristal tallado, el aroma terroso invadiendo mis fosas nasales mientras el líquido ardía camino a mi estómago. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva de mi cuerpo de treinta y cinco años, bien conservado gracias a mis sesiones de yoga en Reforma y las escapadas a la playa en Valle de Bravo. Estaba sola, o eso creía, hasta que oí el timbre. Miré la cámara del interfón: era él. Alejandro. Mi socio, mi rival, el cabrón que me hacía hervir la sangre con solo una mirada.
—Pasa, wey —le dije por el intercomunicador, mi voz ronca de anticipación.
Entró como si fuera el dueño del lugar, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. Olía a sándalo y a hombre exitoso, a esas colonias caras que compran en las boutiques de Masaryk. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis que el escote apenas contenía.
—¿Qué pedo, Isabella? ¿Me invitas a tu guarida después de esa junta donde me quisiste madrear? —dijo con esa sonrisa pícara, acercándose demasiado.
Sentí su calor antes de que me tocara. Mi piel se erizó, los pezones endureciéndose bajo la tela.
Este pendejo sabe cómo encenderme, neta que es mi debilidad.Me acerqué, rozando su brazo con el dorso de la mano.
—No seas mamón, Alejandro. Tú también me la pusiste difícil hoy. Pero mira, aquí estamos. ¿Quieres un trago o prefieres algo más... intenso?
Su risa fue grave, vibrando en el aire cargado de tensión. Tomó el vaso de mi mano y bebió un sorbo, sus labios húmedos rozando donde los míos habían estado. El poder entre nosotros siempre había sido un juego: él con su imperio de bienes raíces en Santa Fe, yo con mis hoteles llenos de turistas gringos y europeos. Pero esta noche, como en Pasión y Poder capítulo 73, el deseo ganaría.
Acto primero del our own drama: nos sentamos en el sofá de piel italiana, las luces de la ciudad parpadeando abajo como estrellas caídas. Hablamos de negocios al principio, voces bajas, cuerpos inclinándose uno hacia el otro. Su rodilla tocó la mía, un roce casual que envió chispas por mi espina. Lo miré fijo, oliendo su aliento a menta y mezcal.
—Sabes, vi Pasión y Poder capítulo 73 anoche —murmuré, mi mano subiendo por su muslo—. Ana Laura y Ricardo, al fin rindiéndose al fuego. Me dejó pensando en nosotros.
Él arqueó una ceja, su mano cubriendo la mía, apretando con firmeza.
—¿Y qué pensaste, reina? ¿Que yo soy el Ricardo que te va a conquistar?
Me reí, pero el sonido salió ahogado cuando sus dedos trazaron círculos en mi piel. El aire se espesó con el aroma de mi excitación, ese olor almizclado que traiciona al cuerpo. Lo empujé suave contra el respaldo, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi concha a través de la tela, palpitante, lista.
—Esta noche, el poder es mío primero —susurré, mordiendo su labio inferior. Sabía a sal y promesas.
La transición al medio acto fue como una tormenta building up. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando el vestido hasta mi cintura. Gemí cuando sus pulgares rozaron el encaje de mis panties, ya empapadas. Qué chingón se siente su toque, áspero y tierno a la vez. Lo besé con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo, saboreando el mezcal en su boca. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.
Me levantó como si no pesara nada, caminando hacia la recámara con mis piernas enroscadas en su cadera. La cama king size nos esperaba, sábanas de hilo egipcio crujiendo bajo nuestro peso. Caímos juntos, riendo entre besos. Le arranqué la camisa, exponiendo su torso moreno, músculos definidos por horas en el gym de Lomas. Lamí su piel salada, bajando por su abdomen hasta el botón de sus pantalones.
—Qué delicia de hombre —pensé, mientras bajaba el zipper con los dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Él jadeó, enredando sus dedos en mi cabello negro largo.
—Chíngame con la boca, Isabella. Muéstrame tu poder.
Lo hice. Lentamente al principio, lengua girando alrededor de la punta, saboreando su esencia salada y ligeramente dulce. Bajé más, succionando, mi garganta relajándose para tomarlo profundo. Los gemidos de él llenaron la habitación, mezclados con el tráfico lejano de Insurgentes. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, siempre atento a mis señales. Yo controlaba el ritmo, mirándolo desde abajo, viendo el sudor perlar su frente.
Pero Alejandro no era de los que se rinden fácil. Me volteó con un movimiento fluido, quitándome el vestido de un tirón. Mis chichis rebotaron libres, pezones duros como piedras. Se lanzó sobre ellos, chupando uno mientras pellizcaba el otro, dientes rozando lo justo para doler rico. Grité, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda.
—Más, cabrón, no pares —supliqué, mi voz quebrada.
Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando en círculos expertos mientras dos hilos se hundían en mi coño empapado. El sonido era obsceno, chapoteante, mi jugo cubriendo su mano.
Esto es puro poder, neta que me tiene en sus manos y yo en las suyas.El orgasmo me golpeó primero, olas de placer convulsionándome, visión nublada por estrellas. Él no paró, lamiendo mi cuello, mordiendo mi oreja mientras yo temblaba.
El clímax del acto final llegó como un volcán. Me puso de rodillas, mi culo en pompa, y entró en mí de un solo empujón. ¡Ay, Dios! Tan lleno, estirándome perfecta. Su verga me llenaba, golpeando ese punto que me volvía loca. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros ayes y maldiciones cariñosas.
—Estás tan chingona, Isabella. Tu concha me aprieta como guante —gruñó, una mano en mi cadera, la otra en mi pelo, tirando suave para arquearme.
Follamos como animales en celo, cambiando posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, sintiendo sus bolas contra mi culo; él detrás, profundo, sus dedos en mi clítoris otra vez. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, jugos, pasión cruda. Mi segundo orgasmo me destrozó, paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.
—Me vengo, reina —avisó, saliendo justo a tiempo para derramarse en mi espalda, chorros calientes marcándome como suya.
Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón latiendo fuerte como tambor. Lo besé suave, probando el salado de su piel.
—Esto fue mejor que Pasión y Poder capítulo 73 —murmuré, riendo bajito.
Él me abrazó más fuerte, su voz ronca en mi oído.
—Somos nuestra propia telenovela, mi amor. Pasión y poder, para siempre.
En el afterglow, con la ciudad durmiendo abajo, sentí una paz profunda. No era solo sexo; era equilibrio, dos fuerzas iguales fusionándose. Mañana volveríamos a pelear por contratos, pero esta noche, el deseo nos había unido. Y qué chido se sentía.