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Pasión Comedia en la Fiesta

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Pasión Comedia en la Fiesta

La música de cumbia retumbaba en el departamento de mi carnala Lupe, y el aire estaba cargado de ese olor a tacos al pastor recién hechos, con su pinche piña chorreando jugo dulce y el humo del carbón que te hacía agua la boca. Era su cumpleaños número veintiocho, y la raza andaba bien prendida: botellas de tequila Don Julio por todos lados, risas que se mezclaban con los gritos de ¡Órale, cabrón! cada vez que alguien contaba un chiste chafa. Yo, Ana, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como diosa, pero que en realidad me picaba en las nalgas por el calor de la noche mexicana.

Estaba platicando con unas morras sobre lo pendejo que es mi ex, cuando de repente, ¡zas! Mi tacón se enreda en la alfombra raída del piso y voy de volada hacia el mesón de las chelas. El vaso de tequila se me va de las manos y le cae directo en la playera blanca de un wey alto, moreno, con ojos que brillaban como luces de neón en Reforma. ¡No mames! grité yo, mientras él se sacudía la camisa empapada, riéndose a carcajadas como si fuera lo mejor del mundo.

Tranquila, güerita, dijo él con voz grave, ese tono que te eriza la piel. —Esto es pasión comedia desde el arranque. Soy Luis, el vecino del depto de al lado. ¿Me invitas a un trago para compensar?

Me quedé ahí, con la cara roja como tomate, oliendo a tequila y a su colonia que era pura testosterona mezclada con jabón. Su pecho se marcaba bajo la tela mojada, y neta, sentí un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.

¿Qué pedo, Ana? ¿Ya te estás imaginando montándotelo?
pensé, mientras le pasaba otra chela. La fiesta seguía su rollo, pero de repente todo se sentía como si fuéramos los únicos dos en el pinche universo.

Nos sentamos en el balcón, con la brisa nocturna trayendo olores de elotes asados de la calle y el bullicio de los coches en Insurgentes. Hablábamos de todo: de cómo él era comediante en un bar chiquito en la Condesa, contando chistes sobre la vida de solteros en la CDMX, y yo le contaba mis desmadres en la chamba de diseñadora gráfica, donde mi jefe es un pendejo que no sabe ni de Photoshop. Cada risa suya era como un roce eléctrico; sus manos grandes gesticulaban y rozaban mi brazo sin querer, enviando chispas por mi piel. El sudor nos perlaba la frente, y el calor entre nosotros crecía como la espuma de una cerveza mal servida.

¿Sabes qué? me dijo, acercándose tanto que olía su aliento a menta y tequila. —Esta pasión comedia que armamos con el derrame me tiene pensando en más desmadres contigo.

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. ¡Pinche Luis, con esa sonrisa de galán de telenovela! Lo miré a los ojos, y sin pensarlo, le di un beso rápido en la mejilla, pero él giró la cara y nuestros labios chocaron. Fue suave al principio, como probar un mango maduro, dulce y jugoso, pero luego su lengua se coló, explorando mi boca con hambre. Sus manos en mi cintura, apretando la tela del vestido, y yo sintiendo el bulto endureciéndose contra mi muslo.

Esto es demasiado bueno para ser solo comedia
, me dije, mientras el mundo se desvanecía.

La cosa escaló cuando entramos de nuevo a la fiesta. Bailábamos pegaditos al ritmo de La Chona, sus caderas moviéndose contra las mías, ese roce que te hace jadear sin querer. Todos nos veían y silbaban, ¡Ya se armó el desmadre! gritaba Lupe. Pero Luis me susurraba al oído: Neta, Ana, tu cuerpo me trae loco. Quiero olerte toda la noche. Sus dedos bajaban por mi espalda, rozando el borde de mis nalgas, y yo sentía mi chichi humedeciéndose, el calor entre las piernas como fuego de mezcal.

Él me llevó a la cocina, fingiendo buscar hielo para su camisa mojada. Ahí, solos entre ollas y el olor a mole que Lupe había preparado, me acorraló contra la refri. —Déjame verte, murmuró, bajando los tirantes de mi vestido. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana bajo su mirada hambrienta. Los besó, chupó, lamió con lengua experta, y yo gemía bajito, ¡Ay, wey, qué rico! Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo su verga tiesa, gruesa, palpitando bajo la tela. La saqué, piel caliente y suave como terciopelo sobre hierro, y la apreté, oyendo su gruñido ronco que vibraba en mi pecho.

Pero la comedia no paraba: de repente, la puerta se abrió y entró mi primo borracho buscando chelas. ¡Oops! Nos separamos riendo como pendejos, él tapándose con una servilleta, yo arreglándome el vestido. Esto es pasión comedia pura, soltó Luis, y salimos como si nada, pero con la promesa en los ojos de terminar lo empezado.

Ya en el depto de Lupe, la fiesta bajaba de tono, pero nuestra intensidad subía. Me jaló a su depto vecino —Mi carnal está de viaje, dijo—, y ahí, en su recámara con posters de rock en español y olor a sábanas frescas, se desató el desmadre. Me quitó el vestido de un jalón, besando cada centímetro de mi piel: el cuello salado de sudor, las curvas de mis caderas, bajando hasta mi entrepierna empapada. Te huelo a miel y deseo, gruñó, enterrando la cara en mi panocha. Su lengua lamía mis labios hinchados, chupaba el clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda, oliendo mi aroma almizclado que lo volvía loco. Yo agarraba su pelo, ¡Más, cabrón, no pares!, mientras oleadas de placer me recorrían como corrientes eléctricas.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga erecta, venosa, con gotas de precum que saboreé como néctar salado. La chupé despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el sabor terroso y caliente, sus gemidos como música ronca. ¡Ana, eres una diosa! jadeaba, mientras yo la tragaba hasta la garganta, mis manos masajeando sus huevos pesados.

La tensión era insoportable, nuestros cuerpos sudados resbalando uno contra el otro. Me puso en cuatro sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros, y entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué apretadita, qué caliente! gruñó, mientras yo sentía cada vena rozando mis paredes, el placer punzante y dulce. Embestía rítmico, piel contra piel chapoteando, el olor a sexo impregnando el aire, mis tetas balanceándose al compás. Grité su nombre, ¡Luis, fóllame más duro!, y él obedeció, una mano en mi clítoris frotando círculos, la otra pellizcando mis pezones.

Cambiábamos posiciones como en una coreografía erótica: yo encima, cabalgándolo, sintiendo su verga golpear mi punto G, mis jugos chorreando por sus muslos; de lado, cucharita, besándonos con lenguas enredadas, saboreando sudor y saliva. El clímax se acercaba como tormenta: mis músculos se contraían, pulsos acelerados, jadeos sincronizados. ¡Me vengo! chillé, explotando en espasmos que lo ordeñaban, y él se derramó dentro, chorros calientes inundándome, gruñendo como bestia.

Quedamos tirados, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y temblorosa, el cuarto oliendo a pasión comedia consumada. Su mano acariciaba mi pelo, y yo besaba su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.

Esto no fue solo un desmadre de fiesta; fue conexión pura, risa y fuego
, pensé, mientras la luna se colaba por la ventana, testigo de nuestro afterglow. Luis me miró: —¿Repetimos la pasión comedia mañana, güerita? Sonreí, sabiendo que sí, que esto apenas empezaba en la jungla de la ciudad.

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