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Hacer el Amor con Muita Pasión

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Hacer el Amor con Muita Pasión

La noche en Polanco estaba viva, con luces de neón bailando sobre las banquetas y el aroma a tacos al pastor flotando en el aire. Ana caminaba por la avenida, su vestido rojo ceñido a las curvas que tanto le enorgullecían, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel morena. Hacía meses que no salía así, pero esa fiesta en la casa de su carnala prometía ser épica. Órale, neta que necesito distraerme, pensó mientras entraba, el reggaetón retumbando en sus oídos como un latido compartido.

Ahí estaba él, Carlos, recargado en la barra improvisada, con esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba. Alto, con el cabello negro revuelto y una camisa blanca que dejaba ver el tatuaje de águila en su pecho. Habían sido amantes años atrás, antes de que la vida los separara con trabajos en ciudades distintas. Sus ojos se encontraron, y el mundo se achicó.

¿Por qué carajos me mira así? Como si quisiera comerme viva. Ay, wey, no empieces con tus jueguitos
, se dijo Ana, pero su cuerpo ya traicionaba, con un calor subiendo desde el vientre.

¡Ey, mamacita! ¿Cuánto tiempo? —dijo él acercándose, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente.

Mucho, pendejo —rió ella, dándole un empujón juguetón en el pecho. El contacto fue eléctrico, su piel firme bajo los dedos. Olía a colonia fresca mezclada con sudor varonil, un olor que le erizaba la nuca.

Charlaron de todo y nada: del pinche tráfico de la CDMX, de antojos de chilaquiles, de cómo la vida los había hecho más cabrones. Pero la tensión crecía con cada roce accidental, cada mirada que se prolongaba. Él le rozó la mano al pasarle un tequilita, y Ana sintió el pulso en las sienes. Hacer el amor con mucha pasión, eso es lo que este wey siempre me provoca, admitió en silencio, recordando noches pasadas donde sus cuerpos se fundían como miel caliente.

La fiesta avanzaba, pero ellos ya estaban en su propio ritmo. Bailaron pegados, sus caderas moviéndose al son de la música, el calor de su aliento en la oreja de ella. —Ven, salgamos un rato, murmuró Carlos, tomándola de la mano. Afuera, el aire fresco de la noche contrastaba con el fuego interno. Caminaron hasta su coche, un cacharro viejo pero chido, y se besaron por primera vez esa noche. Sus labios eran suaves, con sabor a tequila y limón, y las lenguas se enredaron con hambre contenida.

Acto dos: la escalada

En el departamento de Ana, en la Condesa, las luces tenues pintaban sombras sensuales en las paredes. Ella lo jaló adentro, cerrando la puerta con un pie mientras sus bocas no se separaban. Su lengua sabe a deseo puro, neta que me moja entera, pensó, sintiendo la humedad entre sus muslos. Carlos la acorraló contra la pared, sus manos grandes explorando su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con fuerza juguetona.

Te extrañé, chula. Tus curvas me vuelven loco —gruñó él, mordisqueando su cuello. El roce de sus dientes envió chispas por la espina dorsal de Ana, y ella arqueó la espalda, gimiendo bajito. Olía a su perfume mezclado con el almizcle de excitación que empezaba a perfumar el aire. Le quitó la camisa, revelando ese torso esculpido por horas en el gym, y pasó las uñas por sus pectorales, oyendo su jadeo ronco.

Se movieron al sofá, despojándose de la ropa con urgencia pero sin prisa. El vestido rojo cayó como una cascada de sangre, dejando a Ana en lencería negra que realzaba sus pechos llenos. Carlos la miró con ojos hambrientos: —Eres una diosa, carnala. Ella rió, empujándolo para montarse a horcajadas. Sus senos rozaban su pecho, los pezones endurecidos como piedritas contra su piel cálida. Besó su mandíbula, saboreando la sal de su sudor, mientras sus caderas se mecían despacio, frotando su dureza contra su centro húmedo.

La tensión subía como el volcán que late dentro.

No aguanto más, quiero sentirlo todo, su verga gruesa partiéndome en dos con ternura y fuerza
. Carlos la volteó con gentileza, besando cada centímetro de su espalda, lamiendo la curva de su cintura. Sus dedos encontraron su clítoris, masajeándolo en círculos lentos, y Ana se mordió el labio para no gritar. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, punteado por gemidos ahogados. —Estás empapada, mi reina. ¿Quieres que te coma? —preguntó él, su aliento caliente en sus pliegues.

Sí, wey, hazme tuya ya —suplicó ella. Su lengua la invadió, lamiendo con devoción, saboreando su néctar dulce y salado. Ana se arqueó, las manos enredadas en su pelo, el placer construyéndose como olas en la costa de Puerto Vallarta. Él chupaba, succionaba, introduciendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella temblaba, el olor a sexo impregnando todo, sus jugos corriendo por sus muslos.

Pero querían más. Ana lo empujó al suelo, montándolo con decisión. Su verga, gruesa y venosa, se hundió en ella centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Hacer el amor con mucha pasión, así es con él, puro fuego mexicano. Se movieron en sincronía, ella cabalgando con ritmo salvaje, sus pechos botando, él embistiendo desde abajo con manos en sus caderas. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus gritos: —¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!

El clímax se acercaba, sus cuerpos sudados resbalando, corazones latiendo al unísono. Carlos la volteó de nuevo, penetrándola de misionero, mirándose a los ojos. Sus embestidas eran profundas, apasionadas, cada una rozando su alma. Ana clavó las uñas en su espalda, oliendo su esencia pura, sintiendo el pulso de su miembro hinchándose dentro.

Acto tres: la liberación

El orgasmo la golpeó como un rayo, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, gritando su nombre mientras chorros de éxtasis la atravesaban. Carlos la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con su semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegada a piel en un charco de sudor y fluidos.

En el afterglow, yacían enredados en las sábanas revueltas de la cama —habían migrado ahí en algún momento—. El aire olía a sexo satisfecho, a jazmín de su vela apagada. Carlos le acariciaba el cabello, besando su frente. —Eso fue épico, amor. Hacer el amor con mucha pasión contigo es lo mejor del mundo.

Ana sonrió, el cuerpo lánguido pero el corazón pleno.

Neta que este pendejo me tiene atrapada. Pero qué chido, ¿no? Quiero más noches así, con su calor envolviéndome
. Hablaron en susurros de futuros, de viajes a la Riviera Maya, de no dejar que la distancia los joda otra vez. El amanecer pintaba el cielo de rosa, y ellos se durmieron abrazados, con la promesa de pasiones renovadas.

Al despertar, Ana lo miró dormir, su rostro sereno. Se sentía empoderada, mujer en todo su esplendor. Esto es vida, carnal. Puro amor con fuego. Preparó café, el aroma llenando el depa, y lo despertó con un beso. La aventura apenas empezaba.

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