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Pasión Ardiente en la Película Pasión de Cristo Mel Gibson

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Pasión Ardiente en la Película Pasión de Cristo Mel Gibson

Era una noche de viernes en mi depa en la Condesa, con la lluvia repiqueteando contra las ventanas como si el cielo se estuviera quejando de algo. Marco y yo nos acurrucamos en el sillón de piel suave, con una cubeta de palomitas recién hechas cuyo aroma dulce y mantecoso llenaba el aire. Órale, pensé, qué chido empezar el fin con algo intenso. Él había insistido en poner la película Pasión de Cristo de Mel Gibson, esa que todos decían que era brutal, pero que a mí me picaba la curiosidad desde hace rato.

Marco, con su playera ajustada que marcaba sus pectorales firmes, me jaló hacia su pecho. Sentí el calor de su piel a través de la tela, su corazón latiendo steady contra mi oreja. Ya mero me prende, me dije mientras el menú de la peli aparecía en la tele grande. Presionó play y las luces se apagaron, dejando solo el resplandor azulado iluminándonos. El sonido de las trompetas y coros gregorianos retumbó, vibrando en mis huesos.

Al principio, todo era reverencia. La escena del huerto, Jesús sudando sangre, esa agonía tan cruda. Olía a su colonia fresca mezclada con el mío, un perfume vainillado que me hacía cosquillas en la nariz. Marco suspiró, su mano grande descansando en mi muslo desnudo bajo la falda corta.

¿Por qué esta película me está poniendo nerviosa? Es sufrimiento puro, pero hay algo en esa entrega total que me remueve por dentro.
Mi piel se erizó cuando empezó la flagelación. Cada latigazo sonaba como un trueno seco, ¡zas! y yo apretaba las piernas sin darme cuenta, sintiendo un calor húmedo creciendo entre ellas.

Marco se movió un poco, su respiración se aceleró. "¿Verdad que es heavy, mi amor?", murmuró en mi oído, su aliento cálido rozando mi lóbulo. Asentí, mordiéndome el labio. Su mano subió despacito por mi muslo, trazando círculos con los dedos ásperos de tanto gym. El cuarto se sentía más chico, el aire cargado con nuestro deseo naciente. En la pantalla, la sangre chorreaba, pero yo solo pensaba en cómo Marco me besaba con esa misma pasión salvaje.

La tensión creció con cada escena. Los clavos en las manos, el peso de la cruz. Mis pezones se endurecieron contra el bra de encaje, frotándose delicioso con la blusa. Marco notó y giró mi cara hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, saboreando la sal de las palomitas en su lengua. No mames, esto está mejor que la peli, pensé mientras su mano se colaba bajo mi falda, rozando el borde de mis panties ya empapadas.

Acto dos: la escalada. Pausamos la película justo en el momento del vía crucis. La imagen congelada de Cristo cargando la cruz nos miró desde la pantalla, como testigo mudo. Marco me levantó en brazos, riendo bajito. "Ven, vamos a hacer nuestra propia pasión". Su voz ronca me derritió. Me llevó al sillón reclinable, donde caímos juntos, yo a horcajadas sobre él. El olor a su excitación subió, ese almizcle masculino que me volvía loca.

Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas firmes saltar libres. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

¡Qué pendejo soy por no haber hecho esto antes! Esta película despertó al cabrón que llevo dentro.
Sus manos amasaron mis pechos, pellizcando los pezones hasta que gemí alto, el placer punzando como electricidad. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, latiendo en mi palma. La piel sedosa sobre el acero, el calor irradiando. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado, mientras él jadeaba mi nombre: "Ana, chíngame con la boca".

Lo chupé con ganas, mi lengua girando alrededor del glande, succionando como si fuera mi dulce favorito. Él metió los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo animando. El sonido de mi saliva y sus gemidos llenaba el cuarto, ahogando la lluvia afuera. Luego me volteó, besando mi panza, bajando hasta mi entrepierna. Quitó mis panties con los dientes, inhalando profundo. "Hueles a miel pura, mi reina". Su lengua se hundió en mí, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con maestría. Sentí las olas subir, mis caderas ondulando solas, el sudor perlando mi piel.

Pero quería más. Lo empujé de vuelta, montándolo. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estirón delicioso, la fricción perfecta. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, el choque de nuestros pubes húmedos. Él me sujetaba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer. Nuestros ojos se clavaron, compartiendo ese fuego interno que la película había encendido. "Te amo, mamacita", jadeó, y yo respondí acelerando, mis tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne como un ritmo tribal.

La intensidad subió. Recordé las escenas de entrega total en la película Pasión de Cristo de Mel Gibson, y eso nos llevó al borde. Sudor goteando de su frente al valle de mis senos, yo lamiéndolo salado. Gritos ahogados, "¡Más duro!", "¡Sí, así, pendejo caliente!". El orgasmo me golpeó como un latigazo de placer, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Él explotó segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como bestia.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. La película seguía pausada, pero ya no importaba. Marco me besó la frente, su mano acariciando mi espalda en círculos suaves. Olía a sexo puro, a nosotros, mezclado con el popcorn frío olvidado.

Quién iba a pensar que una película tan heavy nos uniría así, en pura pasión consentida y loca.

Nos quedamos ahí, envueltos en una manta, riendo bajito de lo surreal. "La próxima, vemos algo menos sangriento", bromeó él. Yo negué con la cabeza, acurrucándome más. "No, mi amor, esta pasión renacida gracias a la película Pasión de Cristo Mel Gibson fue lo máximo". El corazón se me hinchó de ternura y satisfacción, sabiendo que nuestra conexión era más profunda que cualquier drama en pantalla. La lluvia amainó, dejando un silencio bendito, y nos dormimos así, exhaustos y plenos.

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