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Como Revivir la Pasion con Mi Esposo

7080 palabras

Como Revivir la Pasion con Mi Esposo

Era una tarde cualquiera en nuestra casita de la colonia Roma, con el sol de México City colándose por las cortinas y el olor a café recién molido flotando en el aire. Yo, Ana, llevaba diez años casada con Carlos, mi pendejo favorito, ese hombre moreno y fuerte que todavía me aceleraba el pulso con solo una mirada. Pero neta, la rutina nos había chingado. Él llegaba del trabajo hecho pedazos, con el traje arrugado y los ojos pesados de tanto jalar en la oficina. Cenábamos en silencio, veíamos la tele y nos íbamos a la cama como dos compadres exhaustos. ¿Dónde carajos se había ido esa pasión que nos hacía sudar la noche entera?

Como revivir la pasión con mi esposo, me repetía en la cabeza mientras navegaba en mi cel por la tarde. Vi un post en redes que me prendió la mecha: consejos para encender el fuego otra vez. Neta, tenía que hacer algo antes de que nos convirtiéramos en roommates con anillo.

Decidí que esa noche sería la buena. Fui al mercado por unos chiles frescos y carne para unos tacos al pastor que a él le chiflan. En el supermercado, el aroma picante de las especias me hizo imaginar sus manos en mi cintura, ásperas y calientes. Llegué a casa y preparé todo: velitas en la mesa, una botella de tequila reposado que guardábamos para ocasiones especiales, y me metí al baño a prepararme. Me puse un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas, sin bra ni calzón debajo, solo unas ligas que me hacían sentir pinche sexi. Me rocié perfume de vainilla, ese que huele a deseo puro, y me miré al espejo. Órale, Ana, vas a revivir esta pasión aunque sea lo último que hagas.

Carlos llegó puntual, como siempre, con su maletín en la mano y un beso rápido en la mejilla. "¿Qué onda, mi reina? Huele a paraíso aquí." Sonreí y lo abracé fuerte, presionando mi cuerpo contra el suyo para que sintiera el calor que ya me subía por las nalgas. "Siéntate, amor, hoy te voy a consentir como en los viejos tiempos." Sirvió el tequila en unos vasos chiquitos, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue. Brindamos, y el sabor ahumado me quemó la garganta, despertando un hormigueo en el estómago.

Comimos despacio, platicando de tonterías: el tráfico del Periférico, la vecina chismosa que siempre anda de metiche. Pero yo no podía esperar. Mi pie descalzo se coló bajo la mesa y le rozó la pantorrilla, subiendo lento hasta el muslo. Él se tensó, sus ojos oscuros clavándose en los míos. "¿Qué traes, Ana? Estás rarísima hoy." Reí bajito, "Nada, carnal, solo quiero recordarte cómo éramos antes." El roce de mi piel contra su pantalón era eléctrico, sentía su calor a través de la tela. El aire se cargó de algo pesado, como antes de una tormenta en el DF.

Después de la cena, lo jalé al sillón. Puse música suave, un bolero ranchero que nos gustaba, con esa guitarra que raspa el alma. Me senté en su regazo a horcajadas, mis muslos apretando los suyos. Su aliento olía a tequila y a hombre, y cuando lo besé, fue como si el mundo se detuviera. Nuestras lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, saboreando el resto del licor en la boca del otro. Sus manos grandes subieron por mi espalda, bajando el zipper del vestido con un zip que sonó como una promesa. El vestido cayó al piso, dejándome en las ligas y nada más. "Chingao, Ana, estás de infarto." Sus palabras me erizaron la piel, y sentí sus dedos temblando al tocar mis pechos, los pezones endureciéndose bajo sus palmas callosas.

Esto es, pensé, como revivir la pasión con mi esposo. No con trucos de revista, sino con el fuego que siempre estuvo ahí, esperando una chispa.

Lo empujé suave contra el sillón y me arrodillé entre sus piernas. Desabroché su cinturón, el sonido metálico del metal uniéndose al ritmo de la música. Su verga saltó libre, dura y palpitante, con esa vena gruesa que conozco de memoria. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado contra mi palma, caliente como un carbón. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su piel, ese sabor que me hace mojarme al instante. Él gruñó, "Pinche rica, no pares." Chupé más profundo, mi boca envolviéndolo entero, la lengua girando alrededor mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. El sonido húmedo de mi succión llenaba la sala, mezclado con sus jadeos roncos que me ponían la panocha ardiendo.

No aguanté más. Me levanté y lo monté despacio, guiando su verga hacia mi entrada húmeda. Cuando la cabeza rozó mis labios hinchados, gemí alto, el placer punzante subiendo por mi espina. Bajé centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. "¡Ay, Carlos, qué chingona se siente!" Empecé a moverme, lento al principio, mis caderas girando en círculos que nos volvían locos. Sus manos agarraban mis nalgas, amasándolas fuerte, los dedos hundiéndose en la carne suave. El sudor nos perlaba la piel, goteando entre mis tetas y resbalando por su pecho velludo. Olía a sexo puro, a feromonas y a nosotros, ese aroma almizclado que grita deseo.

La tensión crecía con cada embestida. Aceleré, rebotando sobre él, mis paredes apretándolo como un puño. Él se incorporó y me chupó un pezón, mordisqueándolo suave, enviando chispas directas a mi clítoris. "Más fuerte, mi amor, rómpeme." Me volteó sin sacarla, poniéndome de rodillas en el sillón. Entró por atrás, profundo y salvaje, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas sonoras. Cada golpe era un trueno, su verga rozando ese punto dentro de mí que me hace ver estrellas. El placer se acumulaba, una ola gigante subiendo desde mis entrañas. "Me vengo, Carlos, ¡no pares!" Exploto en un orgasmo que me sacudió entera, mis jugos chorreando por sus bolas, el cuerpo temblando incontrolable.

Él siguió un rato más, gruñendo como animal, hasta que se tensó y se vació dentro de mí con un rugido gutural. Sentí su leche caliente inundándome, pulsando en chorros que me prolongaron el éxtasis. Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón latiéndonos a mil. Se salió despacio, y un hilo de su semen mezclado con mis mieles resbaló por mi muslo, cálido y pegajoso.

Caímos al sillón, enredados. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse poco a poco. El tequila olvidado en la mesa, las velas parpadeando bajas. "Te amo, Ana. Gracias por esto." Lo besé suave, saboreando el sudor salado de su cuello. "Yo más, mi vida. Como revivir la pasión con mi esposo... solo hay que atreverse."

Nos fuimos a la cama así, desnudos y satisfechos. Esa noche dormimos abrazados, con promesas de más fuego por venir. Al día siguiente, el sol entró igual, pero todo se sentía distinto: más vivo, más nuestro. La rutina ya no era enemiga; era solo el preludio de estas explosiones que nos unían más que nunca. Neta, si estás en las mismas, hazlo. Revive esa pasión, carnal. Vale cada segundo.

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