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Abismo de Pasion Capitulo 53 La Rendicion en Llamas

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Abismo de Pasion Capitulo 53 La Rendicion en Llamas

El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de lino blanco de la villa, tiñendo la habitación de un dorado cálido que hacía brillar la piel morena de Ana. Ella estaba recostada en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio revueltas a su alrededor como olas de un mar embravecido. Hacía semanas que no veía a Diego, su amante prohibido, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. El aire olía a sal marina y jazmín del jardín, mezclado con el leve aroma de su perfume, ese que él le había regalado en su última escapada.

Ana se mordió el labio inferior, recordando el abismo de pasion que los unía desde aquella noche en la playa de Sayulita. Cada encuentro era como un capítulo más en su historia secreta, y este, el capitulo 53, prometía ser el más intenso. Su corazón latía con fuerza, un tamborileo que resonaba en su pecho mientras oía el motor de la camioneta de Diego aproximándose por el camino de grava. Ya viene, mi rey, pensó, sintiendo un cosquilleo eléctrico subir por sus muslos.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, alto, con esa camisa guayabera desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su pecho. Sus ojos negros la devoraron de inmediato, como si no hubieran pasado días de ausencia. "Ana, mi vida", murmuró con esa voz ronca que la derretía, cerrando la distancia en tres zancadas. El olor de su colonia, madera y cítricos, la envolvió antes de que sus labios rozaran los de ella.

¡Órale, qué ganas tenía de ti, pendejo!
exclamó ella riendo bajito, tirando de su camisa para pegarlo a su cuerpo. Sus bocas se fundieron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, saboreando el salado de sus pieles sudadas por el calor tropical. Las manos de Diego se deslizaron por su espalda desnuda, bajo la camisola de seda, apretando sus nalgas con posesión juguetona.

El deseo inicial era como una chispa, pero Ana sentía la tensión acumulada en cada roce. Habían hablado por teléfono, susurrando promesas calientes mientras ella se tocaba pensando en él, pero nada comparado con esto. Se separaron jadeantes, mirándose con pupilas dilatadas. "Te extrañé tanto, carnal", dijo él, besando su cuello, inhalando el aroma dulce de su sudor mezclado con vainilla de su loción.

Acto uno completo, pensó Ana mientras lo empujaba hacia la cama. Lo quería despacio al principio, saborear la build-up. Se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza presionando contra su centro a través de la tela delgada de sus boxers. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, punteado por el romper de las olas lejanas. Sus dedos trazaron los músculos de su abdomen, sintiendo la piel caliente y tersa, el leve raspón de su vello.

Diego gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. "Eres mi adicción, neta", confesó, levantando su camisola para exponer sus senos plenos. Sus pezones se endurecieron al aire, rosados y sensibles. Él los lamió con devoción, la lengua áspera enviando descargas directas a su clítoris. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. Esto es el abismo, puro fuego, se dijo, mientras sus caderas se mecían instintivamente.

La escalada comenzó cuando ella se deslizó hacia abajo, besando cada centímetro de su torso. El sabor salado de su piel era embriagador, como tequila reposado con limón. Desabrochó sus boxers con dientes, liberando su miembro erecto, grueso y pulsante. Lo miró con picardía: "¿Listo para tirar la fresa, wey?". Él rio, enredando dedos en su cabello negro ondulado. "Siempre contigo, mi reina".

Ana lo tomó en su boca, lenta al inicio, saboreando la gota perlada en la punta, salada y almizclada. El sonido húmedo de succión llenaba el aire, mezclado con los jadeos de Diego. Él se retorcía bajo ella, las venas de sus antebrazos marcadas mientras apretaba las sábanas. Internamente, Ana luchaba con el torrente: Quiero que dure, pero ya me estoy mojando tanto. Sus bragas estaban empapadas, el calor entre sus piernas insoportable.

Él la volteó con gentileza pero firmeza, colocándola de rodillas sobre el colchón mullido. "Déjame devorarte", suplicó, bajando su cabeza. Sus labios rozaron el interior de sus muslos, la barba incipiente raspando deliciosamente. Ana contuvo el aliento cuando su lengua encontró su sexo, lamiendo con maestría, chupando su clítoris hinchado. El placer era agudo, como rayos, olor a excitación femenina flotando pesado. Ella gritó su nombre, "¡Diego, ay Dios!", caderas empujando contra su cara.

La tensión psicológica subía: recordaba las barreras, sus vidas separadas —ella empresaria en Guadalajara, él surfista profesional—, pero aquí, en esta villa rentada con vista al Pacífico, nada importaba. Cada lamida era una promesa de eternidad. Diego insertó dos dedos, curvándolos para tocar ese punto sensible, mientras su pulgar masajeaba su entrada trasera con ternura. Ana se deshacía, el sudor perlando su frente, el corazón galopando.

"No aguanto más", gimió ella, jalándolo hacia arriba. Se posicionaron, piel contra piel, el calor de sus cuerpos fundiéndose. Él se hundió en ella despacio, centímetro a centímetro, estirándola con placer doloroso. Ambos jadearon al unísono, el sonido carnoso de penetración resonando. Esto es el capitulo 53 de nuestro abismo de pasion, pensó Ana, mientras él comenzaba a moverse, embestidas profundas y rítmicas.

El ritmo se aceleró, camas chirriando, cuerpos chocando con palmadas húmedas. Diego la besaba con fiereza, mordisqueando su labio inferior. "Eres tan apretada, tan chingona", gruñía entre dientes. Ana clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas, el dolor avivando su fuego. El olor a sexo impregnaba todo, almizcle y sudor, mientras sus pechos rebotaban con cada thrust. Internamente, la lucha:

Quiero correrme ya, pero que dure esta gloria
.

Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas con fuerza amorosa. Desde atrás, penetraba más profundo, golpeando su cervix con precisión. Ana se tocaba el clítoris, círculos rápidos, el placer acumulándose como una ola tsunami. "¡Más fuerte, carnal!", exigía, empoderada en su lujuria. Diego obedecía, sudor goteando de su frente a su nalga, el slap-slap ecoando como tambores aztecas.

El clímax se acercaba, pulsos acelerados sincronizándose. Ana sintió la contracción primero, un espasmo que la hizo gritar, walls apretando su polla como vicio. "¡Me vengo, Diego!", aulló, el orgasmo explotando en estrellas detrás de sus párpados cerrados. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes, su semilla derramándose dentro.

Colapsaron juntos, entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose gradualmente. El afterglow era dulce, pieles pegajosas enfriándose al brisa marina que entraba por la ventana entreabierta. Diego besó su sien, susurrando "Te amo, mi todo". Ana sonrió, trazando patrones en su pecho con un dedo. Este abismo de pasion no tiene fondo, y qué chido, reflexionó, sintiendo paz profunda.

Se quedaron así, escuchando el océano, sabiendo que el capitulo 53 era solo una página más en su saga infinita. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojos apasionados, prometiendo más noches de rendición total.

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