Musica y Pasion Pelicula Prohibida
Entré al cine de la colonia Roma con el corazón latiéndome a todo lo que daba. Era una noche de viernes en la Ciudad de México, y el cartel luminoso anunciaba Musica y Pasion Pelicula Prohibida, esa cinta que todos decían que era puro fuego, con escenas que te dejaban sudando en la butaca. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había ido sola porque mis amigas se rajaron a última hora. Neta, qué chido encontrar un lugar así, oscuro y cargado de promesas.
Me senté en una fila casi vacía, cerca de la pantalla. El olor a palomitas mezclándose con el perfume dulzón de alguna chava adelante me puso en mood. Las luces bajaron, y empezó la peli. Música sensual de mariachi fusionado con ritmos electrónicos llenó el aire, vibrando en mi pecho. La historia de un músico callejero y su musa, pasión desbordada en cada nota. Sentí un cosquilleo en las piernas al verlos besarse bajo las luces de neón.
De repente, un wey se sentó a mi lado. Alto, moreno, con una playera ajustada que marcaba sus pectorales. Olía a colonia fresca, como a limón y madera. Me volteó a ver y sonrió con picardía. ¿Qué onda, preciosa? ¿Vienes a ver la peli o a sentirla? dijo bajito, su voz ronca compitiendo con la banda sonora.
Le contesté coqueta: Las dos, guapo. Tú qué, ¿vienes a conquerir butacas? Se rió suave, y su mano rozó mi brazo accidentalmente. O no tan accidental. Se llamaba Diego, treintón, músico de oficio, tocaba guitarra en bares de la Condesa. Mientras la pantalla mostraba al prota arrancándole la blusa a la chava con dientes, sentí su aliento cerca de mi oreja. Esta peli me prende cañón, murmuró. Mi piel se erizó, el calor entre mis muslos empezó a subir.
La música de la peli nos envolvía como una caricia. Sus dedos jugaban con el borde de mi falda corta, subiendo despacito por mi muslo. No lo detuve. Órale, pensé, esto va en serio. Le puse la mano en la pierna, sintiendo el músculo tenso bajo el jeans. Nuestras miradas se clavaron, hambrientas. La escena en pantalla era puro desmadre: cuerpos entrelazados al ritmo de un bolero ardiente, gemidos ahogados por saxofones lujuriosos.
¿Y si nos salimos de aquí y continuamos la peli en mi depa? Vivo a dos cuadras, neta que está chido, susurró Diego, su aliento caliente en mi cuello. El pulso me retumbaba en las sienes. Asentí, mordiéndome el labio. Salimos a media función, el aire fresco de la noche nos golpeó, pero el fuego adentro no se apagaba. Caminamos rápido, riéndonos como pendejos, su mano en mi cintura guiándome.
Entramos a su departamento, un loft con posters de conciertos y una guitarra en la esquina. Puso la peli en su tele grande, pero ni la vimos. Me jaló contra él, sus labios capturando los míos con urgencia. Sabía a menta y deseo, su lengua explorando mi boca como un solo de guitarra salvaje. Te quiero ya, Ana, gruñó, sus manos desabotonando mi blusa. Sentí sus palmas callosas, de tanto rasguear cuerdas, deslizándose por mi espalda, desenganchando el bra.
Caímos en el sillón, mi falda subida hasta la cadera. Olía a su sudor limpio, mezclado con mi aroma de excitación, ese musk dulce que inunda el aire. Le quité la playera, lamiendo su pecho salado, mordisqueando un pezón duro. ¡Carajo, qué rico! jadeó él, arqueando la espalda. La música de la peli sonaba de fondo, un tango apasionado que marcaba el ritmo de nuestras respiraciones agitadas.
Sus dedos bajaron mi tanga, rozando mi humedad. Estás chorreando, preciosa, dijo con voz ronca, metiendo dos dedos despacio, curvándolos justo ahí, en mi punto G. Gemí fuerte, clavándole las uñas en los hombros. El placer subía en olas, mi clítoris hinchado pidiendo más. Lo empujé al piso, desabrochándole el cinturón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero.
Chúpamela, Ana, como en la peli, pidió, ojos vidriosos. Me arrodillé, lamiendo la punta salada de precum, luego engulléndola hasta la garganta. Su gemido fue música pura, manos enredadas en mi pelo guiándome. El sabor almendrado me volvía loca, succionaba con hambre, oyendo sus ¡Sí, así, wey! entre jadeos. La peli seguía, ahora con la pareja follando contra un piano, notas discordantes de placer.
No aguanté más. Me subí a horcajadas, frotando mi coño mojado contra su polla. Métemela ya, Diego, no seas pendejo, le rogué. Él sonrió malicioso, embistiéndome de un golpe. Llenó mi interior, estirándome delicioso. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, su mirada devorándome. El roce era eléctrico, cada bajada enviando chispas al cerebro. Sudábamos, pieles pegajosas chocando con palmadas húmedas.
Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran ritmadas como un son jarocho, fuerte y profundo. Te sientes de puta madre, Ana, gruñía, chupando mi cuello, dejando marcas. Yo envolví mis piernas en su cintura, clavándolo más adentro. El olor a sexo nos rodeaba, almizcle y fluidos, el piso vibrando con nuestros movimientos. La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Ven conmigo, cabrón, hazme explotar, le supliqué. Aceleró, su verga hinchándose, golpeando mi cervix con precisión. El orgasmo me golpeó como un rayo, cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras chorros de placer me inundaban. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, rugiendo como bestia.
Quedamos jadeando, enredados, la peli terminando en créditos con una balada suave. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante calmarse. Esto fue mejor que la Musica y Pasion Pelicula Prohibida, murmuró riendo. Yo acaricié su cabello revuelto, sintiendo el afterglow, músculos laxos y alma satisfecha.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, besos lentos bajo la regadera. Salimos a la terraza con chelas frías, platicando de música y noches locas. La ciudad brillaba abajo, luces como estrellas caídas. Quién iba a decir que una peli nos uniría así, pensé, su mano en mi rodilla prometiendo más.
Desde esa noche, Diego y yo somos inseparables. Tocamos duetos en su guitarra, cuerpos afinados en pasión. La peli quedó como recuerdo, pero nuestra historia es la secuela, llena de música, deseo y finales felices que duran toda la vida.