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Fotos Diario de una Pasion

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Fotos Diario de una Pasion

Todo empezó en esa cafetería de la Condesa, con el aroma del café de olla flotando en el aire y el sol filtrándose por las ventanas empañadas. Yo, Ana, una fotógrafa freelance de veintiocho años, estaba revisando mi cámara cuando él entró. Alto, con esa sonrisa pícara que te hace sentir mariposas en el estómago, ojos cafés intensos como el chocolate abuelita. Se llamaba Diego, un diseñador gráfico que acababa de mudarse de Guadalajara. Neta, pensé, este wey me va a complicar la vida de la mejor manera.

Charlamos de tonterías, de tacos al pastor y de cómo el skyline de la Ciudad de México nos robaba el aliento cada amanecer. Al despedirnos, saqué mi teléfono y le tomé una foto rápida, capturando esa luz dorada en su piel morena. "Para mi fotos diario de una pasión", le dije riendo, aunque en ese momento no sabía que sería el inicio de algo brutalmente adictivo. Esa noche, en mi depa de Polanco, subí la foto a un álbum privado en mi laptop, titulado igual: Fotos diario de una pasión. Era mi ritual secreto, un diario visual de lo que bullía dentro de mí.

Al día siguiente, le mandé la foto por WhatsApp. "Mira cómo quedaste, guapo". Su respuesta llegó con un emoji de fuego: "Si todas tus fotos son así, quiero ser tu musa diaria". Y así fue. Cada mañana, nos veíamos en algún rincón de la ciudad: el jardín de Chapultepec con sus jacarandas violetas, o un rooftop en Roma con vistas al Popo humeante a lo lejos. Yo disparaba la cámara, capturando no solo su rostro, sino el roce accidental de sus dedos en mi cintura, el calor de su aliento en mi cuello cuando se acercaba a verme en la pantalla.

¿Por qué carajos me late tanto este hombre? Cada foto es como un pedacito de fuego que guardo para mí sola. Su piel huele a sándalo y sudor fresco, y solo de olerlo ya se me eriza todo el cuerpo.

La tensión crecía como el tráfico en Insurgentes a las seis. Una semana después, en mi estudio lleno de rollos de película y el olor a químico revelador, le pedí que posara sin camisa. "Solo para el diario", mentí, mientras mi pulso se aceleraba. Diego se quitó la playera con esa confianza chilanga, revelando un torso marcado por horas en el gym, pectorales firmes y un vientre plano que invitaba a recorrerlo con la lengua. La luz del atardecer entraba por la ventana, pintando sombras sensuales en su piel. Chillé el obturador una y otra vez, acercándome tanto que sentía el calor irradiando de su cuerpo.

"Ana, tus ojos me queman más que el flash", murmuró, su voz ronca como un corrido de José Alfredo. Extendió la mano y rozó mi mejilla, bajando hasta mi clavícula. Mi piel se erizó, un cosquilleo eléctrico que bajó directo a mi entrepierna. Ya valió, esto no es solo fotos, pensé, pero no me aparté. En cambio, dejé la cámara y me pegué a él, sintiendo su erección presionando contra mi muslo a través del jeans. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el dulzor de su boca mezclado con el mío, lenguas danzando como en una pista de perreo intenso.

Las manos de Diego exploraban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona. "Qué rico te sientes, mami", gruñó, y yo respondí mordiéndole el labio inferior. Nos desplomamos en el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Le arranqué la chamarra, mis uñas dejando surcos leves en su pecho, mientras él desabotonaba mi blusa con dedos ansiosos. El aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, sudor salado y feromonas puras.

En el fotos diario de una pasión, esa noche agregué una tomada con timer: nosotros dos semidesnudos, sus labios en mi seno derecho, mi cabeza echada atrás en éxtasis. Pero el verdadero clímax vino después. Diego me recostó, besando un sendero ardiente desde mi ombligo hasta el borde de mis panties de encaje negro. "Déjame probarte", suplicó, y yo abrí las piernas, temblando de anticipación. Su lengua se hundió en mí, lamiendo con maestría, succionando mi clítoris hinchado mientras yo gemía como loca, agarrando su cabello revuelto. ¡Pinche Diego, me vas a matar de placer! El sonido húmedo de su boca devorándome, mezclado con mis jadeos ahogados, era una sinfonía erótica.

Lo jalé arriba, queriendo sentirlo todo. "Métemela ya, wey", le ordené, y él obedeció, embistiéndome lento al principio, dejando que mi coño se ajustara a su grosor palpitante. Cada thrust era un estallido de sensaciones: su piel resbaladiza contra la mía, el slap slap de nuestros cuerpos chocando, el olor a sexo crudo impregnando la habitación. Aceleró, mis tetas rebotando con cada golpe, mis uñas clavándose en su espalda. "¡Más fuerte, cabrón!", grité, y él me dio todo, follándome como si el mundo se acabara esa noche.

El orgasmo me golpeó como un camión en Periférico: olas de placer convulsionando mi vientre, mi coño apretándolo en espasmos mientras gritaba su nombre. Diego se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su rostro contorsionado en gozo puro. Colapsamos jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El silencio solo roto por nuestras respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de la ciudad.

Esta foto del diario captura su sonrisa post-sexo, perezosa y satisfecha. ¿Cuántas pasiones más guardaré aquí? Con él, infinitas.

Los días siguientes fueron un torbellino. Cada encuentro alimentaba el álbum: una en el balcón de su depa en la Narvarte, con el viento fresco lamiendo nuestras pieles desnudas mientras él me penetraba por detrás, mis manos en la barandilla vibrando con cada embestida; otra en un hotel boutique de Polanco, donde probamos posiciones locas, su lengua en mi ano mientras yo le chupaba la verga dura como acero, saboreando su precum salado. El fotos diario de una pasión crecía, cada imagen un testimonio de nuestra hambre insaciable.

Pero no todo era puro instinto carnal. Entre fotos, hablábamos de sueños: yo de exponer mi trabajo en una galería de San Miguel, él de lanzar su app de diseño. Sus caricias se volvían tiernas, dedos entrelazados mientras veíamos Netflix, pero siempre terminábamos enredados en sábanas revueltas. Una noche, después de un 69 glorioso donde su polla me llenó la garganta y yo lo bañé con mis jugos, me confesó: "Ana, neta eres mi musa, mi todo". Lágrimas picaron mis ojos, no de tristeza, sino de esa conexión profunda que trasciende el sexo.

La tensión alcanzó su pico en una escapada a Valle de Bravo, rentando una cabaña junto al lago. El sol poniente teñía el agua de naranja, y nosotros, desnudos en la orilla, con el barro fresco entre los dedos de los pies. Diego me cargó hasta la cama king size, perfumada a lavanda silvestre. Esta vez fue lento, sensual: besos suaves en cada curva, sus dedos frotando mi clítoris en círculos perfectos hasta que rogué por su verga. Entró en mí con delicadeza, meciéndonos como olas del lago, mirándonos a los ojos. Sentí cada vena, cada pulso, el roce interno que me llevaba al borde una y otra vez.

"Te amo, pinche loca mía", jadeó al correrse, y yo exploté con él, mi cuerpo arqueándose, un grito gutural escapando de mi garganta. El afterglow fue mágico: acurrucados bajo cobijas gruesas, el aroma a pino y sexo envolviéndonos, escuchando grillos y el chapoteo distante del agua. Agregué la foto final al diario: nosotros dormidos, entrelazados, paz absoluta.

De vuelta en la CDMX, el álbum fotos diario de una pasión se convirtió en nuestro talismán. Cada imagen revivía la llama, recordándonos que lo nuestro era real, ardiente, eterno. Diego y yo, dos almas chilangas unidas por el deseo y algo más profundo. Y así sigue, día a día, foto a foto, pasión sin fin.

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