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Noah Diario de una Pasion Ardiente

7000 palabras

Noah Diario de una Pasion Ardiente

La arena tibia de la playa de Puerto Vallarta se pegaba a mis pies descalzos mientras caminaba bajo el sol del atardecer. El olor a salitre y coco flotaba en el aire, mezclado con el humo lejano de algún puesto de elotes asados. Hacía años que no volvía aquí, a este rincón del paraíso mexicano donde todo había empezado. Mi nombre es Ana, y en ese momento, rebuscando en el viejo bungalow que rentaba mi familia desde siempre, encontré él: el diario de Noah. La tapa de cuero gastada tenía grabado en letras desvaídas Noah Diario de una Pasion. Mi corazón dio un brinco. Noah, mi Noah, el wey que me había robado el alma hace diez años.

Me senté en la hamaca del porche, el viento juguetón revolviendo mi falda ligera contra mis muslos. Abrí el diario con manos temblorosas. Las páginas olían a papel viejo y a su colonia, esa esencia amaderada que aún me erizaba la piel.

Querido diario, hoy Ana me miró con esos ojos cafés que me derriten. Su piel morena brilla bajo el sol, y no puedo dejar de imaginar cómo sabe su boca, dulce como el tepache fresco.
Leí en voz baja, sintiendo un calor subir por mi pecho. Recordé esa noche en la playa, cuando éramos unos morros de veintitantos, libres y llenos de fuego. Él, con su pelo revuelto y sonrisa pícara, yo, la chava de la ciudad que fingía ser dura pero se deshacía con un roce suyo.

Las palabras de Noah me transportaron.

Su risa es como el romper de las olas, carnal. Hoy la besé por primera vez, y juro que su lengua sabe a mango maduro. Quiero perderme en ella, en sus curvas que se aprietan contra mí como si fuéramos uno solo.
Cerré los ojos, el pulso acelerándose. Mi cuerpo reaccionaba solo, un cosquilleo entre las piernas que me hacía apretar los muslos. ¿Dónde estaría ahora? ¿Seguiría pensando en mí como yo en él? El deseo, ese pendejo traicionero, me invadió de golpe. Tomé mi celular y busqué su nombre en redes. Ahí estaba, en Playa del Carmen ahora, pero con un post reciente: Volviendo a Vallarta por negocios. Extraño el mar y... algo más. Neta, el destino era un cabrón juguetón.

Acto primero cerrado, el sol se hundía en el horizonte tiñendo el cielo de rosas y naranjas cuando lo vi llegar al día siguiente. Le mandé un mensaje anoche, juguetona: Wey, encontré tu diario. ¿Platicamos? Respondió al instante. Ahora caminaba hacia mí por la orilla, alto, bronceado, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. El sonido de las olas chocando era como mi corazón latiendo desbocado. "Ana, mi reina", dijo con voz ronca, abrazándome fuerte. Su cuerpo duro contra el mío, el olor de su piel salada y sudorosa me mareó. "¿Leíste todo, verdad?"

"Lo suficiente pa' saber que eres un pervertido romántico", le contesté riendo, pero mi voz salió entrecortada. Nos sentamos en la arena, el diario entre nosotros. El viento traía risas de turistas lejanos y el graznido de las gaviotas. Hablamos horas, recordando chistes viejos, cómo nos escapábamos a cenar tacos al pastor en la zona romántica. Pero la tensión crecía, como una tormenta en el Golfo. Sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote donde el bikini asomaba bajo la blusa. Yo sentía su rodilla rozar la mía, un roce eléctrico que subía chispas por mi espina.

Hoy la toqué por primera vez ahí abajo, suave como terciopelo mojado. Gimió mi nombre, Noah, y casi me vengo solo de oírla.
Leí en voz alta esa entrada, mirándolo fijo. Él se sonrojó, pero sonrió pícaro. "Neta, Ana, cada palabra es cierta. Tú me volviste loco entonces... y ahora más". Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacio, el calor de su palma quemándome a través de la tela. Mi respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando. "Muéstrame qué más escribiste", murmuré, pero ya no quería leer. Quería sentir.

La noche cayó como un manto estrellado, el aire cargado de jazmín y mar. Caminamos al bungalow, sus dedos entrelazados con los míos, tirando de mí con urgencia contenida. Dentro, la luz tenue de las velas que encendí proyectaba sombras danzantes. Se quitó la camisa, revelando ese torso esculpido por años de surf. Lo toqué, mis uñas raspando su piel, sintiendo los músculos tensarse bajo mis dedos. "Qué rico hueles, carnal", susurró, besándome el cuello, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a mi centro.

Nos besamos como hambrientos, lenguas enredándose con sabor a sal y tequila de la botella que abrí. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, liberando mis senos. "Dios, Ana, estás más chula que nunca", gruñó, lamiendo un pezón endurecido. Gemí alto, el sonido ahogado por su boca. Bajó la mano a mi short, colándola dentro, encontrándome ya empapada. "Estás cañón, mi amor", dijo, dedos deslizándose en mi humedad, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Olía a nosotros, a deseo crudo, almizcle mezclado con coco de mi loción.

Lo empujé al colchón, montándome encima, frotándome contra su verga dura que palpitaba bajo el pantalón. "Léeme mientras te cojo", jadeé juguetona, recordando el diario. Él rio, voz grave: "

Su coño aprieta como nadie, caliente y resbaloso, me chupa hasta el alma.
" Desabroché su bragueta, liberando su miembro grueso, venoso, goteando pre-semen. Lo lamí desde la base, saboreando su sal, su gemido ronco como música. "¡Ana, pendeja deliciosa!" Lo tragué profundo, garganta acomodándose, sus caderas empujando suave.

La intensidad subió, sudor perlando nuestras pieles, el slap de carne contra carne cuando me penetró por fin. Entró lento, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. "¡Sí, Noah, así!", grité, cabalgándolo, senos rebotando. Él me agarraba las nalgas, guiando el ritmo, pulgares rozando mi ano en promesa. El cuarto olía a sexo, a sudor y fluidos, sonidos húmedos y jadeos llenando el aire. Cambiamos posiciones, él encima, embistiendo fuerte, mi clítoris frotándose contra su pubis. Esto es mejor que cualquier diario, pensé, uñas clavadas en su espalda.

El clímax llegó como ola gigante. "Me vengo, reina", rugió, tensándose, caliente semen llenándome mientras yo explotaba, contracciones ordeñándolo, visión borrosa de placer puro. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su cabeza en mi pecho, besando suave, el corazón latiéndole contra mi piel.

Después, en la afterglow, envueltos en sábanas revueltas, el diario olvidado en la mesita. "Esa fue la pasión real, Noah", susurré, acariciando su pelo. Él sonrió, ojos brillantes. "Y apenas empieza, mi Ana. Este diario necesita nuevas páginas". Afuera, las olas susurraban promesas, el aroma de la noche envolviéndonos en paz. Por primera vez en años, me sentía completa, ardiente y viva.

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