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Las Horas Ardientes de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

7430 palabras

Las Horas Ardientes de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

Era Viernes Santo en el corazón de Querétaro, donde el aire olía a incienso quemado y copal flotando desde la iglesia del pueblo. Las calles estaban llenas de procesiones, con los morenitos cargando cruces pesadas y el eco de saetas desgarrando el silencio. Yo, Ana, de treinta y dos años, maestra en la escuela primaria, me quedé en casa con Javier, mi amante secreto desde hace un año. Él, un carpintero guapo y fornido de ojos cafés que me miraban como si yo fuera su Virgen personal. Habíamos decidido pasar las horas de la pasión de nuestro Señor Jesucristo juntos, recitando las oraciones del librito viejo que mi abuela me dejó. Era tradición, pero en el fondo, sabía que algo más ardía entre nosotros.

Nos sentamos en la sala, iluminados por velas parpadeantes sobre la mesita de madera tallada. El sol del atardecer se colaba por las cortinas de encaje, tiñendo todo de rojo sangre. Javier abrió el libro, su voz grave y ronca empezando la primera hora: "En la noche del jueves al viernes, Jesús suda sangre en el huerto...". Yo lo escuchaba, pero mi piel ya picaba. Sentía el calor de su muslo rozando el mío bajo la falda ligera de algodón. ¿Por qué carajos hoy, justo hoy? pensé, mientras mi corazón latía como tambor de fiesta patronal.

El olor a su colonia barata, esa que huele a madera y limón, se mezclaba con el mío, un perfume de jazmín que me ponía cachonda sin querer. Sus dedos gruesos, callosos de tanto martillar tablas, pasaban las páginas con lentitud, rozando mi mano accidentalmente. Cada roce era eléctrico, como si el Espíritu Santo nos estuviera jugando una mala pasada.

¡No mames, Ana! Esto es sagrado, contrólate, wey
, me dije, pero mis pezones ya se endurecían contra la blusa delgada, traicionándome.

Avanzamos a la segunda hora, la oración del prendimiento. Javier leía con devoción fingida, pero sus ojos bajaban a mi escote, donde mis tetas subían y bajaban con la respiración agitada. "Señor mío Jesucristo, que por mi amor fuiste atado...". Su voz se quebró un poco, y yo sentí un cosquilleo entre las piernas, esa humedad traidora que empezaba a empapar mis calzones. El ruido lejano de la procesión —el llanto de las beatas, el golpeteo de tambores— se colaba por la ventana abierta, como un fondo perfecto para nuestra propia ceremonia prohibida.

De repente, Javier cerró el libro con un golpe seco. "Ana, no puedo más con esta pasión santa. Tú eres mi cruz, mi calvario", murmuró, y me jaló hacia él. Nuestros labios chocaron como en una batalla, su lengua invadiendo mi boca con sabor a café de olla y deseo puro. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto. ¡Qué rico sabe, pendejo! El beso era húmedo, salvaje, con el chasquido de saliva que llenaba la habitación silenciosa.

Acto segundo: la escalada. Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps tensos bajo mis palmas. Me llevó al cuarto, donde la cama king size con sábanas blancas nos esperaba. El aire estaba cargado de nuestro sudor incipiente, ese olor almizclado que grita sexo. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis tetas grandes y firmes al fresco de la tarde. "Mamacita, estás más rica que tamal en fiesta", dijo con esa sonrisa pícara mexicana que me deshace. Sus labios bajaron a mis pezones, chupándolos con hambre, el roce áspero de su barba incipiente enviando chispas directo a mi clítoris.

Yo arqueé la espalda, gimiendo "¡Ay, Javier, no pares, cabrón!". Mis uñas se clavaron en su espalda ancha, sintiendo los músculos duros como rocas. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, que saltó dura como palo de escoba. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor que emanaba, el líquido preseminal salado que lamí de la punta. Sabe a hombre puro, a pecado delicioso. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

Mientras seguíamos las horas de la pasión de nuestro Señor Jesucristo en nuestra mente —porque las oraciones se mezclaban con nuestros jadeos—, Javier me bajó la falda y los calzones. Mis piernas se abrieron solas, mi panocha depilada brillando de jugos, hinchada y lista. "Estás empapada, mi reina", susurró, metiendo dos dedos gruesos adentro. El sonido chapoteante de mi humedad llenó el cuarto, junto al plink de la cadena del rosario que colgaba de la cabecera. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, cabalgando sus dedos mientras él lamía mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

El conflicto interno me azotaba:

Esto es pecado mortal, Ana. Pero ¿y si Dios hizo el cuerpo para gozar? ¿Y si esta es mi propia pasión redentora?
Javier lo sentía, me besó la frente como absolviéndome. "Déjate llevar, amor. Hoy es Viernes de Pasión, no de sufrimiento". Me volteó boca abajo, su cuerpo pesado cubriéndome, el peso delicioso oprimiendo mis tetas contra el colchón. Su verga rozó mi entrada, caliente y resbalosa, y empujó despacio. ¡Madre mía, qué grande! Entró centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer era agudo, como un latigazo de éxtasis.

Empezamos a movernos, un ritmo lento al principio, sincronizado con el tañido lejano de las campanas. Sus embestidas se aceleraban, el plaf plaf de carne contra carne, el sudor chorreando por su pecho y goteando en mi espalda. Olía a sexo crudo, a testosterona y mi esencia dulce. Agarré las sábanas, mordiendo la almohada para no gritar y alertar a los vecinos devotos. "¡Más fuerte, Javier, chíngame como hombre!" le rogué, y él obedeció, clavándome profundo, su mano bajando a frotar mi clítoris hinchado.

La tensión subía como la marea en la costa veracruzana. Sentía el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su pinga. Él jadeaba en mi oído: "Me vengo, Ana, ¡órale!". El clímax nos golpeó juntos. Yo exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta, oleadas de placer sacudiendo mi cuerpo, mi panocha ordeñándolo. Javier se derramó adentro, chorros calientes inundándome, su gruñido ronco como oración profana.

Acto final: el afterglow. Nos quedamos tendidos, enredados en sábanas húmedas, el pecho de Javier subiendo y bajando contra el mío. El sol se había puesto, y ahora la luna iluminaba nuestras pieles perladas de sudor. El olor a sexo persistía, mezclado con el incienso que aún flotaba del exterior. Me acurruqué en su brazo, trazando círculos en su pecho peludo.

"¿Crees que Dios nos perdone esta pasión?" pregunté bajito, vulnerable. Él rio suave, besándome la sien. "Si no, que nos mande al infierno juntos, mi santa pecadora. Las horas de la pasión no son solo de dolor, son de entrega total". Afuera, la procesión terminaba con un último rezo colectivo. Nosotros teníamos el nuestro, silencioso y satisfecho.

Me quedé pensando en eso mientras el sueño nos vencía. En México, la fe y el fuego siempre bailan juntos. Hoy, las horas de la pasión de nuestro Señor Jesucristo habían sido nuestras también, un ritual de carne y alma que nos unía más que cualquier cruz. Y qué chido se sentía.

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